La Daga y el Río (La Daga y el Río 1) La tumba sin rostro #2
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La tumba sin rostro #2

Por un momento, el mundo pareció detenerse.

Ni los cascos del caballo.

Ni los gritos de los muchachos.

Ni la voz de Morcar que aún hablaba.

Nada.

Solo dos miradas cruzándose entre los extremos de un camino improbable.

Los ojos de ella se fruncieron ligeramente, como intentando recordar algo.

Los de él… se abrieron apenas.

No era reconocimiento.

Era resonancia.

Como si dos cuerdas, en extremos distintos de un mismo instrumento, vibraran por igual sin saber por qué.

Elswyth apartó la vista primero. Bajó el palo. Dio un paso atrás, respirando hondo sin entender la súbita punzada que le había cruzado el pecho.

El joven sobre el caballo mantuvo la mirada un segundo más.

Y luego, sin una palabra, espoleó suavemente la montura y siguió su camino.

—¿Quién era? —preguntó uno de los chicos a su lado.

Elswyth no respondió.

Sus ojos aún miraban el espacio donde la silueta del jinete había desaparecido.

Su mano se cerró inconscientemente en torno al mango del palo, como si en su interior una parte olvidada de sí misma acabara de ser tocada.

No lo sabía.

No podía saberlo.

Pero había visto a su hermano.

Y él, aunque aún vivía en el nombre de otro, había sentido, por un instante, la presencia de quien lo había amado más allá del miedo.

La noche se deslizó lentamente sobre Dunheath, con un cielo límpido y azul profundo, como si incluso las estrellas decidieran suspenderse con más calma esa vez.

El aire fresco bajaba desde los valles del norte, trayendo consigo aromas húmedos: tierra mojada, resina, pan cocido horas atrás.

Era una de esas noches que no anuncian nada, que no exigen nada. Simplemente… acompañan.

Elswyth se lavó las manos con el agua del cántaro y se secó en silencio. Aethelwyn dormía ya, envuelta en mantas hasta el cuello. Eadric aún no había vuelto de la forja.

Ella se sentó junto a la ventana, en un banco bajo de madera, con la espalda contra la pared de piedra. Afuera, los insectos tejían su sinfonía mínima. Un murciélago pasó como una sombra curva sobre los tejados. Y en la calle, en algún lugar, alguien tarareaba una canción vieja.

No pensaba, exactamente. Sentía.

Una incomodidad leve.

Un pequeño nudo en el pecho.

Una inquietud sin nombre.

La escena volvía a su cabeza, sin buscarla.

El grupo de muchachos.

La lanza improvisada.

El giro.

La mirada.

El joven a caballo.

No era alguien que conociera. Eso era seguro.

Pero había algo.

No en él, quizás, sino en ella.

Una reacción visceral.

Un eco.

Una memoria del cuerpo que no pasaba por las palabras.

Se había sentido observada antes. Muchas veces.

Pero esta vez no había sido mirada.

Había sido… leída.

Y por algún motivo, eso la desvelaba.

No le temía.

No se sentía confundida.

Solo… alterada. Como si una piedra hubiera caído al fondo de un lago y el agua aún temblara en círculos que no se ven, pero que siguen allí.

Se acostó sin decir palabra.

Y tardó más en dormir que de costumbre.

Al otro lado de la ciudad, en una torre alta, el supuesto Alaric estaba también despierto.

Había rechazado la cena. No por fastidio, sino por esa especie de saturación interior que a veces sentía después de una jornada intensa. El paseo había sido largo. Las tumbas… pesadas. La mirada de la gente… demasiado.

Pero no fue nada de eso lo que lo mantenía despierto.

Fue aquella mirada.

Breve. Lejana.

La de una joven entre otros.

Con una lanza de madera.

Con una mirada que no lo reconocía…

pero que lo atravesaba.

Estaba seguro de no haberla visto antes.

Y sin embargo, algo en su pecho se había apretado.

Se levantó y abrió la ventana.

El aire nocturno le acarició el rostro.

Cerró los ojos.

No pensó en Morcar.

No pensó en sus padres.

Pensó en una mesa.

En una mancha.

En una quemadura.

En una mano que lo sujetaba con fuerza.

Y por primera vez, en muchos meses, sus labios formaron una palabra en un susurro sin sonido.

Wulfric.

No sabía de dónde venía.

Ni por qué le dolía.

Pero esa noche, se durmió abrazado a un nombre que no entendía.

Mientras tanto, en una sala privada del castillo, Morcar alzaba una copa de vino entre sus colaboradores más cercanos. Había velas encendidas, braseros perfumados y un aire de complacencia flotando entre las paredes.

—¿Visteis cómo le miraban? —preguntó uno de los hombres, con un deje de satisfacción.

Morcar asintió con calma, paseando la copa entre los dedos.

—Justo como debían hacerlo. Con esperanza. Con fe.

Rhedgar, más cauto, añadió:

—Y el muchacho… ¿cómo lo notaste?

—Sereno. Reservado. Como debe ser —respondió Morcar sin vacilar—. Tiene el porte que esperábamos. El silencio le ayuda. Lo envuelve. Le da ese aire de nobleza… y de misterio.

—¿Y en las tumbas? —preguntó otro.

Morcar levantó ligeramente una ceja.

—Le causó impresión, como era de esperar. Pero no preguntó más de lo necesario. Ni insistió. Todo ha salido como debía.

Y aquello, que era la primera mentira que Morcar les decía a los suyos, la dijo con la misma cara con la que decía las verdades.

Porque no iba a contarles que el chico se había plantado delante de su propio nombre y se había quedado allí, quieto, tres latidos de más. Ni que él, viéndolo, se había mareado. Esas cosas no se cuentan. En una mesa como aquella, contar un miedo es prestarle a otro un cuchillo.

Bebió un sorbo.

Dejó la copa sobre la mesa.

Y miró por la ventana hacia la ciudad dormida.

—Ha empezado a formar parte de este mundo. Y el mundo empieza a aceptarlo.

Solo es cuestión de tiempo.

Y mientras el fuego crepitaba tras él, los hombres brindaron en voz baja.

Ignoraban que, en algún rincón del alma de aquel niño,

una semilla ya había sido plantada.

Y que no hay fuego que apague una raíz cuando empieza a crecer.