El día más largo #3
No querían que el puente cediera del todo aún. Solo debían debilitar los soportes justos, cortar las cuerdas internas de tensión, vaciar la estructura por dentro sin que lo pareciera. Debía parecer viejo. Azotado por la lluvia. Víctima de una desgracia inevitable.
Una parte del mundo debía caer esa noche.
Y ellos eran su herramienta.
No muy lejos de allí, en la torre oeste del castillo, Morcar se apoyaba con ambas manos sobre el alféizar de su ventana, el rostro bañado en sombras.
Observaba, con los ojos muy abiertos, el carruaje que esperaba en el patio empedrado, bajo la lluvia.
Los caballos resoplaban. El cochero se cubría con una capa.
Dos sirvientes sostenían faroles que titilaban bajo el aguacero.
Morcar tragó saliva.
Aquel era el momento. En cuanto partieran, el destino avanzaría. En cuanto los cascos sonaran sobre la madera del puente, la historia cambiaría.
Pero entonces, algo cambió.
Un movimiento. Una figura menuda.
Alaric.
El niño escapó por un lateral del ala este, bajó corriendo la pendiente trasera y, aprovechando la distracción de los criados, se coló bajo la lona del carruaje, agachado, con el rostro empapado, los rizos pegados a la frente y los ojos encendidos por la emoción de su travesura.
Morcar parpadeó. Se quedó inmóvil.
Y luego gritó.
—¡No! ¡NO!
Su voz se perdió en el estruendo de la lluvia. Golpeó la ventana con los puños. Se volvió. Corrió hacia la puerta.
Los sirvientes, abajo, seguían esperando bajo la tormenta.
No lo habían visto.
Morcar bajaba las escaleras de piedra a trompicones, resbalando, los candelabros tambaleándose en las paredes.
Bajó tres tramos de escalera, giró, tropezó, se incorporó, volvió a correr.
El corazón le golpeaba en el pecho como un tambor de guerra.
Gritaba por dentro. Gritaba por fuera. Nadie lo oía.
Cuando llegó al patio, el carruaje ya estaba partiendo.
Los caballos trotaron hacia la salida. Edric y Aethelind se habían subido momentos antes, ajenos a todo. El cochero azuzó las riendas. El estandarte verde se agitó en el aire. Y el vehículo se perdió entre las sombras del camino que bajaba hacia el valle.
—¡ALTO! —gritó Morcar, empapado, jadeante, las botas hundidas en el barro.
—¡ALTOOOO!
Pero era tarde.
Los relámpagos iluminaban el cielo, revelando los árboles inclinados, las rocas resbaladizas, las sombras que se arrastraban sobre el camino. Morcar giró sobre sus talones y corrió hacia las caballerizas. Dos mozos lo vieron llegar y retrocedieron.
—¡Un caballo! ¡AHORA!
Se lanzó sobre la montura más cercana, sin silla, sin capa.
Azuzó con fuerza, y el animal, asustado, se alzó sobre las patas traseras antes de lanzarse al galope.
Morcar cabalgaba sin silla y sin freno. La lluvia golpeaba su rostro como látigos.
El barro le salpicaba la vista. La capa se le enredaba en los pies.
—¡No, Alaric! —murmuraba entre dientes—. ¡No!
Muy adelante, en el interior del carruaje, el silencio era paz.
Aethelind sostenía la mano de Edric. Las luces de las lámparas bailaban en el interior. El carruaje traqueteaba con suavidad, protegido aún por los árboles.
—Ha sido un año difícil —susurró ella.
—Lo será aún más —dijo él—. Pero contigo…
Ella le sonrió.
—Siempre estaremos juntos. ¿Lo sabes?
—Siempre.
Y entonces, una risa infantil brotó de entre las mantas.
—¡Os he encontrado!
Aethelind y Edric se sobresaltaron. Levantaron la tela. Y allí estaba Alaric, con la túnica mojada, tiritando, pero riendo, orgulloso de su hazaña.
—¡Me escondí! ¡He ganado!
Los dos lo miraron. Y rieron. Rieron con el alma.
—¡Por todos los cielos, Alaric! —exclamó Edric, alzándolo.
—Estás empapado —dijo Aethelind, abrazándolo mientras lo cubría con su capa.
El carruaje avanzaba. La risa llenaba el interior. Las manos se entrelazaban. Y el amor, por un instante, era lo único real.
Hasta que llegó el puente.
Desde lo alto del camino, Morcar alcanzó a ver la escena justo cuando los primeros cascos tocaban la madera. Gritó. Azuzó el caballo. Estaba cerca. Muy cerca.
Y entonces, en la base del puente, los encapuchados actuaron.
Un golpe.
Otro.
Una viga que cede.
Un crujido.
Y el puente se desplomó.
El carruaje, aún sobre la estructura, cayó con él, en una lluvia de astillas, soga, agua y metal. Golpeó la ladera de roca con un estruendo sordo, rodó una vez, y desapareció en las aguas furiosas del río crecido.
Morcar detuvo su caballo al borde del barranco.
Gritó.
Gritó como si el alma se le quebrara en la garganta.
—¡¡¡NOOOOOOOO!!!
El caballo relinchó, se agitó, luego se quedó inmóvil bajo la lluvia.
Morcar bajó al suelo, cayó de rodillas en el barro, con los ojos clavados en el cauce.
El río arrastraba ramas, ruedas, trozos de madera, y más abajo, el cuerpo deformado del carruaje que giraba y giraba entre las olas oscuras, hundiéndose poco a poco.
No había señales de vida.
Solo el río.
Solo el rugido.
Solo la pérdida absoluta.
Y así terminó el día más largo.
Con un niño perdido entre las aguas.
Con una hermana inconsciente, a la deriva.
Con un padre que murió salvando a su esposa.
Con una familia entera tragada por la noche.
Y con un hombre arrodillado en el barro,
que por primera vez en su vida,
no sabía si el destino le había concedido el poder…
o le había condenado con su victoria.