La dama de las amapolas azules (Corazones victorianos nº 4) Capítulo 3
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Capítulo 3

El precio de una promesa

Phoebe regresó a casa con la inquietante sensación de haber hecho un pacto con el diablo.

No era una impresión del todo injustificada.

Había dejado a Lucian Penrose con la promesa de cumplir su parte del trato, y ahora debía enfrentarse a la persona que menos lo aprobaría: su madre.

Lady Quenby la esperaba en su habitación.

Phoebe entregó el sombrero y los guantes al mayordomo y subió las escaleras con una sola idea en la cabeza: llegar a Derbyshire y asegurarse de que Cecily estuviera bien.

Todo lo demás podía esperar.

Su madre, sin embargo, no parecía dispuesta a esperar.

—Phoebe. Por fin.

Lady Quenby estaba reclinada entre los almohadones, con el desayuno intacto a un lado y varias cartas abiertas esparcidas sobre la cama. Tras la muerte de su marido, había construido su vida alrededor de una sola certeza: si existía una forma de comunicarse con los muertos, ella la encontraría.

Phoebe había crecido inmersa en esa búsqueda.

No se burlaba de su madre por ello. Sabía de dónde venía.

Su madre no buscaba fantasmas por simple curiosidad.

Buscaba a su marido.

—¿Dónde has estado? —preguntó Lady Quenby.

—En Cavendish Street. Fui a ver a Lord Alderwick.

Su madre levantó la vista.

—¿A estas horas?

Phoebe decidió no explicar que había ido a ver a Lucian.

Todavía no.

—Tuve el presentimiento de que debía hacerlo.

Esa respuesta bastó para despertar el interés de su madre.

—¿Soñaste algo?

Phoebe casi sonrió.

—Algo así.

Lady Quenby pareció satisfecha. Para ella, las intuiciones y las señales pertenecían a un mundo que Phoebe prefería observar desde una distancia prudente.

Su madre cogió entonces una carta del montón.

—Esto llegó esta mañana. Quiero saber qué opinas.

Phoebe la leyó.

Era del nuevo conde de Quenby, Edgar Valewood.

Quería regresar a Londres y tomar posesión de la casa de Portland Square. También tenía intención de hablar con Lady Quenby sobre su futuro.

A Phoebe se le encogió el estómago.

Su padre había muerto seis años atrás, poco después de aquella fiesta de Navidad en la casa del conde de Alderwick. Edgar había heredado el título, las propiedades y, con ellas, la autoridad sobre la casa familiar.

Hasta entonces, su juventud había mantenido la amenaza a distancia.

Ya no.

—¿Tiene intención de echarnos de Portland Square?

—Eso parece.

Su madre, sin embargo, no mostraba preocupación.

—No ha hecho nada en seis años. No veo razón para que empiece ahora.

Phoebe no compartía su calma.

Su madre había aprendido a confiar en señales que Phoebe no podía ver. A veces hablaba de Alexei, el espíritu que, según ella, la acompañaba, y cuyas advertencias parecían zanjar cualquier discusión.

—Alexei no es infalible —dijo Phoebe.

Lady Quenby la miró con serena convicción.

—Está al otro lado del velo. Ve cosas que nosotras no podemos ver.

Phoebe decidió no discutir.

Hacía mucho que había aprendido que enfrentarse directamente a su madre no conducía a ninguna parte. La quería demasiado para convertir cada desacuerdo en una batalla.

Era mejor guardar silencio.

Y encontrar otra forma.

Como había hecho con Lucian.

Su madre continuó revisando las cartas hasta que encontró una que le disgustó.

—Bellenden está enfermo. No podremos verlo esta semana.

Phoebe preguntó por él y escuchó distraída la explicación. Después, la conversación volvió a los planes de su madre y, finalmente, a Cecily.

—No importa —dijo Lady Quenby—. Iremos nosotras mismas. Así dejarás de pensar en esa amiguita tuya.

Phoebe se tensó.

—Cecily puede estar en peligro.

—No exageres.

—Quiero ir a Derbyshire y comprobarlo con mis propios ojos.

Su madre negó con la cabeza.

—Imposible. Tengo demasiados compromisos.

Phoebe no dijo nada.

Había aprendido una regla sencilla: nunca desafiar a su madre de frente.

No porque le tuviera miedo.

Porque conocía el precio de hacerle daño.

Y porque, tras la muerte de su marido, Lady Quenby se había aferrado a su hija con la misma fuerza con la que se aferraba a sus intentos de comunicarse con los muertos.

Phoebe no quería añadir otra pérdida a esa vida.

Así que encontraría otra solución.

La solución de Lucian.

La columna que él escribiría podría darle a su madre un motivo para viajar al norte. Si todo salía según lo previsto, Phoebe llegaría hasta Cecily sin tener que enfrentarse directamente a su madre.

El plan parecía sencillo.

Casi demasiado sencillo.

Mientras escuchaba a su madre hablar de sus próximos compromisos, Phoebe se sorprendió pensando en Lucian otra vez.

Él había pedido algo a cambio.

Wiltshire.

Ashbourne House.

Y a ella.

Diciembre no la inquietaba tanto como debería.

Aún faltaban meses.

Lo que la inquietaba era otra cosa.

Había acudido a Lucian porque necesitaba su talento, su pluma y sus conocimientos sobre un mundo que ella no comprendía.

Y sin embargo, había salido de aquella casa con la sensación de haberle dado algo más.

Una promesa.

Quizá incluso una puerta.

Y Phoebe empezaba a sospechar que, una vez abiertas, algunas puertas no conducían de vuelta al lugar de donde se había partido.