El hijo del río
Capítulo XI
· · ·
La lluvia no cesaba. No llovía: caía el cielo mismo, gota a gota, como si el mundo quisiera lavarse entero.
Morcar seguía de rodillas, empapado, con las manos hundidas en el barro y los ojos clavados en el río, como si pudiera invocar el pasado con la fuerza de su rabia.
Lo había visto. Lo había presenciado. Aethelind, Edric, Alaric…
los tres tragados por las aguas negras, envueltos en astillas, en sangre, en la nada.
Y, sin embargo, aún tenía su cuerpo para moverse. Una lengua para pronunciar las palabras justas. Una historia que contar.
Porque en ese instante, arrodillado como un penitente, Morcar supo que aún podía moldear el desastre en oportunidad. Si no podía evitar la tragedia… entonces podría dirigirla. Canalizar el dolor de un pueblo hacia su propio ascenso.
Se levantó.
Tembloroso, pero firme.
Y corrió.
No hacia el río, sino hacia atrás, por el sendero que se enroscaba entre las rocas y ascendía al otro paso, más angosto, más salvaje, pero transitable.
Su caballo lo seguía con dificultad, los cascos resbalando, las crines empapadas.
Subió, cayó, se levantó, volvió a montar, y al alcanzar la cima divisó a lo lejos las luces aún encendidas de Dunheath, como islas perdidas en la tormenta.
No dudó. Azuzó al animal. Y descendió.
Atravesó campos anegados, caminos invisibles, rodeó viejos molinos y atravesó pastizales hasta que, por fin, los muros de la ciudad se alzaron ante él.
La lluvia se colaba bajo las armaduras de los centinelas.
La música se oía a lo lejos aún, tímida, ahogada, como si alguien en Dunheath aún intentara festejar bajo el naufragio del mundo.
Morcar gritó.
—¡Abrid paso! ¡¡UNA TRAGEDIA!! ¡¡EL CARRUAJE DE LOS SEÑORES…!!
Y el mundo se rompió.
Las puertas se abrieron. Las voces se alzaron.
En minutos, el rumor se esparció como fuego sobre paja seca.
El nombre de Edric. El nombre de Aethelind.
El de Alaric. Todos corrieron. Los gremios se organizaron.
Las antorchas se encendieron. Las calles se poblaron de pies descalzos, de espadas improvisadas, de oraciones apenas murmuradas.
Morcar se hizo con el centro. Dio órdenes. Coordinó. Llamó por nombre a jinetes, carpinteros, pescadores. A nadie le extrañó. Su voz, empapada, rota, parecía la de un tío desesperado, no la de un conspirador satisfecho.
Y así comenzó la búsqueda.
Por tramos, por turnos, desde la ciudad hasta el mar, recorrieron el cauce del río como quien persigue una sombra. Hallaron primero pedazos de madera. Luego un broche roto. Luego, cuerpos.
No eran los que esperaban.
Los primeros cadáveres eran de campesinos. Mujeres. Ancianos. Niños. Pero no de Dunheath.
Eran los de Caerwyc.
La aldea había sido arrasada.
El dolor cambió de forma. Dejó de ser miedo y se convirtió en horror. Las barcazas se multiplicaron. Los perros rastreadores avanzaban entre las cañas. Las antorchas temblaban en la niebla. Los hombres lloraban sin saber por qué. Las mujeres gritaban nombres que el río no devolvía.
La luna no se veía.
El mar, sin embargo, ya olía cerca.
En un recodo del río, poco antes de su desembocadura, un grupo de rastreadores descendió hasta un tramo más ancho, donde el lodo había formado una pequeña lengua de playa.
Y allí, en el barro, el horror se convirtió en certeza.
Había cuerpos.
Muchos.
La mayoría sin vida.
Arrastrados, torcidos, algunos aún entrelazados en abrazos que no les salvaron. Había restos de muebles, vigas, ropas arrancadas. Un sombrero infantil. Un santo de madera al que le faltaba la cabeza. Una cesta de flores deshechas.
Y en el centro de todo, el cuerpo de una niña, aún tibio.
Uno de los hombres de Dunheath murmuró:
—¿Quién es?
Una mujer se abrió paso entre ellos.
Venía andando por el barro desde hacía media noche, descalza de un pie, con el otro zueco perdido en algún sitio del que no se acordaba. Había mirado ya once cuerpos. Los había mirado uno por uno, agachándose, apartando el pelo de las caras con la mano, y once veces se había vuelto a levantar.
Se arrodilló junto a la niña.
No le miró la cara. Le miró el hombro.
Le apartó la tela pegada con dos dedos, despacio, como se levanta una venda.
Y allí estaba. La marca. Aquella quemadura pequeña y curva que ella misma había untado de grasa y miel una tarde de la semana anterior, con la casa oliendo a guiso y un crío mirando desde el rincón sin atreverse a llorar.
—Elswyth.
Lo dijo una vez, bajito, como se comprueba un nombre.
Y luego ya no pudo decirlo: lo gritó, y el grito le salió partido por la mitad, y cayó sobre su hija y le metió las manos por debajo, por el barro, y se la subió al regazo entera, empapada, pesada como pesan los medio ahogados.
La niña respiraba. Poco. Respiraba.
Y Aethelwyn, con su hija en el regazo, levantó la cabeza y miró el agua.
Todavía le faltaban dos.
—¿Y el niño? —les preguntó a los hombres, a nadie, al río—. Iba con ella. Iban juntos. ¿Dónde se mira? ¿Dónde se busca a los que faltan?
Nadie le contestó.
Uno de los rastreadores se quitó el gorro.
Y ella entendió lo que significaba aquel gesto y decidió no entenderlo, y volvió a doblarse sobre lo que tenía, que respiraba, y se puso a quitarle el barro de la cara con el pulgar, raya a raya, con muchísimo cuidado, como si eso fuera lo único que quedara por hacer en el mundo.
Junto a ella, Eadric el Tuerto se desplomó también. Sus ojos no derramaron lágrimas, pero su cuerpo temblaba como si las contuviera. Otro aldeano dijo haber visto a más de los suyos río abajo. Algunos estaban siendo traídos por pescadores. Pero muchos no regresarían.
Y entonces, alguien gritó.
—¡Aquí! ¡¡Aquí está el niño!!
Morcar, aún montado, volvió la cabeza con un espasmo. Azuzó su caballo. Varios corrieron tras él, deslizándose entre el barro, la arena y las ramas.
Y allí, entre los restos de ramas apelmazadas, entre cuerdas sueltas y hierba muerta, había un pequeño cuerpo cubierto de barro, desnudo casi por completo, con la cabeza herida y los labios agrietados.
Estaba vivo.
Respiraba.
Y parecía… Alaric.
Eso pensaron muchos.
Eso no desmintió nadie.
Y eso decidió Morcar.
· · ·
Aquella mañana, en la lengua de barro donde el río había ido dejando lo que no quería, extendieron un lienzo y fueron poniendo encima lo que se recuperaba.
Era la manera de hacerlo. Se ponía todo junto, se llamaba a la gente, y la gente venía y miraba y decía «eso es de los míos» o no decía nada y se iba.
Había poco. El agua devuelve menos de lo que se lleva.
Un zapato. Una hebilla. Un crucifijo de latón con la cadena partida. La cofia de alguien. Un cuchillo de cocina. Un cencerro.
Una criada del castillo, una mujer mayor que llevaba cinco años vistiendo al niño todas las mañanas, se fue poniendo de rodillas delante del lienzo y lo repasó entero, cosa por cosa, con la punta de los dedos.
Dos veces.
Luego se levantó y fue a buscar a Ceolwine, que estaba de pie a diez pasos con su capa y su cara de no estar entendiendo nada desde el amanecer.
—No está el barco —dijo.
—¿Qué barco?
—El barco. —La mujer tenía la voz rara—. El de madera. El pequeño, el feo, el que le hizo su padre. El que no soltaba.
Ceolwine tardó en contestar.
—Se lo habrá llevado el agua.
—Ceolwine. —La criada lo agarró de la manga, y a un escriba mayor no se le agarra de la manga—.
Ese niño no bajaba de la torre sin el barco.
Desde que anda. Y anda desde los dos. No se lo dejaba ni para dormir.
Se dormía con él en la mano y había que sacárselo cuando ya estaba dormido del todo.
—Se le llenaron los ojos—. Si el barco no está aquí, es que está donde esté él.
Y el viejo escriba, que llevaba cuarenta y cinco años anotando lo que pasaba en aquella ciudad y que había mirado a aquel niño en su cuna la noche que nació, se quedó callado con la boca un poco abierta.
Porque acababa de entender lo que le estaba diciendo aquella mujer.
Que si el barco no había aparecido en la orilla, y el niño tampoco, entonces las dos cosas estaban en el mismo sitio.
Y que había dos sitios posibles.
Iba a decir algo.
Iba a decirlo. Aquella era la última mañana en que se podía decir, y él era el único hombre en toda Dunheath a quien le habrían hecho caso.
Y entonces Morcar de Brynhaeth pasó por detrás, a dos pasos, sin pararse, envuelto en su capa y camino de la orilla, y dijo, sin mirar a nadie y sin levantar la voz, como quien comenta el tiempo:
—Dad gracias de que al menos a él nos lo ha devuelto.
Y siguió andando.
Y Ceolwine cerró la boca.
Se quedó allí, en el barro, con la manga todavía agarrada por una criada que lloraba, mirando la espalda del hombre que se alejaba. Y luego miró hacia el castillo, donde había un niño vivo en una cama. Y luego miró el lienzo con el zapato y la hebilla y el crucifijo partido.
Y no dijo nada.
Y aquella mañana un juguete de tilo del tamaño de una mano, con la proa roma y una marca torcida en la quilla, bajaba ya por el último recodo del río, agarrado en el puño de un niño de cinco años al que la corriente llevaba hacia el mar.
Nadie lo buscó.
Nadie preguntó dos veces.
Y la criada que había vestido a Alaric cada mañana de su vida se murió cuatro inviernos después sin haber vuelto a decírselo a nadie, porque una vez lo dijo y el señor escriba no le contestó.
· · ·
Bajó del caballo. Se acercó. Lo observó.
No era su sobrino.
Era otro niño desconocido para Morcar.
Era Wulfric.
Pero en la noche, entre el barro, las ropas perdidas, el rostro hinchado por la herida y la lluvia interminable… ¿quién podía saberlo?
Morcar se arrodilló.
Tomó al niño en brazos.
Y con una voz que parecía brotarle del alma, dijo:
—Alaric… mi muchacho… estás a salvo.
Nadie habló.
El silencio fue el primer aliado de la mentira.
El segundo fue el miedo.
Y el tercero, el deseo de creer que al menos uno de ellos había sobrevivido.
Morcar se alzó, llevando al niño como a un estandarte.
Y en los rostros de los hombres y mujeres, mojados por la lluvia, la fatiga y la fe, se encendió un rayo de esperanza.