La Daga y el Río (La Daga y el Río 1) Sin recuerdos #2
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Sin recuerdos #2

Nadie en la sala oyó ese aire. No existía. Habían pasado dos años y un río entero, y aquel sonido no estaba en aquella habitación, y sin embargo él lo oyó con los dos oídos, con toda la cara, con los dientes.

Un criado corrió con un paño húmedo, sofocó la llama sin dificultad.

—Perdón, mi señor.

Nadie le contestó, porque nadie le estaba mirando a él.

Alaric… estaba paralizado.

Su cuerpo, rígido como una estatua. Sus ojos muy abiertos. Respiraba entrecortadamente, pero no miraba el fuego. Miraba otra cosa. Algo que no estaba allí.

La escena había sido rápida, insignificante para los demás. Pero para él…

El olor.

El calor.

La mancha.

La luz temblando en la tela.

El aceite extendiéndose.

Y de pronto, como un golpe en la cabeza:

una voz.

Una risa.

Una niña.

Una mesa.

Una quemadura.

Un grito.

Un nombre.

Wulfric.

El dolor no fue físico. Fue algo más primitivo. Como si el alma, dormida demasiado tiempo, hubiese intentado incorporarse de golpe.

El muchacho se llevó ambas manos a las sienes. Cerró los ojos con fuerza. Se tambaleó hacia atrás.

—¡Alaric! —exclamó Morcar, levantándose.

Pero no contestó. No podía.

El aire se le había ido de los pulmones. El zumbido en los oídos era insoportable. La habitación giraba, las voces se deformaban, y algo en su pecho latía con una rabia infantil, con una tristeza que no sabía de palabras.

Dos criados acudieron. Lo sujetaron por los brazos.

—Está mareado, señor —dijo uno, preocupado—. Le ha subido el calor.

—Llevadlo a sus aposentos. Que no quede solo —ordenó Morcar, ocultando con esfuerzo la inquietud que ya le calaba los huesos.

Lo sacaron de la sala entre murmullos. Algunos hombres se miraron entre sí, sin saber cómo reaccionar. Rhedgar bufó por lo bajo, culpando al vino o al exceso de entrenamiento. Pero Morcar no dijo nada.

No podía.

Porque en el fondo… había reconocido la mirada.

No era de miedo.

Era de algo roto.

De algo que se había abierto por dentro.

Esa noche, en la cama, Alaric no durmió.

Tampoco pensaba. No como lo hacen los adultos.

Solo sentía.

Y lo que sentía era una ausencia que ardía. Una herida sin forma, como si le faltara algo que alguna vez fue suyo, que estuvo allí, cerca, muy cerca… y que había perdido.

Y en la bruma del sueño, volvió a ver los ojos de una niña, grandes, fijos en los suyos.

Una voz que gritaba su nombre.

Pero no lo llamaba Alaric.

Lo llamaba Wulfric.

A la mañana siguiente, en la sala de mapas, las velas aún seguían encendidas.

La luz del día entraba tímidamente por los vitrales altos, descomponiéndose en reflejos apagados sobre las piedras húmedas del suelo. La reunión había comenzado temprano. No había vinos ni pan sobre la mesa. Solo miradas tensas y palabras en voz baja.

Morcar permanecía de pie, con las manos tras la espalda, contemplando un tapiz en la pared como si esperase encontrar en él alguna revelación. A su espalda, Rhedgar y otros dos consejeros le observaban con la incomodidad de quien se sabe partícipe de una mentira que podría quebrarse.

—Fue solo un sobresalto, mi señor —dijo Rhedgar—. No es raro a su edad. Ha vivido demasiado tiempo entre cuatro paredes y sin respiro. Aislamiento. Disciplina constante. Tal vez… ha sido un reflejo del encierro.

—O del pasado —añadió otro, en voz aún más baja.

Morcar no se giró.

—Ha pasado ya media vida sin saber quién era —dijo—. Nosotros le dimos una. Una que le corresponde. Que todos creen verdadera.

Rhedgar alzó una ceja.

—¿Y si empieza a recordar?

Silencio.

Morcar finalmente se volvió, despacio. Su expresión era difícil de leer: no era ira, ni preocupación. Era otra cosa. Una especie de cálculo silencioso, como quien juega al ajedrez con la muerte.

—Si empieza a recordar, no podrá entenderlo del todo —dijo—. Porque crecer creyendo una verdad hace imposible aceptar otra. Lo que uno cree… termina siendo lo que uno es.

Caminó hasta la mesa. Acarició con un dedo el borde del mapa del valle.

—El pueblo murmura. Los impuestos pesan. La nostalgia de Edric y Aethelind se mantiene viva. Y el niño… aún es una promesa envuelta en neblina.

—¿Qué propone?

—Sacarlo del castillo —dijo Morcar—. Que cabalgue por el pueblo. Que él vea. Que lo vean. Que le miren a los ojos y se convenzan a sí mismos. No se acordarán de sus facciones. Ha cambiado mucho. La infancia hace del rostro una arcilla nueva cada año. Pero el símbolo… el símbolo permanecerá.

Los consejeros asintieron en silencio.

—¿Y si alguien duda?

Morcar sonrió apenas.

—Una mirada amable. Una frase aprendida. Un gesto sincero… La gente no quiere verdades. Quiere creer. Y si él se muestra como un heredero digno, nadie buscará más allá.

Y con eso, la reunión terminó.

Horas más tarde, Morcar subía las escaleras de la torre oeste.

La piedra seguía fría bajo sus botas. El aire era denso, como si aún quedara en él algo del miedo de la noche anterior. En la puerta de la cámara del joven, dos criados esperaban.

—¿Está despierto?

—Sí, mi señor. No ha dormido desde el amanecer.

Morcar asintió. Entró.

La habitación estaba en penumbra. Las cortinas no se habían descorrido. El brasero estaba encendido, pero la leña crepitaba sin calor. Alaric —o Wulfric— estaba sentado en un banco de madera, junto a la ventana, con la espalda recta y la mirada fija en un punto indeterminado del suelo.

No levantó la vista al oírle entrar.

Morcar se acercó despacio. No habló al principio. Observó la habitación: el cofre de siempre, el lecho sin deshacer, la daga de práctica sobre la repisa.

—Tuviste una noche difícil —dijo, con voz suave, casi paternal.

El muchacho asintió, sin girarse.

—¿Recuerdas lo que sentiste?

Silencio.

Luego, un susurro:

—Fue… como un fuego que ya conocía. Como si el cuerpo recordara lo que la mente ha olvidado.

Morcar lo observó con detenimiento. No mostró sorpresa. Solo acercó un taburete y se sentó cerca de él, pero sin tocarle.

—No puedes vivir encerrado siempre —dijo al cabo de un momento—. Has crecido. Has aprendido. Eres fuerte. Pero hay cosas que no se enseñan en las salas ni en los libros.

—Y el pueblo… el pueblo te espera.

Alaric alzó la mirada. Sus ojos eran más oscuros que de costumbre.

—¿El pueblo me recuerda?

—El pueblo te necesita —corrigió Morcar, inclinándose hacia él—. Quieren verte. Saber que sigues aquí. Que el hijo de Aethelind y Edric vive. Y camina entre ellos. Tú eres su esperanza.

El muchacho no respondió de inmediato.

Miró sus propias manos.

Las giró lentamente.

Como si buscara en ellas una historia que no conocía.

Finalmente, murmuró:

—¿Y si no soy lo que esperan?

Morcar sonrió. Se levantó.

—Nadie lo es.

—Pero la grandeza no viene de ser lo que esperan.

Sino de hacer que esperen algo de ti.

Caminó hacia la puerta, y antes de salir, se volvió una última vez.

—Prepárate. Mañana, al alba, cabalgarás. Yo te acompañaré.

—Y por primera vez, te llamarán por tu nombre.

El portón se cerró detrás de él.

Y en la penumbra, el niño que no era Alaric, pero que ya no sabía quién era, cerró los ojos.

Y por un instante, no pensó en coronas.

Ni en poder.

Ni en deber.

Pensó en una mesa.

En unas risas.

En una niña que olía a barro y a hojas secas.

Y en un nombre que nunca decía en voz alta. Wulfric.