La última semana #2
Y Elswyth… Elswyth lo sabía.
Y aunque a veces lo empujaba, lo regañaba o lo dejaba atrás a propósito, siempre miraba por encima del hombro para asegurarse de que él la seguía.
Había en su amor por Wulfric una mezcla de ternura y responsabilidad que no parecía propia de una niña.
Más que una hermana, era una pequeña madre, una aliada, una vigía permanente.
Aquella semana compartieron todo.
Juntos ayudaron a Maerwynn a recoger flores para las tinturas. Ella los observó mientras seleccionaban, sin corregirlos, con esa paciencia suya que no era dulzura sino oficio.
De vuelta, pasaron por el vado.
Maerwynn se paró en la orilla, como se paraba siempre, y no dijo nada, y esperó. Llevaba dos años haciendo lo mismo con aquella niña y la niña ya sabía que aquel silencio era una pregunta.
Elswyth miró el agua.
Bajaba como bajaba siempre: parda, mansa, arrastrando hojas. Pero se agachó, y metió los dedos, y los sacó, y miró la línea de espuma sucia que se había quedado pegada a los juncos, un palmo largo por encima de donde llegaba el agua.
—Ha bajado —dijo.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que ha bajado. —Elswyth se encogió de hombros—. Que hay menos.
—¿En primavera? —dijo Maerwynn—. ¿Con el deshielo?
Elswyth se quedó callada. Volvió a mirar la marca de los juncos. Volvió a mirar el agua mansa.
Y entonces frunció el ceño, porque acababa de entenderlo, y era la primera vez que lo entendía ella sola.
—Si baja menos aquí… —dijo despacio— es que se está quedando en algún sitio de arriba.
Maerwynn no le dijo bien. No le dijo nada. Solo asintió una vez, muy despacio, con la boca cerrada, y siguió andando.
«El agua no se pierde. El agua espera.»
Wulfric se había apartado a perseguir un escarabajo por la orilla, dando saltos, gritándole al bicho que se rindiera.
Y fue entonces, con el niño de espaldas y lejos, cuando la vieja se inclinó hacia Elswyth y le habló al oído.
—Que no se te aleje —dijo, en voz tan baja que parecía pensada solo para las ramas.
Elswyth se volvió hacia ella.
—¿Por qué?
Maerwynn no respondió.
Miró un momento al niño, allá abajo, saltando entre los juncos con el pelo en la cara, y en aquella cara vieja pasó algo que Elswyth no supo leer y que se pasó los años siguientes intentando recordar, sin conseguirlo nunca del todo.
Solo le ofreció una flor azul intensa y se alejó caminando con una lentitud casi ceremonial, como si la tierra le pesara de repente.
Elswyth se quedó con la flor azul en la mano, mirándola irse.
Luego miró a su hermano.
—¡Wulfric! —gritó—. ¡Ven aquí!
Y él vino corriendo, como venía siempre, sin preguntar para qué.
Horas más tarde, los hermanos ayudaban a Oswin, el panadero, a amasar la harina para los bollos de centeno.
Las manos de ambos estaban cubiertas de polvo blanco, y Wulfric no podía parar de reír al ver cómo la masa se pegaba a sus dedos como una criatura viva.
Elswyth, más centrada, formaba bolitas con cuidado, empujándolas suavemente con los nudillos como había aprendido de Aethelwyn.
—¿Crees que si hiciéramos pan todos los días, nos dejarían comer todo lo que quisiéramos? —preguntó Wulfric.
—No creo. —Elswyth sonrió—. Oswin es amable, pero también cuenta cada miga como si fuera oro.
—Pero tú podrías convencerlo —dijo Wulfric con seguridad—. Tú podrías convencer a cualquiera.
Elswyth le lanzó una mirada divertida, pero no respondió. En el fondo, le gustaba que su hermano la creyera capaz de tanto.
En ese momento, por la ventana abierta del horno, se coló el murmullo de una conversación. Afuera, bajo la sombra del gran nogal, el pastor Dunstan de la Colina hablaba con Eadric el Tuerto, el herrero. Sus voces eran bajas, pero algo en el tono… algo en el ritmo… las hacía diferentes del resto.
—…dice que los perros se inquietaron anoche —murmuró Dunstan—. Y no fue por zorro ni comadreja. Se quedaron mirando el bosque como si algo respirara dentro.
Eadric gruñó, seco.
—Ya no estamos para cuentos. Pero si el arroyo cambia de color otra vez, yo no lo ignoraré.
Elswyth dejó caer una bolita de masa sin darse cuenta.
—¿Qué pasa? —susurró Wulfric, siguiendo su mirada.
—Nada —respondió ella, fingiendo indiferencia—. Ve a pedirle a Oswin más agua para la harina.
Mientras él se alejaba dando pequeños saltos, Elswyth volvió a mirar por la ventana. Pero los hombres ya no estaban.
· · ·
El arroyo cambió de color dos días antes de la fiesta.
No mucho. Nadie lo habría dicho si no se lo hubieran estado mirando. Bajaba un poco más pardo de lo que le tocaba, con un tono de barro removido, y traía por encima una espumilla sucia que se pegaba a los juncos y no se iba.
Eadric el Tuerto se pasó toda la mañana en cuclillas en la orilla, sin decir nada, mirándolo.
Y a mediodía cerró la fragua.
Eso fue lo que la aldea notó, porque en Caerwyc se sabía la hora por el martillo del tuerto, y aquel día el martillo paró y no volvió a sonar.
Los que pasaron por delante vieron la puerta cerrada con un travesaño y el fuego apagado en la víspera de la fiesta, que era el día del año en que más faena tenía.
Estaba detrás, en el cobertizo, arrastrando vigas.
Nadie sabía de dónde las había sacado. Eran cuatro maderos gordos, viejos, de cuando el molino tenía otra rueda, y él los llevaba a rastras uno a uno, cogidos de una punta, echando el cuerpo hacia atrás y clavando los talones, y le costaba, porque ya no era joven y porque un hombre con un ojo calcula mal las esquinas.
Cuando Dunstan llegó con las ovejas, se paró a mirar.
—¿Y eso?
—Una balsa.
—¿Una balsa. —Dunstan no lo dijo como pregunta.
—Una balsa.
El pastor se rascó la barba. Miró los maderos. Miró al viejo.
—Eadric, que estamos a dos días de la fiesta.
—Ya.
—Que tienes doce encargos sin entregar. Que la mujer de Oswin te va a matar por lo del aro.
—Ya.
Dunstan se quedó allí un rato con las manos en el bastón, y luego dijo lo que había venido a decir desde el principio, y lo dijo con cariño, que fue lo peor: