La última semana #3
—El agua está a un palmo más bajo que el año pasado. Lo he visto yo. Está más baja, hombre.
Eadric soltó la viga. Se enderezó despacio, con las manos en los riñones.
—¿Y de dónde te crees que sale el agua que falta, Dunstan?
El pastor abrió la boca. La cerró.
Y se fue con sus ovejas.
· · ·
Estuvo dos días.
Los críos fueron los primeros en enterarse, porque los críos se enteran de todo, y a media tarde había siete u ocho sentados en el murete de enfrente viendo al herrero clavar.
Se reían. No con maldad —o sí, con esa maldad tranquila de los niños que repiten lo que oyen en casa—: se reían porque el tuerto estaba haciendo un barco en un pueblo que está a media legua del vado, en la semana de la fiesta, con el río más bajo que nunca.
Alguno le gritó algo desde el murete.
Eadric no se volvió.
Vinieron a mirarlo dos mujeres, y luego un par de hombres, y a la caída de la segunda tarde ya había medio Caerwyc pasando por delante del cobertizo con cualquier excusa. Y por primera vez en su vida, a Eadric el Tuerto la aldea no lo miró como se mira a un herrero.
Lo miró como se mira a un viejo que ha empezado a hacer cosas raras.
Y él siguió.
Clavaba las cuñas con tres golpes. Uno para asentarla, dos para meterla. Probaba cada nudo tirando con todo el cuerpo, echándose hacia atrás hasta quedarse casi tumbado en el aire, y si la soga cedía un dedo, la deshacía y la volvía a hacer.
Elswyth fue a verlo la última tarde.
Se sentó en el suelo, cerca, sin decir nada, con las rodillas contra el pecho, y estuvo un buen rato así.
—¿Va a pasar algo? —dijo al final.
Eadric no paró de atar.
—No lo sé.
—Entonces, ¿por qué la haces?
El viejo terminó el nudo. Le dio dos vueltas más de las que hacían falta. Y contestó sin mirarla, con la voz de siempre, como quien explica cómo se templa el hierro:
—Porque hacerla y que no pase nada me cuesta dos días y que se ría de mí todo el pueblo. —Cortó la soga con el cuchillo—. Y no hacerla y que pase, me cuesta lo otro.
Se quedó un momento con el cabo en la mano.
—Y lo otro no se paga, niña. Lo otro no lo paga nadie.
Elswyth miró la balsa. Era fea. Cuatro maderos, unas sogas, dos ejes de hierro que él mismo había forjado, y unos lazos raros a los lados que no entendió para qué servían.
Se fue a dormir sin preguntarle qué eran los lazos.
Y aquella noche, la penúltima de su vida entera tal como la conocía, Caerwyc se rio del tuerto en cuatro cocinas distintas mientras cenaba.
Dos días después, el hombre del que se reían metió a los dos hijos de Aethelwyn en aquellos lazos y les hizo un nudo a cada uno.
Y la aldea que se reía ya no estaba para reírse de nada.
Otra tarde, fueron juntos al claro donde se preparaban los tablones para el estrado de la ceremonia.
Mientras los carpinteros trabajaban, ellos recogían trozos de madera sobrante y los convertían en espadas, coronas o figuras torpes.
Wulfric tallaba una con la punta de un cuchillo que no debía usar, mientras Elswyth lo vigilaba con la mitad de su atención.
—Cuando seas mayor, ¿te vas a ir? —preguntó él, de pronto.
—¿Por qué habría de irme?
—Porque tú eres lista. Mucho. Y siempre que alguien es listo, acaba yéndose a vivir a los castillos. O a los libros. O a las guerras.
Elswyth dejó lo que hacía y lo miró. Wulfric evitó sus ojos, como si ya lamentara la pregunta.
—No pienso irme sin ti —dijo ella, al fin.
Él sonrió, sin levantar la cabeza.
—Entonces no me voy a perder nunca.
—Tú te pierdes fijo —dijo ella—. Tú te pierdes en el vado.
—¡No me pierdo!
—Te perdiste el año pasado buscando el escondite y estabas a veinte pasos del escondite.
—¡Porque había niebla!
—Ya. —Elswyth volvió a lo suyo, con esa sonrisa suya, seria y suave—. Anda, comadreja del molino.
Wulfric bufó, como bufaba siempre que se lo decía, y le tiró una viruta de madera a la cabeza, y falló.
Y luego se quedó callado un momento, tallando, con los hombros encogidos.
—No me llames así cuando haya gente.
—¿Por qué?
—Porque no. —Se puso colorado—. Cuando no hay gente, sí.
Elswyth lo miró de reojo y no dijo nada, porque entendió perfectamente lo que le acababa de decir: que aquel nombre era de los dos y de nadie más, y que se lo estaba dando a guardar.
—Vale —dijo.
—Y si me pierdo de verdad —dijo él, sin levantar la cabeza—, ¿me buscas?
—Mejor que no te pierdas —respondió Elswyth—. Porque si lo haces, yo misma iré a buscarte al fin del mundo.
Y en ese momento, algo en el aire cambió. No en la temperatura, no en el cielo. Sino en el silencio. Un silencio espeso, que descendió de pronto cuando las hojas dejaron de agitarse. Como si el bosque mismo hubiera oído aquel juramento.
Elswyth lo notó.
Wulfric no.
Y ninguno de los dos volvió a decir aquel nombre en toda su vida.
Salvo una vez.
Cinco años después.
En un pasillo.
La aldea seguía su ritmo.
Pero entre cada risa, cada canción de preparación, cada cántaro colgado, algo invisible parecía estar gestándose.
Y aunque ninguno de los dos lo sabía aún, aquel vínculo silencioso que los unía, ese hilo de amor infantil e invulnerable sería puesto a prueba antes de lo que imaginaban.