Fuego sobre la mesa #2
—El sauce se parte —dijo al cabo—. Vale para lo bonito. No vale para lo que tiene que aguantar. —Le pasó la primera vara pelada, blanca y flexible—. Prueba con esto. Se dobla y no se rompe. Y cuando se seca, se queda con la forma que le has dado.
Elswyth cogió la vara. La dobló. No se partió.
Estuvieron los dos así hasta que se acabó la luz, el padre pelando y la hija trenzando, sin hablar apenas, y aquella corona fue la que se puso, y fue la que llevaba puesta cinco días más tarde, y fue la que apareció flotando río abajo, entera, cuando ya no había quedado nada más.
Wulfric los miraba desde el rincón.
Nadie le dijo que se acercara.
«El sauce se parte. Yo soy de sauce.»
· · ·
La noche había envuelto la aldea de Caerwyc con su manto espeso, y el silencio se extendía como un animal que descansa entre los tejados, respirando con lentitud.
Dentro de la casa, el fuego del hogar ardía ya con suavidad, reducido a brasas cobrizas que iluminaban las vigas y los utensilios con una luz cálida y baja.
Afuera, el viento había amainado, y solo se oía el ulular distante de una lechuza.
Elswyth yacía sobre su lecho de paja limpia, con el hombro cubierto por un paño de lino impregnado en ungüento.
El dolor se había vuelto una punzada tolerable, intermitente, como un susurro que le recordaba el suceso de aquella tarde.
A su lado, su madre terminaba de doblar una manta.
La expresión en su rostro era más blanda que antes, como si el enojo se hubiera retirado dejando solo el cuidado.
—¿No puedes dormir? —preguntó Aethelwyn en voz baja.
Elswyth negó con la cabeza.
—¿Te duele?
—Un poco.
—Eso es señal de que sanas. El dolor es el trabajo que hace el cuerpo para cerrar la herida. A veces se tarda más por dentro que por fuera.
Se sentó junto a ella, despacio, y alisó con la mano los cabellos de su hija, retirándolos de la frente. Luego miró el hombro vendado, con atención serena.
—Te quedará una señal —dijo.
Elswyth no respondió de inmediato.
—¿Tú tienes alguna?
Aethelwyn sonrió con una sola comisura, como si la pregunta le hubiera traído un recuerdo antiguo.
—Claro que sí. Aquí —dijo, tocándose la cicatriz junto a la ceja izquierda—. Y otra en el tobillo, de cuando era pequeña y quise cruzar el río helado.
—A veces las marcas no duelen más que el momento en que ocurren —añadió Aethelwyn—. Pero a veces… a veces son las que cambian todo. Incluso si son pequeñas.
—¿Cómo puede algo tan pequeño cambiar algo tan grande?
Aethelwyn se acomodó mejor en el banco de madera junto al lecho, y habló con voz baja, como si contara un secreto al corazón de la noche.
—Una vez oí decir que un rey de las tierras del sur perdió su trono por una cicatriz en el rostro.
Dicen que su enemigo vio esa marca y lo reconoció, aunque estuviera disfrazado.
Fue capturado y colgado de una cuerda tejida con hilo de lino.
Todo un reino cambió de manos por una línea delgada sobre la piel.
Elswyth la escuchaba con atención, los ojos clavados en la sombra que proyectaba su madre sobre la pared.
—También cuentan que un gran guerrero del norte —continuó— se retiró de la batalla por una quemadura en la mano.
No porque doliera, sino porque era la misma marca que tenía su padre cuando murió en combate.
Y creyó que era una señal de que su hora había llegado.
Se fue. Su ejército se desbandó. Y su enemigo ganó sin tener que pelear.
La niña parpadeó, absorbiendo cada palabra.
—Y hay quien dice que la madre de una reina, hace mucho, fue salvada de un juicio injusto porque alguien reconoció una mancha de nacimiento en su hombro. La misma que tenía su abuela, y la madre de su abuela. Una marca salvó un linaje entero de ser borrado del mundo.
Aethelwyn bajó la vista hacia Elswyth, con expresión grave, pero tierna.
—Así que no subestimes las señales. Algunas son advertencias. Otras, llaves. O trampas. Pero todas dicen algo. A veces… a quienes aún no saben que deben escuchar.
Elswyth miró su hombro vendado, con un nuevo respeto. El ardor no había desaparecido, pero ahora parecía tener un propósito.
—¿Y esta qué dirá?
—Eso solo el tiempo podrá decirlo —susurró su madre—. Pero lo importante es que estará ahí. Y eso basta. Porque el cuerpo recuerda lo que el corazón a veces olvida.
Aethelwyn se inclinó y besó la frente de su hija, luego se levantó y apagó la lámpara, dejando que solo la luz de las brasas diera forma a las sombras.
Elswyth cerró los ojos. Y por primera vez desde que cayó la grasa caliente sobre su piel, no pensó en el dolor, sino en el destino.
· · ·
Wulfric no durmió.
Estaba en su jergón, al otro lado de las brasas, boca arriba, con los ojos abiertos en la oscuridad y las manos quietas sobre el pecho, y llevaba así desde que su madre había apagado la lámpara.
No paraba de verlo.
La cadena. El tirón. La lámpara balanceándose. El borde inclinándose despacio, mucho más despacio de lo que había pasado de verdad, tan despacio que en su cabeza siempre le daba tiempo a llegar y nunca llegaba.
El brillo de la grasa cayendo. Eso sobre todo. El hilo de luz que hizo al caer, dorado y gordo y brillante, precioso durante un latido entero.
Y el ruido. No fue un grito. Fue un sonido pequeño y feo, como cuando se echa manteca en la sartén, y luego el aire que su hermana metió por la boca de golpe y no volvió a sacar.
Y el olor. El olor que se quedó después en toda la casa y que no era el del guiso.
Se dio la vuelta en el jergón. Se tapó la cabeza con la manta. Volvió a verlo.
La cadena. El tirón. El hilo de luz.
«Yo la he quemado. Yo. Con mi espada de mentira.»
Tenía nueve años y aquella noche aprendió una cosa que no supo decir con palabras hasta mucho después, y que además ya no pudo decir nunca: que hay cosas que uno hace en un segundo, jugando, sin querer, riéndose, y que ya no se pueden deshacer aunque uno se pase la vida entera queriendo deshacerlas.
Que el mundo no tiene marcha atrás. Que la marcha atrás no existe.
Se levantó descalzo, sin hacer ruido, y cruzó la habitación por el borde, pegado a la pared, para que no crujiera el suelo.
Su hermana dormía. O eso parecía.
Se quedó de pie a su lado, en la oscuridad, mirando el bulto blanco del paño en el hombro, sin atreverse a acercar la mano.
—No quería —susurró.
Elswyth no contestó.
Wulfric se sentó en el suelo de tierra, junto al lecho, con la espalda contra el jergón de ella, y se quedó ahí.
No para que lo perdonaran. Para hacer guardia.
Como si estando allí sentado, despierto, en mitad de la noche, pudiera impedir que le pasara otra cosa a alguien a quien ya le había pasado por su culpa.
Se durmió así, sentado, con la cabeza caída sobre el pecho, poco antes del amanecer.
Y no lo supo entonces —no podía saberlo— pero aquello, aquel hilo de grasa brillante cayendo despacio bajo una lámpara de barro, iba a ser una de las cuatro únicas cosas que le quedaran cuando el río se lo llevara todo lo demás.
El agua.
Unas manos pequeñas.
El fuego.
Y un nombre que no sabría de quién era.