Lo que el río dejó #2
Elswyth se despertó porque no estaba, y porque en aquella casa, desde la riada, todos se despertaban si faltaba alguien. Se echó la manta por los hombros y salió, y vio la luz al fondo, en el cobertizo donde el viejo tenía la fragua pequeña, la suya, la que usaba para lo que no era encargo.
Se quedó en el umbral sin entrar.
Eadric estaba de espaldas, en camisa, con el fuelle en una mano. La lumbre le sacaba del negro un hombro, media cara, el parche. La fragua respiraba: subía naranja, bajaba roja, subía. Olía a carbón y a agua de temple, a ese punto ácido del metal cuando muerde.
No estaba haciendo una herramienta. Se veía. Era demasiado pequeño y demasiado fino y le estaba dedicando demasiado tiempo.
Golpeaba, miraba, volvía a meter. Golpeaba, miraba. A veces paraba y se quedaba con la pieza al aire, quieto, y no era que estuviera pensando: era que se le iba la cabeza a otro sitio y volvía sola.
Elswyth estuvo mirando mucho rato desde la puerta. Debía de hacer frío. No lo notó.
Cuando el viejo por fin metió la hoja en el agua y todo se llenó de vapor, dijo, sin volverse:
—Pasa, anda. Que llevas ahí desde que he empezado.
Ella entró.
Él sacó la hoja del agua, la secó en el delantal y la puso en el yunque, y la miró de lado, con su único ojo, buscándole la torcedura.
Estaba bien.
Entonces cogió el cincel de plano y el martillo pequeño, y se inclinó, y empezó a marcar.
Elswyth se acercó. Vio la primera letra. Vio la segunda.
Y se le paró la respiración.
W.
Eadric no levantó la vista. Siguió. Golpe corto, seco, controlado. La U. La L. Tenía las manos como raíces y estaba haciendo letras del tamaño de una uña, y no le temblaba el pulso, y aquello a Elswyth le pareció, de pronto, lo más terrible que había visto en su vida.
—¿Por qué? —dijo.
El viejo terminó la última letra. Sopló la limadura. Pasó el pulgar por encima.
Y entonces sí levantó la cara.
—Porque yo até dos nudos aquella noche —dijo.
Se hizo un silencio en el que solo se oyó la fragua enfriándose, tic, tic, como algo que se encoge.
—Los até a los dos. A ti por la cintura y a él por debajo del brazo, porque era más chico y no le cogía la vuelta. Y aguantaste tú. —Dejó el martillo en el banco, muy despacio, como si le pesara—. Y llevo dos años, todas las noches, preguntándome cuál de los dos nudos hice peor.
—No fue…
—No he dicho que fuera culpa mía. —La cortó sin dureza—. He dicho que los hice yo. Los dos. Con estas manos. Y una de estas manos, esa noche, hizo un nudo que no valía. —Se miró las palmas, negras, agrietadas—. Y no sé cuál.
Elswyth no supo qué decir. Tenía trece años y no había nada que decir.
Eadric cogió la hoja y se la puso delante, plana sobre las dos manos abiertas, como se ofrece el pan.
—Toma.
—No sé usarla.
—Ya lo sé. Por eso te la doy ahora y no luego.
—Se encogió de hombros—. Yo no sé rezar, niña.
No se me da. Estuve en el entierro y no me salió una palabra.
A mí lo único que se me da es esto. —Señaló el yunque con la barbilla—.
Así que voy a hacer una cosa. Voy a poner su nombre en el acero.
Y tú vas a aprender a que ese acero vaya donde tú digas.
Y mientras tú puedas hacer eso, el nombre existe.
Se sorbió la nariz. Fue el único ruido que hizo en todo aquello.
—Hay gente que pone flores. Yo pongo filo.
Elswyth cogió la daga.
Pesaba menos de lo que esperaba. Estaba tibia todavía.
Y en la empuñadura, en el hueco entre las cachas, donde solo lo vería quien la tuviera agarrada, había otra cosa escrita, más pequeña aún, tres palabras que Eadric no le señaló y sobre las que no dijo absolutamente nada, ni entonces ni nunca:
«Por él. Contigo.»
Elswyth cerró la mano.
«No es un recuerdo. Es un encargo.»
—¿Y esto qué es? —consiguió decir, con la voz rara.
—Eso —dijo el viejo, dándole la espalda y agachándose otra vez a avivar la lumbre— es entre él y yo.
Volvió a bombear el fuelle. La fragua subió de naranja a rojo.
—Ahora vete a dormir, que voy a hacer la otra. Van de dos en dos, las dagas. Una sola no sirve de nada.
Elswyth se fue a la cama con la daga tibia contra el pecho.
No durmió.
Y a la mañana siguiente, antes de que amaneciera, ya estaba en el prado de atrás tirándole a un tocón, y falló las cuarenta veces, y a la cuarenta y una también.
· · ·
Desde entonces, Elswyth entrenó cada día.
En soledad, al principio.
Luego, observada desde lejos.
Y finalmente… acompañada.
Los chicos empezaron a llamarla «la hija del herrero», aunque sabían que no lo era. Ella no corregía. Simplemente los ignoraba. Seguía lanzando sus dagas a los blancos de madera. Primero erraba. Luego, rozaba el borde. Y con los meses… no fallaba.
No usaba fuerza.
Usaba cálculo.
Distancia.
Paciencia.
Como si algo en su interior le dijera cuándo soltar, cómo girar la muñeca, cuánta tensión poner en el hombro. Como si al lanzar… no fuera Elswyth, sino una memoria viva.
La memoria de Wulfric.
Los muchachos comenzaron a desafiarla.
Primero con juegos. Luego con entrenamientos más serios.
Un día, uno de ellos —Elnric, hijo de un curtidor— le arrojó una rama como provocación. Ella la esquivó sin apartarse. Sin parpadear. Luego lanzó su daga contra un trozo de madera que colgaba a varios pasos… y lo partió por la mitad.
Desde entonces, nadie volvió a burlarse.
Al contrario. Empezaron a pedirle enseñanza.
Ella no aceptaba. Pero tampoco decía no. Solo observaba. Escuchaba. Y cuando alguno se le acercaba con respeto, respondía con dos o tres palabras justas. Una corrección. Un consejo. Un gesto. Y se iban. Pero hablaban de ella.
«No lanza. Baila con ellas.»
«Cuando suelta la daga, es como si supiera a dónde irá.»
«Yo la vi, lo juro: partió una cuerda a tres pasos de distancia.»
No eran exageraciones. Eran asombro.
Y nadie sabía por qué.
Solo que era… distinta.
Y que cuando blandía sus dagas, no parecía practicar.
Parecía recordar.
Una tarde, cuando el sol ya se ocultaba entre las colinas, uno de los niños más pequeños —Beric, apenas de ocho años— se le acercó mientras ella recogía las hojas del suelo.
—¿Por qué haces eso todos los días? —le preguntó, con la inocencia de quien no teme.
Elswyth tardó en responder.
Luego, sin mirarlo, dijo con voz baja:
—Porque él ya no puede hacerlo.
—Y alguien tiene que recordarlo.
Beric no entendió del todo. Pero no volvió a preguntar.
Solo se quedó a mirar cómo la joven de los ojos serios y las dagas curvas lanzaba una y otra vez su promesa al aire…
y siempre, la hacía volver.
Al día siguiente, Elswyth volvió al claro con sus dagas.
El aire era más denso de lo habitual. No por el clima, sino por los rostros. Los niños llegaron más tarde. Se movían con menos soltura. Algunos hablaban entre sí en susurros, mirando hacia el pueblo. Nadie lo decía abiertamente, pero algo había pasado.
Elnric no vino.
Tampoco Beric.
Elswyth lo notó, pero no preguntó.
En su mundo, las ausencias hablaban solas.
Uno de los más mayores, un muchacho llamado Reddan, afilaba un palo contra una piedra, sin mirar a nadie. Otro niño, con la rodilla raspada, mascaba una tira de corteza con gesto ausente. Cuando Elswyth lanzó su primera daga, nadie celebró.
Fue entonces cuando Reddan rompió el silencio:
—Mi padre dice que esta vez no llega. Que el trigo no alcanza para pagar los nuevos aranceles y que no puede comprar sal en el puerto.
Otro murmuró:
—Los guardias ahora pesan cada saco. Hasta las lentejas cuentan. Si escondes una bolsa para el invierno, te la quitan.
Una niña, casi sin aliento, susurró:
—Anoche azotaron a un molinero por no declarar la harina del trueque.
Elswyth se giró.
Miró al grupo.
No dijo nada.
Pero su siguiente lanzamiento fue más certero que nunca.
Partió una rama en el aire.
Y cayó con un golpe seco que sonó como un final.
Reddan se acercó a ella.
No desafiante.
No admirado.
Cansado.
—¿Sabes que han cerrado la herrería del este? El maestro no pagó la nueva tasa. Lo arrastraron hasta el castillo. Mi primo vio cómo salía su hijo, llorando, con la cara cubierta de hollín y los dedos vendados.
Elswyth clavó su mirada en él.
—¿Y qué harán?
Él no respondió.
Pero otro chico, más joven, habló en voz baja:
—Mi madre dice que hay quienes se reúnen por las noches, lejos del castillo. Que hablan de lo que Dunheath era… y de lo que ahora parece.
Una ráfaga de viento agitó las ramas sobre sus cabezas. El olor a humo del puerto llegaba con el aire: madera quemada, pescado rancio, aceite usado.
Y de pronto, lo entendió.
No era solo tristeza. Era algo más antiguo.
Era hambre.
Era rabia.
Era miedo que empezaba a cambiar de forma.
Reddan lanzó su palo al suelo con fuerza.
—Morcar no es como Edric. Ni lo intenta.
Elswyth no movió un músculo.
Solo cerró los dedos en torno a la empuñadura de su daga.
Sintió la inscripción bajo la yema del pulgar.
«Wulfric.»
Y, por un instante, tuvo la certeza de que el viento se había detenido.
Los muchachos siguieron entrenando. O al menos, fingiendo que entrenaban. Pero cada uno de ellos, en el fondo, ya había empezado a entrenar otra cosa: el coraje de mirar la injusticia a los ojos.
Y en medio de ellos, sin proponérselo, una niña de ojos serios y dagas curvas comenzaba a convertirse en algo más que una sombra entre juegos.