La Daga y el Río (La Daga y el Río 1) El gobernante de todos #2
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El gobernante de todos #2

Desde temprano, las cofradías de músicos y poetas se habían reunido en la plaza del archivo.

Practicaban las estrofas de las canciones ancestrales que se entonarían a la hora sexta, cuando el sol estuviera en su punto más alto.

Los niños aprendían a recitar fragmentos de versos que nadie sabía ya a quién pertenecían.

Algunos decían que eran oraciones paganas adaptadas; otros, que eran retales de antiguos juramentos.

Pero ni los más escépticos se atrevían a cambiar una sola palabra.

Las mujeres de los gremios decoraban los accesos con coronas de flores, ramajes de haya y laurel, cintas teñidas con bayas y raíces, y campanillas de bronce que sonaban con el viento.

Los tejados se adornaban con figuras de paja en forma de ciervos, grullas o soles, cada uno con su significado.

Las puertas se abrían de par en par. Las ventanas se cubrían con telas ligeras.

El olor del aceite perfumado hervía en las cocinas.

En el atrio de la capilla mayor, los alquimistas exponían sus creaciones: frascos de vidrios coloreados, ungüentos, preparados de hierbas, tintas nuevas, velas con perfumes extraños. Era el único día del año en que podían exhibir sin que nadie les preguntara nada.

Y a la hora nona, Edric bajó al agua.

Bajó porque bajaba siempre. El rito del puerto no era de señores —era de barqueros, y los barqueros lo hacían igual estuviera él o no—, pero su padre bajaba y el padre de su padre bajaba, y aquel año, además, tenía algo que agradecer.

Las amarraron en círculo, como se hace, dejando un hueco en el centro.

Treinta barcas, cuarenta, las que hubiera.

Y en el hueco vertieron el vino, y echaron las ramas de manzano, y el más viejo de los Hombres Libres del Puerto dijo en voz alta lo que se dice, que son cuatro frases en una lengua que ya no habla nadie y que ninguno de ellos entendía y que ninguno de ellos habría cambiado por nada del mundo.

Olía a sal, a brea y a vino derramado. Las ramas de manzano se quedaron flotando en el hueco, girando despacio.

Edric estaba de pie en la bancada de la primera barca, sin capa, con el agua salpicándole las botas.

Y entonces alguien dijo:

—Está subiendo.

No lo dijo con miedo. Lo dijo como se dice un dato.

Pero se hizo un silencio en el que solo se oyó el agua lamiendo los cascos, y treinta hombres miraron a la vez el noray de piedra que tenían más cerca, que es donde un hombre de puerto mira cuando quiere saber la hora del agua.

Y estaba subiendo.

Deprisa. Un dedo. Dos. Se veía. En un rito que dura lo que dura un padrenuestro largo, el agua le había comido dos dedos a la piedra, y eso no pasa, porque la marea sube como sube la marea y no como sube un caldero que hierve.

—Es la luna —dijo alguien.

—La luna está donde está —dijo otro.

Un barquero viejo, uno que estaba de pie en su barca con la caña en la mano, se agachó, metió los dedos en el agua y se los llevó a la boca.

Los demás lo miraron.

—¿Qué?

El viejo escupió a un lado.

—Que está dulce.

Nadie dijo nada.

—Que está dulce, digo. —Se limpió la boca con el dorso de la mano y miró hacia el norte, hacia donde se abre la bocana y por donde entra el río antes de deshacerse en el mar—. Aquí. En el círculo. En pleno rito. Está bajando agua de arriba.

Y hubo un momento —un momento corto, que a Edric le duró toda la vida— en que treinta hombres de mar se quedaron callados en sus barcas mirando hacia el norte.

Y luego el maestro del gremio soltó una risa y dijo que era el deshielo, que estaban en primavera, que a ver qué esperaban.

Y todo el mundo se rio, porque era lo que había que hacer.

Y el viejo de la caña no se rio.

Se sentó en su bancada, se puso el remo en las rodillas, y se quedó mirando el agua con la boca cerrada.

Edric lo vio.

Lo vio perfectamente, desde la primera barca, a diez pasos: vio al único hombre de todo el puerto que no se estaba riendo.

Y tuvo, durante un instante, la ocasión de preguntarle.

Era señor de aquella ciudad. Le habría bastado con decir «abuelo, ven aquí». El viejo habría venido, y le habría dicho lo que estaba pensando, y a lo mejor no habría servido para nada, porque faltaban cinco años y las cosas que iban a pasar no se paran preguntándole a un barquero.

Pero también podría haber servido.

No preguntó.

Sonrió, levantó la copa que le tendían, brindó por el año y por la pesca, y todo el puerto brindó con él y le gritó el nombre del niño.

«Es el deshielo. Claro que es el deshielo.»

Aquella noche el agua volvió a su sitio y nadie volvió a hablar del asunto.

Y cinco años más tarde, el mismo día del año, cuando el río bajó de verdad, aquel viejo llevaba ya cuatro inviernos muerto y no quedaba en Dunheath nadie que hubiera metido los dedos en el agua del círculo y hubiera dicho está dulce .

Y por todo Dunheath el bullicio era distinto al de Caerwyc. No había ese desorden entrañable de gallinas y niños corriendo con las manos sucias. Aquí todo parecía regirse por un antiguo pacto entre lo sagrado y lo humano. Una coreografía de siglos.

Pero, aun así, la esencia era la misma.

Era primavera.

Y el mundo, como el hijo de Aethelind, había vuelto a nacer.

Río arriba, a dos días de camino, en una aldea junto a un vado donde nadie había oído hablar de la piedra del juramento ni de la marca de la Marea, una mujer llamada Aethelwyn tendía ropa al sol.

Tenía dos criaturas. Una niña de seis años, callada, que se había subido al roble otra vez y miraba el mundo desde arriba sin decir nada. Y un varón de cuatro que se había caído en el barro por tercera vez aquella mañana y venía corriendo a contárselo a gritos.

Aethelwyn no sabía que aquel mismo día, a dos jornadas de allí, una piedra fría había recibido a un niño que abrió los ojos y no lloró.

No lo sabía nadie.

Todavía faltaban cinco años.