La Daga y el Río (La Daga y el Río 1) Sin recuerdos
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Sin recuerdos

Capítulo XIV

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Desde fuera, parecía un noble joven en formación.

La túnica oscura, ajustada al cuerpo ágil.

La espalda recta como mandaban los instructores, el cabello corto, limpio, peinado hacia atrás.

Sus botas, pulidas cada noche, no hacían ruido sobre la piedra.

El cinto de cuero, con su pequeño puñal de entrenamiento, colgaba con la precisión de un emblema.

En los patios del castillo, cuando el niño que todos conocían como Alaric se presentaba ante los maestros de armas, su compostura era impecable.

No dudaba.

No temblaba.

No fallaba.

Las órdenes eran acatadas al instante. Su postura, su disciplina, su resistencia física…

todo hablaba de alguien que había sido entrenado con cuidado.

Una obra meticulosa, esculpida durante años a base de repeticiones silenciosas, de miradas vigilantes, de una vida que solo tenía tres pilares: obedecer, resistir, perfeccionarse.

Pero dentro de él, algo chirriaba.

No tenía nombre. Ni forma. Era como una astilla clavada en la carne del alma. No dolía siempre. Pero estaba ahí. Una molestia sorda, una punzada que aparecía cuando nadie lo miraba, cuando el ruido del castillo cesaba y quedaba solo con su respiración.

El entrenamiento físico lo mantenía enfocado, casi anestesiado.

Era en la quietud donde todo empezaba a deshacerse.

Cuando los ejercicios acababan y se encontraba solo en su alcoba, o en la galería alta donde los muros se abrían al río, la niebla volvía.

No era olvido… ni del todo recuerdo. Era una especie de nostalgia sin rostro.

Como si el alma anhelara una melodía que jamás había oído con los oídos, pero que conocía de memoria.

Los criados lo trataban con una mezcla de respeto y temor.

Sabían que era el heredero.

Pero también sabían que algo en él no terminaba de encajar.

No lloraba, como lo hacen a veces los niños solos.

No buscaba afecto.

Tampoco lo rechazaba.

Simplemente, no lo comprendía.

A veces, al ver cómo un joven escudero se arrodillaba para abrazar a su madre al partir, lo observaba con una fijeza incómoda. Como si no pudiera entender lo que veía, como si algo en esa escena le resultara ajeno, pero insoportablemente familiar.

Una noche, soñó con agua.

Fría. Violenta.

Oscura como la tinta.

Corría entre árboles y rocas.

Y en medio de todo, él flotaba.

No era un sueño como los demás.

Era un recuerdo disfrazado.

Sus manos se agitaban en la corriente.

El aire le faltaba.

Sentía el sabor del barro en los dientes.

Y luego… las manos.

Las pequeñas manos que lo sujetaban.

Fueron solo unos segundos.

Pero cuando despertó, lloraba.

No a gritos.

No como un niño.

Lloraba en silencio, con los dientes apretados y la garganta encogida. El corazón le golpeaba el pecho como si quisiera salir.

Se sentó en la cama.

Miró sus manos.

No temblaban.

Y entonces lo sintió: el odio.

No hacia alguien en particular.

Sino hacia el vacío.

Hacia la confusión.

Hacia el niño que era, y que ya no reconocía.

Porque dentro de sí sabía que había sido otro.

Alguien sin nombre, sin título, sin espada.

Alguien que amaba a alguien.

Que lo perdió. Y que, de algún modo, seguía vivo.

Pero allí, entre tapices, braseros perfumados y la voz suave de Morcar que lo llamaba «mi muchacho fuerte»… ese otro él no tenía lugar.

Morcar decía que el pasado era una bruma.

Que lo importante era el presente.

Que él era el hijo de Aethelind y Edric.

Que el pueblo esperaba por él.

¿Y si no era cierto?

A veces se acercaba al espejo de su habitación y se quedaba mirando fijamente su reflejo, como si esperara que otra cara le devolviera la mirada. A veces murmuraba en voz baja palabras sueltas, esperando que alguna encajara, que una sola sílaba abriera la puerta hacia aquella noche.

Pero nunca ocurría.

Y así, entre acero, obediencia y sombras, el niño que fue Wulfric seguía viviendo preso en la armadura de un nombre que no le pertenecía.

Las jornadas dentro del castillo eran precisas como las horas de un monasterio.

El muchacho se despertaba antes del alba.

Siempre. Como si el cuerpo supiera que debía prepararse antes de que el día lo exigiera.

Las criadas lo encontraban ya sentado en la cama cuando entraban con la jarra de agua caliente y las prendas para vestirlo.

No hablaba. No pedía ayuda. Se ponía la túnica, las botas, el cinturón.

Luego desayunaba en silencio: un cuenco de gachas, pan oscuro, una taza de leche o caldo suave según la estación.

Después venía el entrenamiento.

Tres horas bajo la supervisión de Maelric, el maestro de armas.

Espada ligera.

Postura.

Defensa.

Resistencia.

Repaso de posiciones.

Combate simulado.

A veces lo emparejaban con un joven escudero.

Casi nunca perdía. Pero tampoco se mostraba triunfante.

El almuerzo era breve, en una sala pequeña del ala sur.

Comía solo. Una criada se sentaba cerca, en silencio, por si necesitaba algo. Nunca lo hacía.

Después de comer, asistía a lecturas: historia, heráldica, geometría básica, genealogías.

Las impartía un anciano de manos temblorosas que parecía más cansado de vivir que interesado en enseñar.

Alaric escuchaba sin rechistar, pero su mirada a veces vagaba por la ventana, buscando algo que no estaba allí.

Y entonces venían las reuniones.

Las que Morcar organizaba cada tarde en la cámara alta del torreón norte.

No siempre eran oficiales. A veces se limitaban a conversaciones, otras veces asistían figuras cubiertas por capas oscuras, con anillos pesados y palabras medidas.

Hombres que no alzaban la voz, pero a quienes todos escuchaban.

Morcar quería que Alaric estuviera allí.

—Debes saber cómo se gobierna un territorio —le decía—. Aprenderás más aquí que con todos los libros del castillo.

Y él obedecía.

Se sentaba a su derecha, en silencio, con las manos sobre las rodillas, escuchando sin intervenir.

Morcar le tocaba el hombro a veces, como un gesto de camaradería.

Le dirigía sonrisas breves.

A veces le explicaba algo en voz baja, como si compartiera con él los secretos del mundo.

Y sin embargo… había algo en esos hombres que no le gustaba.

No sabía por qué.

No podía explicarlo.

Pero cuando uno de ellos hablaba de las rutas de comercio, de los tributos que subirían, de los aldeanos que serían reubicados, su estómago se tensaba.

Un día, uno de ellos —un tal Rhedgar, con barba gris y capa de piel negra— habló sobre cómo sería mejor cerrar los accesos al bosque occidental para evitar que los campesinos cortaran leña sin pagar.

—Si alguno pasa hambre, aprenderá a obedecer —dijo con frialdad.

Y Alaric —o Wulfric— sintió un golpe seco en el pecho. No sabía por qué. Solo que esas palabras le dolieron como si las hubiesen dirigido a él.

Morcar lo notó.

Le puso la mano sobre el brazo.

—Tranquilo, muchacho. Lo entenderás con el tiempo. Gobernar no es gustar a todos.

Alaric asintió.

Y algo en él… se rompió un poco más.

Porque sí, entendía su papel. Sabía lo que esperaban de él.

Pero también sabía que algo en esa sala olía a ceniza vieja, a bosque quemado, a mentira vestida de nobleza.

A veces, cuando la reunión acababa, Morcar lo llevaba a la galería superior.

—¿Ves el puerto? —le decía, señalando el movimiento de carretas, barcos, y comerciantes—. Todo eso será tuyo. Algún día.

Alaric asentía.

Y miraba el horizonte como si en lugar de tierra fértil, viera agua.

Agua oscura.

Manos pequeñas.

Un nombre olvidado.

Y durante un instante —solo uno—, la certeza volvía:

Eso no era suyo.

Nunca lo fue.

Pero luego Morcar hablaba otra vez, le ofrecía una nueva espada, un nuevo mapa, un nuevo título, y la niebla volvía a cubrirlo todo.

Y el niño que había sido…

se dormía de nuevo.

Aquella noche, la sala del torreón norte estaba más cargada de lo habitual.

La reunión había comenzado como siempre, con los mapas extendidos sobre la mesa de roble, las copas llenas de vino especiado y las lámparas de aceite lanzando sombras danzantes sobre las paredes de piedra.

La chimenea ardía con una leña que chisporroteaba suavemente, llenando el aire con un olor cálido a resina, humo y ceniza.

Morcar presidía la reunión, flanqueado por sus hombres de confianza. Alaric, como de costumbre, ocupaba su sitio a su derecha, observando en silencio. A su edad, era ya más alto de lo que nadie sabía explicarse, y su presencia, aunque muda, empezaba a pesar en la habitación.

Los temas del día giraban en torno a nuevas medidas en el puerto: incremento de tasas a los pescadores, limitación del paso de carros al anochecer, creación de una guardia extra que exigiría el doble de pan y grano de los campesinos cercanos.

Las discusiones eran encendidas, pero contenidas. Hasta que Rhedgar, el hombre de barba gris y mirada siempre entrecerrada, golpeó el puño contra el filo de la mesa.

—¡Podemos hablar toda la noche, pero el pueblo no entiende otra lengua que el hambre! Si no endurecemos las medidas, perderemos el control.

El golpe seco hizo vibrar la mesa. Una de las lámparas, colocada cerca del borde, se tambaleó.

Y aquí el mundo se puso lento.

Para los ocho hombres de aquella sala, lo que pasó a continuación duró lo que dura un descuido: una lámpara que se cae, un criado que corre, una mancha en un mantel, y a otra cosa.

Para el muchacho sentado a la derecha de Morcar, duró media vida.

Vio inclinarse el barro. Vio asomar el aceite por el borde, hinchándose primero, resistiéndose a caer como se resiste siempre la última gota.

Y vio el hilo.

Dorado. Gordo. Brillante.

Precioso durante un latido entero.

Se le paró todo. La sangre, el aire, los años. Y en ese latente pedazo de tiempo en el que un hilo de grasa ardiendo baja de una lámpara hacia una mesa de madera, el muchacho supo, con una certeza que no venía de ninguna parte, exactamente lo que iba a sonar después.

Y sonó.

No fue un grito. Fue un ruido pequeño y feo, como cuando se echa manteca en la sartén.

Y luego un aire que alguien mete de golpe por la boca y no vuelve a sacar.