La Daga y el Río (La Daga y el Río 1) Fuego sobre la mesa
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Fuego sobre la mesa

Capítulo VI

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La luz de la tarde entraba sesgada por las pequeñas aberturas de la casa, colándose a través del lino que colgaba como cortinas deshilachadas en los marcos de las ventanas.

Afuera, el viento del este acariciaba los tejados de brezo y hacía crujir la madera de los aleros, pero dentro, el aire estaba tibio, espeso con el olor del guiso que borboteaba en el caldero sobre el hogar.

Era ese olor familiar —una mezcla de cebolla, zanahoria, grasa de cerdo y un puñado de especias secas que su madre guardaba en una caja de roble con cierre de hueso— el que impregnaba cada resquicio de la estancia, adhiriéndose a los pliegues de la ropa, al cabello, a las paredes ennegrecidas por años de humo.

Elswyth estaba sentada en el suelo de tierra apisonada, junto a la mesa de madera central, con las piernas cruzadas, el vestido remangado hasta las rodillas y las mangas sujetas con tiras de cáñamo.

Tenía frente a sí un manojo de ramas tiernas de sauce, aún flexibles, que había recogido esa misma mañana.

Las separaba con paciencia, una por una, eligiendo las más finas, midiendo con la yema de los dedos su curvatura, el grosor, la suavidad.

A su lado reposaban varias cintas trenzadas de lino, de color verde, rojo oscuro y pardo, teñidas con bayas, raíz de gualda y pieles de cebolla, y un pequeño saquito de flores secas: caléndula, malva, ajenjo.

Las había recogido y secado ella misma el año anterior, cuando decidió que su corona para esta fiesta sería mejor que la de la última vez.

Sus dedos se movían con precisión, con la memoria de quien ha repetido esa tarea cada primavera desde que podía recordar.

Se notaba en el gesto que aquello no era un juego: era un ritual.

Las coronas no eran simples adornos en Caerwyc.

Eran pequeños talismanes vivos, nacidos del bosque y del río, ofrecidos al viento con la esperanza de ser vistos por los espíritus del renacer.

Wulfric, en cambio, no podía quedarse quieto.

Había convertido el espacio alrededor de la mesa en su campo de batalla.

Con una espada de madera que él mismo había tallado (y que en realidad no era más que una rama afilada y endurecida al fuego), blandía el arma con movimientos grandilocuentes, acompañados de sonidos guturales y saltos torpes.

Su escudo, una tapa de cuero endurecido que había arrancado de una vieja jarra rota, lo sostenía en el antebrazo izquierdo con la firmeza de un verdadero guerrero.

—¡Fuera, saqueadores del norte! ¡Atrás, hombres del pantano! —gritaba, rodeando la mesa por tercera vez—. ¡La fortaleza de Caerwyc jamás caerá mientras yo la defienda!

Elswyth ni lo miraba. Estaba absorta en su labor, frunciendo ligeramente el ceño cada vez que una cinta se torcía mal o una rama se partía por haberla forzado demasiado.

Le dolía la espalda de estar encorvada, pero no se quejaba.

Su rostro, aún de niña, ya mostraba la sombra de la concentración adulta.

—Wulfric… —advirtió su madre desde el hogar, sin volverse—. Te lo he dicho ya. Tercera vez.

—¡Estoy salvando la aldea, madre! —respondió él, sin detenerse ni un segundo.

—Salva lo que quieras, pero si tumbas otra olla, tu aldea va a tener que comer raíces crudas mañana —dijo ella, removiendo el guiso con una cuchara de madera que parecía tan vieja como la casa.

La madre de los niños, Aethelwyn, era una mujer de carácter templado, pero de voz firme.

Menuda, de huesos anchos y manos grandes, solía mantener el cabello recogido en un moño bajo cubierto por una cofia simple.

Sus vestidos eran siempre de tonos oscuros, no por gusto sino por utilidad: era más fácil ocultar las manchas de ceniza, harina o sangre de gallina.

Su rostro era claro, con pómulos altos y una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda, herida de infancia que nunca se borró del todo.

No hablaba más de lo necesario, pero cuando lo hacía, sus hijos sabían bien cuándo el tono dejaba de ser amable.

—Solo una vuelta más —imploró Wulfric.

—Una vuelta más, y luego te sientas. O te echo un cubo de agua fría por la cabeza. Hay fuego por todos lados y tu hermana está demasiado cerca de la lámpara.

Aethelwyn hablaba del recipiente de barro que colgaba de una cadena sujeta a una de las vigas del techo.

Dentro ardía grasa animal con una mecha de trapo empapada.

La luz era cálida, dorada, pero la llama bailaba al ritmo de cada movimiento en la habitación, proyectando sombras fantásticas sobre las paredes y temblando ante cada soplo de aire.

Elswyth alzó la vista, por un instante, y observó cómo su hermano pasaba junto a la lámpara una vez más, con un giro tan amplio de su espada que rozó la cadena. Pero no dijo nada. Sabía que advertirlo sería en vano.

Y entonces, ocurrió.

Fue un instante. Un salto demasiado exagerado, una torsión, un movimiento de escudo mal calculado.

La cadena se agitó, la lámpara osciló con violencia y, aunque no llegó a caer, una parte del contenido —la grasa caliente— se desbordó por el borde y cayó sobre la mesa… y sobre el hombro expuesto de Elswyth.

El sonido fue leve, como el de un líquido espeso cayendo sobre madera caliente. Pero el dolor fue inmediato.

Elswyth soltó un grito ahogado, contenido por el orgullo, y se llevó la mano al hombro izquierdo.

No llegó a gritar del todo, pero sus ojos se llenaron al instante.

Las flores, las cintas, las ramas, todo quedó manchado de grasa oscura.

La piel enrojecida del hombro comenzaba a inflamarse, y un hilo de humo se elevaba del lino empapado.

Aethelwyn giró tan rápido que el cucharón salió volando. En dos zancadas estaba junto a su hija.

—¡Wulfric! —rugió, con una voz que parecía no caber en su pecho.

El niño se quedó paralizado, con la espada a medio alzar, los ojos muy abiertos y la boca entreabierta.

—No quise… yo no…

Aethelwyn no respondió. Se agachó junto a Elswyth, le apartó con delicadeza el vestido del hombro y examinó la quemadura. No era grave, pero la piel estaba inflamada y algunas ampollas comenzaban a asomar.

—Ve a buscar agua limpia. Ya. —La orden fue para Wulfric.

Él obedeció sin rechistar, dejando caer la espada y el escudo. Corrió hacia la puerta como si el suelo le ardiera bajo los pies.

Aethelwyn cubrió la quemadura con un paño humedecido en vinagre, luego lo retiró con cuidado y comenzó a aplicar una pasta que guardaba en un frasco: grasa de cerdo mezclada con savia de abeto y miel. Elswyth no lloraba. Mordía su propia manga, respirando hondo, como había aprendido de su madre.

—No es profunda —dijo Aethelwyn con voz más baja—. Pero dejará marca. Aquí… —pasó los dedos suavemente sobre el contorno del enrojecimiento—. Aquí te quedará siempre. Como recuerdo de tu hermano y su guerra ficticia.

Elswyth tragó saliva. No se sentía enfadada. Se sentía humillada, interrumpida, herida en el espacio sagrado de su corona. Como si algo más que la grasa hubiera caído sobre su piel.

—¿De verdad se quedará?

—Sí. Pero no temas. A veces las marcas no son solo heridas. Son señales de que seguimos vivos.

Wulfric volvió, jadeando, con un cuenco de agua y una expresión de terror.

—Perdón. No quería. No vi… —balbuceó, acercándose como un perro que teme la reprimenda.

Aethelwyn no lo miró. Solo se levantó, tomó el cuenco y volvió al fuego. El silencio fue más elocuente que cualquier castigo.

Wulfric se sentó junto a su hermana. No se atrevió a tocarla.

—¿Te duele mucho?

Elswyth asintió apenas, sin mirarlo.

—Perdón —repitió él.

—Me has estropeado la corona —susurró ella.

—Puedo ayudarte a hacer otra.

—No quiero otra.

El silencio se instaló entre ellos. El fuego seguía ardiendo. El guiso seguía cociéndose. Afuera, los pájaros del atardecer comenzaban a cantar, anunciando que la semana de la primavera acababa de comenzar.

Y en el hombro de Elswyth, una pequeña marca roja se enfriaba al contacto del aire. Una marca que no dolía tanto como lo que aún no sabía que representaría.

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Coenred llegó cuando ya oscurecía, con las botas embarradas hasta la caña y el olor del vado encima: a limo, a juncos aplastados, a agua parada. Traía al hombro un haz de varas de avellano y en la mano un cesto con cuatro anguilas que aún se movían.

Lo dejó todo en la puerta antes de entrar, porque así lo había hecho siempre.

Era un hombre grande y callado, forastero de origen, que había llegado a Caerwyc muchos años atrás y se había quedado por una mujer y por un vado.

Tenía las manos partidas por el frío del río y una manera de andar despacio que los de la aldea confundían con lentitud y que en realidad era otra cosa: era un hombre que llegaba a los sitios habiendo pensado ya lo que iba a decir.

Vio a su hija en el suelo, con el hombro desnudo y untado, y el paño en la mesa, y las cintas manchadas de grasa oscura, y a su hijo sentado a un metro sin atreverse a mirarla.

No preguntó qué había pasado.

Se quitó la capucha, cruzó la casa, se puso en cuclillas delante de Elswyth —le crujieron las dos rodillas— y le miró el hombro sin tocarlo, mucho rato, con los ojos entornados, como miraba el agua cuando bajaba turbia y quería saber por qué.

—¿Duele?

—No mucho.

—Miente —dijo Aethelwyn desde el fuego.

—Ya lo sé —dijo él.

Le tomó la mano a su hija, esa mano pequeña llena de restos de sauce, y se la sostuvo un momento en la suya, que era como cuatro veces más grande y estaba fría del río.

—Se te ha estropeado la corona.

Elswyth asintió, y ahí sí se le llenaron los ojos, porque a veces uno aguanta el dolor entero y se rompe cuando alguien le nombra la tontería que le importaba.

Coenred se levantó, salió, y volvió con el haz de varas de avellano. Se sentó en el banco, sacó el cuchillo y empezó a pelarlas, una por una, sin decir nada.