La última semana
Capítulo VII
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Caerwyc se despertaba distinta esa semana.
Como si incluso el río, que siempre seguía su curso sin mirar a nadie, hubiera comenzado a fluir con otro ritmo, más vivo, más impaciente.
La luz del sol parecía caer de otra manera, más dorada, más leve, como si ya no pesara tanto el invierno sobre los hombros del cielo.
Los cantos de los mirlos volvían a escucharse con fuerza en los árboles que bordeaban el sendero del molino, y las ramas, aún tímidas, comenzaban a vestirse de brotes verdes que abrían como párpados tras un largo sueño.
En la aldea, las tareas cotidianas se envolvían de una emoción casi silenciosa.
Nadie lo decía en voz alta, pero todos sabían que la fiesta de la primavera no era solo una celebración.
Era un límite. Un umbral. El punto exacto en el que la tierra volvía a respirar.
Donde se recordaba a los muertos y se bendecía a los vivos.
Era el momento en que todo debía estar limpio, reparado, preparado.
Las mujeres del lugar habían comenzado a colgar tejidos al sol, sacudiendo las mantas y cortinas con vigor, como si quisieran ahuyentar al mismo tiempo el polvo y los malos recuerdos.
Se cocían jabones con grasa y ceniza, y las primeras flores secas del año anterior se usaban para perfumar las ropas.
Los niños, descalzos y con las mejillas manchadas de tierra, eran enviados al bosque a recoger ramas frescas de sauce, ortiga tierna, hojas de avellano.
En cada casa, en cada patio, se oía el roce del estropajo de cáñamo contra la piedra del hogar, el golpeteo de las escobas de abedul, el crujido de las puertas al ser reparadas o aceitadas.
En casa de Aethelwyn, el ritmo no era diferente, aunque la herida de Elswyth obligaba a pausas y silencios entre tareas.
La niña ya no se quejaba; había aprendido a convivir con el ardor intermitente en el hombro, que le servía de recordatorio constante.
Había vuelto a trabajar en su corona, aunque con más lentitud, y ahora la tejía con una concentración aún más profunda, como si tejiera no solo flores, sino una historia.
Wulfric, por su parte, se mostraba más contenido desde el accidente.
Seguía hablando de espadas, batallas y mapas secretos, pero sus pasos eran menos ruidosos, sus gestos más pensados.
De vez en cuando miraba el hombro de su hermana con una mezcla de culpa y fascinación, como si esperara que la marca desapareciera por arte de magia.
Los hombres del pueblo reparaban carretas, afilaban hoces, cambiaban las estacas de las empalizadas, y ayudaban a montar la tarima donde se celebraría la ceremonia principal.
Los jóvenes aprendices de herrero competían para ver quién calentaba el hierro más rápido y lo domaba con menos golpes.
En el establo del pastor, nacían corderos que se envolvían en trapos calientes antes de ser devueltos a las madres.
Incluso el perro viejo de la aldea, que solía dormir a la sombra del horno comunal, parecía moverse más ligero.
En las noches, bajo un cielo aún frío, las mujeres más ancianas preparaban las pequeñas ofrendas: figuras de paja, muñecas trenzadas con trigo seco, huesos pintados con ceniza, cuencos con leche que serían enterrados en el campo como ofrenda para las fuerzas invisibles.
Lo hacían en silencio, con manos seguras, siguiendo un orden que no necesitaba ser dicho.
El fuego que las acompañaba crujía suavemente, y el olor del brezo quemado se colaba por las rendijas de las casas cercanas.
Elswyth observaba todo con esa mirada que solo tienen los niños que ya sospechan el peso de las cosas.
Sentía que aquel año la fiesta sería distinta.
No sabía por qué. Pero algo en el aire, algo en la forma en que el viento doblaba los tallos del centeno joven, en cómo los adultos se miraban más largo, en cómo su madre cantaba menos mientras amasaba el pan…
todo hablaba de una primavera más cargada que otras.
Como si la aldea estuviera a punto de cruzar un umbral del que no se regresa igual.
Una tarde, mientras ayudaba a su madre a colgar cintas en la entrada de la casa, vio a Maerwynn, la curandera, hablar en voz baja con el anciano Beran.
Él asintió con gravedad, y luego ambos se perdieron camino arriba, hacia el bosque.
No supo qué discutían, pero sintió una punzada en el estómago. No de miedo. De presagio.
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Beran bajó del bosque al caer la tarde, solo, y se sentó donde se sentaba siempre: en el poyo de piedra junto al horno comunal, donde daba el último sol y el calor del pan salía por la boca del horno y le calentaba la espalda a un viejo.
Le decían el último cantor y no era un apodo cariñoso: era una descripción. Antes había cuatro. Luego dos. Ahora quedaba él, y cuando cantaba en las fiestas, los mozos se reían por lo bajo de las estrofas que no entendían y esperaban a que acabara para tocar lo suyo.
Elswyth se acercó porque llevaba algo en la mano y no sabía a quién enseñárselo.
Era una flor pequeña, morada, oscura, de tallo leñoso, que había arrancado esa mañana de una grieta de la peña del vado, donde no crecía nada más.
Beran la vio antes de que ella dijera nada. Y se le quedó la cara quieta.
—¿De dónde has sacado eso?
—De la piedra.
—Ya sé de dónde. —El viejo alargó la mano, y no la cogió; solo la rozó con un dedo, como se toca a alguien enfermo—. Digo que quién te ha dicho que la cojas.
—Nadie. —Elswyth se encogió de hombros—. Es que es la única que aguanta ahí arriba. Todo lo demás en esa peña está seco.
Beran se quedó mirándola un rato largo.
Luego se hizo a un lado en el poyo, que era su manera de decir siéntate, y Elswyth se sentó, y el olor del pan les llegaba por detrás, y el sol bajaba sobre los brezos.
—¿Sabes por qué nadie la coge? —dijo él.
—Porque es amarga.
—No. Amargas hay muchas y se cogen todas.
—Carraspeó, y cuando volvió a hablar le había cambiado la voz: se le había puesto la de cantar, que era más honda y venía de más lejos—.
Hace mucho, cuando vinieron los de allá con sus caballos y sus cotas, llegaron a esta comarca y pidieron lo de siempre.
Que se arrodillaran. Y la gente se arrodilló, niña, porque la gente se arrodilla, y hace bien, porque de rodillas se sigue comiendo y de pie no siempre.
Se rascó la barba.
—Pero hubo unos cuantos que no. No muchos. Un puñado. Y no eran héroes ni eran nadie: eran tercos, que es distinto y suele ser peor. Y se los llevaron a la peña de allá arriba, a la que da al vado, y allí se acabó la cosa.
Elswyth no dijo nada. Miraba la flor.
—Y cuentan —siguió Beran— que al año siguiente, en esa peña donde no había habido nunca más que liquen, salió esa flor.
Y que sale todos los años desde entonces, siempre en el mismo sitio, siempre en la piedra, siempre amarga.
Que no hay manera de plantarla abajo, en la tierra buena: la plantas en tierra buena y se muere. Solo agarra en la roca.
—¿Y por eso no la coge nadie?
—Por eso no la coge nadie. —El viejo la miró de reojo—. Porque en esta aldea todo el mundo sabe lo que es esa flor aunque nadie lo diga. Y cogerla no es coger una flor. Cogerla es decir algo. Y aquí la gente lleva doscientos años sin decir nada, y por eso la gente lleva doscientos años viva.
Se calló. Por la boca del horno salió una vaharada de pan y humo de roble.
Elswyth le dio la vuelta a la flor entre los dedos. No era hermosa y no fingía serlo: pequeña, dura, con el tallo leñoso y el color de una herida vieja. Nada que ver con las prímulas ni con las caléndulas.
—Pues yo la voy a poner en la corona —dijo.
Beran soltó una risa corta, sin ganas.
—Ya lo sabía.
—¿Cómo lo ibas a saber?
—Porque llevo setenta años mirando a la gente, niña, y a los que van a hacer esa clase de cosas se les nota desde muy pequeños. —Se levantó, despacio, con las dos manos en las rodillas—. Se les nota en que preguntan.
Se echó la capa al hombro y echó a andar hacia su casa. Y a los tres pasos se paró y dijo, sin volverse:
—Póntela detrás, ¿eh? En el aro de atrás, donde no se ve.
—¿Por qué?
—Tú hazme caso.
Elswyth se quedó en el poyo con la flor en la mano hasta que se apagó el sol.
«Detrás no. Si la escondo, entonces sí que es solo una flor.»
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Esa noche, mientras el río murmuraba entre los juncos y las luciérnagas comenzaban a aparecer entre las zarzas, Elswyth se sentó a terminar su corona.
La completó con la flor. No la puso detrás.
La puso en el centro, delante, en el sitio donde se pone lo que uno quiere que se vea, atada con la cinta parda al aro de avellano que había pelado su padre.
Y le quedó bien. Le quedó fea y le quedó bien: aquel punto oscuro y duro en mitad de todo lo tierno, como un nudo en una tabla.
Wulfric la miró sin decir nada. Luego se sentó a su lado, en silencio.
Los dos sabían que se acercaba algo.
No lo decían.
Pero lo sabían.
Y la primavera, que ya se olía en la tierra húmeda y en el corazón de las aves, no vendría sola.
Caerwyc era un mundo pequeño, pero para Elswyth y Wulfric, en aquella semana previa a la fiesta, era un universo entero.
Cada rincón de la aldea parecía tener un propósito distinto: una piedra junto al río donde se colocaban las botas para secarse, un tocón hueco que servía como fortaleza para los gnomos imaginarios, un tronco inclinado en el bosque que ellos llamaban «el puente de la reina salvaje».
Allí, en su mundo secreto y enorme, se movían como dos hojas del mismo árbol, inseparables, complementarios, hermanos no solo por sangre sino por una lealtad nacida del alma.
Wulfric la seguía a todas partes.
A donde iba Elswyth, él iba detrás: preguntando, imitando, admirando.
Aunque jugaba a ser guerrero, aunque hablaba de espadas y de proteger la aldea de enemigos invisibles, lo que más deseaba en el fondo de su corazón era ser como ella.
Era en sus ojos donde buscaba el mundo. Era su aprobación la que le daba sentido a todo.