La Daga y el Río (La Daga y el Río 1) La tumba sin rostro
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La tumba sin rostro

Capítulo XV

·   ·   ·

El día amaneció limpio, con un cielo frío pero despejado.

El tipo de día que hacía tiempo no se veía en Dunheath, donde las nubes parecían haberse instalado de forma permanente sobre las torres y las plazas.

La ciudad, aún húmeda por las lluvias recientes, tenía ese olor a madera mojada, barro, pan recién hecho… y humo.

Morcar había elegido bien.

La luz jugaba a su favor. El pueblo, aunque cansado, aún respondía al símbolo. Y ese símbolo —el niño que no era niño, el heredero sin historia— estaba por primera vez a punto de caminar entre ellos.

El carruaje no se usó.

No era el momento para formalismos.

Morcar sabía que lo que el pueblo necesitaba ver era al muchacho cabalgando.

El joven apareció en el patio interior del castillo vestido con una túnica azul oscuro y un manto corto, sin bordados, sin corona. Solo una cinta de cuero en la frente, discreta, que mantenía el cabello peinado hacia atrás.

Montó sin ayuda.

Morcar cabalgaba a su lado, con paso firme y gesto sobrio.

El retumbar de los cascos sobre el empedrado era la única música que acompañaba su descenso por las calles.

Y entonces, las puertas de la ciudad se abrieron.

Los primeros aldeanos se acercaron con cautela. Mujeres con cestos de verdura, niños con los pies descalzos, ancianos que se apoyaban en bastones. Nadie gritó. Nadie aplaudió. Pero los rostros se alzaron.

Y en los ojos… esperanza.

El rumor corrió como viento bajo la piel de la ciudad:

«Ha salido. El muchacho ha salido del castillo.»

«Es él. Alaric. El hijo de Aethelind.»

El muchacho —Wulfric— mantenía la mirada al frente. Pero veía.

Los detalles se grababan en su memoria con la nitidez de una piedra tallada:

Los puestos de fruta.

El perro flaco junto a la panadería.

Una niña que lo miraba con los labios entreabiertos.

Un hombre que se persignaba al pasar.

Y lo más extraño:

Nada le resultaba ajeno del todo, pero tampoco conocido.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Morcar en voz baja, mientras cabalgaban lentamente por la calle principal.

—Todo parece familiar —respondió el muchacho—. Pero no sé por qué.

Morcar sonrió.

—Así es la sangre. No necesita recuerdos para saber a dónde pertenece.

Cruzaron la plaza central. Atravesaron el mercado. Subieron hacia la colina oeste, donde el aire era más limpio y las tumbas… más recientes.

Los soldados y criados se quedaron atrás.

Morcar desmontó primero. Alaric lo imitó.

Caminaron juntos en silencio entre las lápidas hasta que llegaron al lugar donde dos montículos, ligeramente elevados y rodeados por ramas de roble y laurel seco, descansaban uno al lado del otro.

Aethelind de Brynhaeth.

Edric de Brynhaeth.

Sus nombres grabados en piedra.

Sencillos. Sin títulos.

Como lo habrían querido.

El muchacho se detuvo. No habló.

Morcar colocó una piedra pequeña al pie de cada tumba.

—Aquí están —dijo—. Te los hemos guardado. Cada año, en la fiesta de primavera, se dejan flores. Nunca están solos.

Alaric respiró hondo. Pero no sintió consuelo.

Sintió ausencia.

Como si su corazón no reconociera lo que sus ojos veían.

Giró un poco, paseando la vista por el resto de los túmulos.

Y entonces…

lo vio.

Una tumba más baja. Humilde.

Sin cruz.

Solo una tabla clavada, ennegrecida por el tiempo.

El nombre, apenas legible:

Wulfric.

La sangre se le heló.

Se quedó inmóvil.

La boca entreabierta.

Los dedos tensos a los lados del cuerpo.

—¿Quién era? —preguntó, con voz apenas audible.

Morcar guardó silencio un segundo demasiado largo.

Fue el único error que cometió en dos años, y no lo cometió con la boca: lo cometió con el estómago.

Porque durante ese segundo, viendo a aquel muchacho parado delante de aquella tabla, con la cara blanca y los dedos tensos, Morcar de Brynhaeth sintió miedo.

Miedo de verdad. El primero desde la noche del puente.

Un miedo físico, frío, que le bajó desde la nuca hasta los riñones y le dejó las manos flojas.

«Se ha parado. De todas las tumbas del cerro, se ha parado en esa.»

Se le pasó por la cabeza, en ese segundo, todo lo que podía hacer. Podía decir que no lo sabía. Podía decir que era la tumba de un criado. Podía tirar de las riendas y volver a la ciudad.

Y descartó las tres, y descartó bien, porque Morcar era muchas cosas malas pero no era estúpido.

Podía mentirle al chico. Pero no podía mentirle a Dunheath.

En aquella ciudad no había una sola persona que no supiera de quién era aquella tabla.

Se la habían puesto ellos. Habían pasado tres días buscando el cuerpo con pértigas.

Las mujeres se habían turnado velando a la niña que no callaba.

Si él contaba ahí arriba una historia distinta, esa historia bajaría al mercado antes que ellos, y a la semana siguiente alguien —una vieja, un crío, un pescadero— se la contaría al muchacho de otra manera.

Y entonces el muchacho no tendría un nombre en la cabeza: tendría un nombre y una mentira, que es lo único que hace que un nombre se busque.

Así que hizo lo más peligroso y lo más seguro a la vez.

Dijo la verdad.

—Un niño de Caerwyc —respondió finalmente—. Murió la misma noche que tus padres. Llegó arrastrado por el río. Nadie conocía su historia… solo su nombre. Lo grabamos porque una niña lo gritó mientras lloraba.

Y mientras lo decía, con la voz templada, con el gesto sobrio, con la mano tranquila colocando una piedrecita al pie de la tumba de Edric, por dentro contaba.

«No se acuerda. No puede acordarse. Lleva dos años sin acordarse de nada. Es solo un nombre. Los nombres se gastan.»

Se lo repitió tres veces.

Y no se lo creyó ninguna.

Alaric bajó la vista.

Y algo, en su pecho, se quebró.

Porque ese nombre… no era ajeno.

Era suyo.

O lo había sido.

O lo era aún.

—¿Y la niña? —preguntó, sin saber por qué.

—Sobrevivió. Vive con su madre en el extremo oeste de la ciudad. Pero dudo que recuerde mucho. Era muy pequeña.

El muchacho no respondió.

Morcar le dio unos pasos de ventaja, para que pudiera despedirse en silencio.

Y allí, frente a esa tabla de madera con letras desgastadas, el heredero de Dunheath cerró los ojos.

No lloró.

No habló.

Pero por primera vez, se sintió enterrado en vida.

Porque aquella tumba,

sin cruz ni estandarte,

era la única que reconocía como suya.

La cabalgada bajó por la calle del mercado a media tarde.

Aethelwyn estaba allí. Estaba agachada detrás de un carro, cargando sacos de nabos que no eran suyos, porque desde hacía dos años cargaba lo que hiciera falta en donde hiciera falta y no preguntaba el precio.

Oyó los cascos. Oyó a la gente callarse, que es lo que hacía la gente cuando pasaban los del castillo.

Y no levantó la cabeza.

No por miedo. Por costumbre: a ella los del castillo le daban igual, y tenía cuatro sacos que subir antes de que oscureciera.

Levantó la cabeza tarde.

Medio latido tarde, cuando la cabalgada ya había pasado y lo único que quedaba en la calle era la grupa de un caballo oscuro y la espalda de un muchacho con una túnica azul.

Una espalda.

Nada más.

Y a Aethelwyn de Caerwyc se le cayó el saco.

Se quedó allí, agachada entre las ruedas de un carro, con las manos abiertas y vacías y sin aire, mirando una espalda que se alejaba calle abajo.

Y no supo por qué. No había visto nada. No había una cara, ni una voz, ni un gesto: había un chico a caballo, uno cualquiera, de espaldas, a treinta pasos.

Le empezaron a temblar las manos.

—¿Estás bien, mujer? —le dijo alguien.

—Sí.

—Que se te ha caído.

—Sí. Ya. Perdona.

Recogió el saco. Se lo echó al hombro. Subió los cuatro que faltaban.

Y luego, esa noche, en su casa, encendió sus dos velas como todas las noches y se sentó en el banco y se puso a llorar en silencio, con la boca cerrada y la cara empapada, con esa vergüenza espantosa que tienen las madres que ven a su hijo muerto en todos los críos de esa edad y lo saben.

Porque le había pasado antes.

Le había pasado con un pastor en el vado. Le había pasado con un aprendiz del horno. Le había pasado en Caerwyc, dos meses después de la riada, con un crío que corría de espaldas por un sendero y que era otro, y ella corrió detrás como una loca y era otro.

Le pasaba tres o cuatro veces al año.

Y sabía perfectamente lo que era: que el cuerpo de una madre no se entera de que su hijo se ha muerto. Que el corazón sí, y la cabeza sí, y el cuerpo no; y que el cuerpo se le sigue tirando encima a la primera espalda que se le parece, y se le seguirá tirando hasta que se muera ella también.

Se limpió la cara con el delantal.

«Otra vez. Ya está. Se acabó.»

Y apagó las velas y se fue a dormir.

Y no volvió a pensar en aquella espalda hasta tres años más tarde, en un pasillo, medio segundo tarde otra vez.

·   ·   ·

El sol comenzaba a inclinarse hacia el oeste cuando Alaric regresaba al castillo.

La montura avanzaba a paso lento, mientras Morcar conversaba con un mercader cerca de los talleres de cera.

El muchacho no prestaba atención. Su mirada se perdía entre las tejas de barro, los balcones con cuerdas de ropa, los muros manchados por la lluvia de años.

Llevaba dentro aún el eco del nombre grabado en aquella madera:

Wulfric.

No sabía por qué le dolía. Solo sabía que dolía.

Fue entonces, al bordear una curva del sendero junto al viejo molino, cuando vio el claro entre las casas. Era una explanada usada por los niños del pueblo. Un lugar sin nombre. Una llanura de tierra batida, cercada por arbustos bajos y los restos de un muro antiguo.

Y allí, entre risas y voces, jugaban un grupo de jóvenes.

Elswyth estaba entre ellos.

Su estatura, su cuerpo, su gesto… todo en ella hablaba de una madurez silenciosa, forjada no en el tiempo sino en la pérdida.

Llevaba el cabello recogido con una cinta parda y se movía con ligereza, como si cada paso fuese medido.

Sostenía un palo largo que usaba como si fuera una lanza.

Uno de los chicos corría en su dirección.

Ella giró, esquivó, y en un instante lo desarmó, con un movimiento ágil que provocó risas y exclamaciones.

Y entonces… levantó la mirada.

Él ya la estaba mirando.