El día más largo #2
Solo sabía que algo venía. Algo que nadie había vivido. Algo que nadie esperaba.
Wulfric volvió a su lado, esta vez más cansado. Se desplomó junto a ella, jadeando.
—¿Estás bien? —preguntó al verla pálida.
Elswyth tragó saliva. Lo abrazó sin decir nada. Lo apretó más fuerte de lo habitual.
—Elswyth… —murmuró él—. ¿Te duele el hombro?
—No —susurró—. No es eso.
Él no preguntó más.
Sabía cuándo debía guardar silencio.
Y así se quedaron, sentados juntos bajo un toldo de ramas. Wulfric apoyó la cabeza en su hombro vendado. Elswyth entrecerró los ojos. Y mientras la primera lluvia comenzaba a caer, fina al principio, como dedos curiosos… ambos escuchaban, por dentro, un ruido que no era el del cielo.
Era algo más antiguo. Más profundo.
En la ciudad amurallada, la tormenta se anunciaba con pasos largos.
Las banderas del castillo se agitaban con violencia inusual. Los marineros del puerto aseguraban sus velas. Los vendedores del mercado plegaban los toldos. El aire era espeso. El mar, quieto como si temiera respirar.
Dentro del castillo, los preparativos seguían.
El carruaje estaba ya preparado. Los caballos engalanados, nerviosos.
Edric y Aethelind, vestidos con sobriedad, se encontraban en la galería donde debían saludar a los jefes de gremio antes del breve paseo ritual.
Nada indicaba tensión. Pero los criados hablaban en susurros.
Las antorchas chisporroteaban con más fuerza.
El reloj de arena se volteó dos veces más de lo habitual.
Alaric, sentado junto a la ventana del salón alto, miraba caer la lluvia sobre los jardines. Tenía en las manos su velero de madera. No jugaba. Solo observaba. Y pensaba.
Cumplía cinco años aquel día. Se los cumplía exactos: había nacido en la noche de la fiesta, bajo otra lluvia, en aquella misma torre, y su madre se lo había contado tantas veces que ya no sabía si lo recordaba o solo recordaba que se lo contaban.
Le daba vueltas al barco entre los dedos. La proa roma. La borda desigual. El mástil torcido que su padre le había puesto de madrugada.
Pensaba en si quizás, esa tarde, podría esconderse en el carruaje.
No por desobedecer.
Sino porque quería estar cerca.
Aunque nadie supiera que lo estaba.
Cuando por fin oyó los cascos en el patio y las voces abajo, se metió el velero bajo la túnica, contra el pecho, y bajó corriendo las escaleras.
No lo pensó. No se lo planteó siquiera.
Nunca salía de aquella habitación sin él.
Llegó la noche y el cielo se había cerrado por completo sobre Caerwyc.
La tormenta, que al principio parecía una lluvia persistente, se convirtió en un rugido interminable. El agua golpeaba los tejados como puños de piedra, y los caminos se transformaron en cauces vivos, ríos menores que imitaban al mayor, que esperaba más arriba, retenido, contenido, ignorado.
Las risas se apagaron. Los cantos cesaron. La música se volvió inútil.
Fue Maerwynn la primera en mirar hacia el norte, donde el bosque se abría y la loma dejaba entrever el cauce alto del río.
Allí, en lo alto, algo se movía. Un murmullo grave, un zumbido que crecía.
Algunos niños aún jugaban bajo las lonas.
Los adultos comenzaban a recoger, entre risas tensas. Pero el zumbido… no se detenía.
Y entonces, el mundo cambió de sonido.
Un trueno distinto, seco, bajo, orgánico, recorrió el valle. No venía del cielo, sino de la tierra. Era el crujido de algo cediendo, de algo que no debía romperse. Y tras él, un silencio absoluto. Tan absoluto que incluso los perros dejaron de ladrar.
La masa de agua llegó un segundo después.
Bajó como una criatura con hambre, arrastrando consigo árboles, ramas, barro, y todo lo que encontraba.
No era un desbordamiento. Era una embestida.
El tapón formado por troncos caídos y maleza en un meandro del río había cedido, acumulando durante días una presa salvaje y muda, que ahora, al romperse, descendía con toda la violencia del mundo contenido.
La primera casa fue arrancada de raíz. Luego la segunda. Y después, la aldea entera.
Elswyth apenas tuvo tiempo de mirar a Wulfric. La tierra tembló bajo sus pies. Gritos. Voces cruzadas. Alguien la empujó por reflejo. Vio venir la ola de lodo. Sintió cómo el aire se convertía en peso, en barro, en madera y gritos y viento.
Y entonces, unas manos fuertes. Eadric el Tuerto.
—¡A la balsa! —rugió con voz de guerra.
Los había arrastrado hasta el cobertizo de herramientas, donde una plataforma de madera reforzada con sogas y ejes yacía medio enterrada.
El herrero, con fuerza brutal, los alzó a ambos —Elswyth primero, luego Wulfric— y los anudó con sogas a los laterales, con nudos torpes pero seguros.
El agua ya llegaba al pecho. El aire sabía a metal y a podredumbre.
—No os soltéis. No os soltéis por nada —gritó mientras saltaba también a la estructura.
La balsa improvisada fue levantada en el aire como una hoja en el viento. El impacto de la corriente fue instantáneo. Ya no había tierra. Solo agua y oscuridad.
Más atrás, Aethelwyn corría entre el barro con los faldones empapados y los pies hundidos.
Su marido gritaba su nombre mientras la alcanzaba y, empujándola con todo el peso de su cuerpo, la subía a una tabla gruesa flotante, atada con sogas que colgaban de una carreta rota.
La ayudó a aferrarse, a estabilizarse. Ella gritaba por los niños.
Él no respondió. Una rama arrastrada por la corriente golpeó su costado.
Tropezó. Y aun así, empujó la tabla hacia la corriente para que flotara sin chocar.
Ella se giró. Quiso lanzarse a por él. Pero él ya no estaba.
El agua se lo tragó sin un sonido. Sin una palabra.
La balsa de los niños y del herrero descendía por el cauce desbocado como una criatura sin dirección.
Golpeaba árboles, tejados, puertas que ya no tenían casa.
Wulfric temblaba. Elswyth gritaba su nombre sin que él respondiera.
El herrero, aferrado a un costado, intentaba controlar la dirección, aunque sus fuerzas se consumían.
Un tronco enorme golpeó el flanco izquierdo.
Wulfric se soltó medio cuerpo y quedó colgando, aferrado con ambas manos al canto del madero.
—¡Wulfric! —gritó Elswyth.
Lo alcanzó, se arrastró como pudo, mojada, resbalando. Le tomó una mano.
—¡Sujétate! ¡Sujétate!
—¡No me sueltes, Els! —gritaba él, con los ojos abiertos de terror, los pies pataleando en el vacío.
Otro tronco. Otro golpe.
El impacto la arrojó hacia atrás, la cabeza golpeó contra la esquina de una tabla, y todo se volvió negro.
Wulfric la vio caer. Aún la sujetaba con una mano. Pero ella ya no respondía. Él gritó su nombre. Una vez. Dos veces.
Sus dedos, aún aferrados, comenzaron a deslizarse.
El herrero giró a tiempo para ver cómo el niño caía. Lo intentó. Se lanzó.
Pero el agua era más rápida que sus brazos.
Wulfric desapareció en la corriente. Arrastrado como una hoja, como una flor de primavera, en la noche que no perdona.
Y solo quedó el eco de su voz, ahogada por la lluvia, por el barro, por la furia del río que reclamaba su deuda antigua con los hombres.
· · ·
Lo que le pasó a él no lo vio nadie.
El agua no era agua. Era otra cosa. Era una pared que corría y que golpeaba y que estaba en todas partes a la vez, arriba también, y no dejaba sitio para el aire, y a los nueve años uno todavía no sabe que se puede morir, así que Wulfric no tuvo miedo de morirse: tuvo miedo de haberla soltado.
Eso fue lo primero que pensó.
«La he soltado.»
Manoteó buscándola. Buscó la mano pequeña que había tenido agarrada hacía un instante y que ya no estaba, y siguió buscándola aunque no hubiera nada que agarrar, aunque estuviera girando en el barro y no supiera dónde era arriba.
La mano.
Los dedos de ella resbalando de los suyos, uno por uno, despacio, como se va una cosa que no se puede sujetar.
Sacó la cabeza una vez. Cogió aire y agua a partes iguales. Vio, muy lejos y muy alto, una luz naranja que se movía —una antorcha, la aldea, algo que ardía— y le pareció, no supo por qué, que aquella luz le hacía daño, que la conocía, que aquella luz ya le había hecho daño una vez.
Y gritó.
Gritó lo único que le quedaba por gritar, que no era socorro ni madre ni nada de eso.
Gritó su propio nombre.
Como gritan los críos cuando se pierden y quieren que alguien los encuentre: no llaman al que busca, dicen quién son.
—¡WULFRIC!
Y el río se lo llevó por delante contra el pilar de piedra del vado viejo.
No lo vio venir. No hubo tiempo. Fue un golpe seco y hueco en la sien, el ruido que hace una calabaza al caerse de la mesa, y no dolió.
Eso fue lo raro. No dolió nada.
Se le apagó el mundo de fuera hacia dentro, como se apaga una casa cuando alguien va cerrando las contraventanas una por una.
Y en el último rincón que quedó encendido, mientras el agua negra se lo llevaba hacia el sur, hacia la desembocadura, hacia el mar, hacia una mujer que aún no había nacido para él, se le quedaron flotando cuatro cosas sueltas, sin dueño, sin orden y sin nadie a quien pertenecer.
El agua.
Unas manos pequeñas.
Una luz naranja que hacía daño.
Y un nombre que no iba a saber de quién era.
· · ·
La lluvia había crecido durante toda la tarde, y al caer la noche, se había convertido en una cortina interminable de agua espesa, de gotas gruesas como puños que castigaban los adoquines, las torres, las ramas desnudas del castillo de Dunheath.
El río, al pie del puente de madera que cruzaba hacia el corazón del valle, rugía con una fuerza que nadie había escuchado en años.
Era una criatura enfadada, una vena abierta entre las colinas, cargada por las lluvias y la arrogancia de los hombres.
A la sombra del bosque, ocultos por la niebla y el estruendo, cuatro hombres encapuchados trabajaban con rapidez.
No hablaban. Uno sujetaba una antorcha casi apagada. Otro sostenía una cuña de hierro que golpeaba una de las vigas maestras del puente. Un tercero vigilaba, nervioso, volviéndose una y otra vez hacia la ciudad lejana. El cuarto medía con los ojos el momento justo.