La Daga y el Río (La Daga y el Río 1) Cruce de corrientes
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Cruce de corrientes

Capítulo IV

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Y aquel mundo, aquella noche, tenía su centro en una ciudad donde el mar y la tierra se estrechaban las manos desde antiguo.

Su nombre era Dunheath.

Edric no durmió. Cuando la torre por fin se quedó en silencio y su mujer y su hijo se durmieron el uno sobre el otro, él se quedó un rato mirándolos, y luego bajó las escaleras con las botas en la mano para no hacer ruido, y salió al adarve, y vio que estaba amaneciendo.

Había parado de llover. El cielo se abría por el oeste con esa luz sucia y hermosa de después de la tormenta, y el aire olía a piedra mojada y a algas, y abajo, muy abajo, en la ciudad baja, empezaban a chirriar las poleas del puerto.

—Enhorabuena, señor.

Ceolwine estaba en el adarve desde quién sabe cuándo, envuelto en una capa que le venía grande, con las manos manchadas de tinta y los ojos pequeños de no dormir.

Llevaba cuarenta años en aquel castillo copiando lo que pasaba.

Había escrito la muerte del padre de Edric y su boda, y había escrito también, con la misma letra menuda y sin temblar, las otras dos veces.

—Ya lo he anotado —dijo—. Varón. Vivo. Antes del alba.

—¿Y qué más pone?

—Nada más. —El viejo se encogió de hombros—. Lo demás lo escribiréis vos.

Edric miró la ciudad.

Y por primera vez en su vida no la vio como su casa.

La vio como un inventario. Como la lista de cosas que acababa de dejarle a un niño que todavía no había abierto los ojos.

—Bajemos —dijo.

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La ciudad no era extensa, pero sí viva.

Un puerto natural la protegía del oeste, y allí entraban barcos con sus velas como alas viejas, cargados de vino, telas, hierbas secas, minerales y lenguas.

A aquella hora los muelles ya estaban en marcha: los hombres del Gremio de la Cuerda y la Vela descargaban a voces un carguero de las islas del sur, y el aire estaba lleno del olor imposible de aquellas calles —cera, pescado salado, humo de roble, especias dulces, lana mojada, alquitrán— que un forastero no soportaba y que a Edric, desde niño, le había parecido el olor de estar en casa.

Al pasar los conocían. Se quitaban el gorro. Uno le gritó la enhorabuena desde una verga y media lonja se volvió a mirar, y hubo un aplauso corto y torpe que se apagó enseguida porque nadie sabía si aplaudir era lo que se hacía.

Edric levantó una mano y siguió andando.

—Van a querer verlo —dijo Ceolwine.

—Lo verán.

—Van a querer verlo pronto , señor. Antes de la siega. —El viejo tosió—. Media ciudad lleva cinco años oyendo que en esa torre no acaba de haber heredero. Y las cosas que se oyen mucho, se creen. Ahora hay que darles algo que ver, o seguirán creyendo lo que oyen.

Subieron por la calle de los curtidores, que a esa hora apestaba a orín y a cal, y salieron a la plaza del mercado, donde ya estaban montando los toldos: sacos, barriles, mulas atadas, niños gritando, perros olfateando y voces de todo el archipiélago.

El mercado se celebraba tres veces por semana y en realidad no desaparecía nunca. Siempre había alguien vendiendo algo.

Edric se paró en el centro de la plaza y se giró despacio, mirando alrededor, contando.

Cinco casas comunales daban a aquella plaza, cada una con su puerta labrada y su campana: la Cuerda y la Vela, que mandaba en los astilleros y en las rutas; la Tinta, donde los copistas y los contables guardaban la voz del saber; los Alquimistas y Curanderos, a los que la nobleza vigilaba de cerca desde siempre; los Hombres Libres del Puerto, que decidían quién embarcaba y quién no; y la Hermandad del Hierro, que fundía, forjaba, reparaba y, algunas veces, decidía.

Cinco fortalezas civiles. Cinco puertas que no eran suyas. Cinco campanas que él no podía tocar.

«No mando yo en esta ciudad. Mando con ella. Y eso hay que enseñárselo a un niño desde antes de que hable.»

Entró en la de la Cuerda y la Vela.

No lo esperaban. Le abrió un aprendiz con las manos llenas de sebo que se quedó blanco al verlo, y en el tiempo que tardó el chico en subir a avisar, Edric se quedó de pie en el zaguán, mirando las maquetas de casco colgadas del techo y oliendo a cáñamo y a pez.

Bajó el maestro. Se llamaba Ceolred, tenía las manos como raíces y setenta años, y no se molestó en fingir que se alegraba.

—Señor.

—Maestro. Enhorabuena a vos también, que la ciudad es vuestra igual que mía.

Ceolred no dijo nada a eso.

Edric fue al grano, porque con aquel hombre lo contrario era peor.

—Quiero pedir una cosa.

—Pedid.

—Que suene vuestra campana.

El viejo levantó una ceja.

—Ha nacido mi hijo esta noche —dijo Edric—. Vivo. Varón. —Se le notó, por un instante, lo poco que había dormido—. Y quiero que esta ciudad lo sepa por las campanas de los gremios y no por la del castillo.

Se hizo un silencio en el zaguán.

Ceolred se rascó la barba con el pulgar. Miró al aprendiz, que estaba en la escalera haciéndose el invisible, y el crío desapareció.

—Vais a pedirme que suene la campana —dijo despacio— para que suenen las otras cuatro.

—Sí.

—Porque si sueno yo, suena la Tinta. Y si suena la Tinta, suena el Hierro. Y los del Puerto no van a ser menos.

—Sí.

—Y entonces la ciudad entera habrá dicho, sin que nadie se lo mande y sin firmar nada, que a esa criatura la reconoce. —Ceolred asintió, casi con admiración, y desde luego sin ninguna simpatía—. Sois igual que vuestro padre.

—Espero que no del todo.

El viejo dejó pasar eso.

Se apoyó en el poste. Estuvo un rato callado, mirando el suelo, y cuando volvió a hablar ya no hablaba de campanas.

—El invierno pasado os pedí madera.

—Lo sé.

—Os pedí roble de la ribera alta para tres quillas y me disteis olmo del este, que se pudre, y me lo disteis a precio de roble porque el precio lo pone Belcliff y vos no lo tocáis.

—El precio lo pone Belcliff —dijo Edric— y yo no lo toco. Es verdad.

—Ya. —Ceolred lo miró—. Pues eso es lo que os voy a contestar, señor.

Que os hago sonar la campana. Hoy. Ahora mismo, en cuanto salgáis por esa puerta.

Porque un niño no tiene la culpa de la madera de su padre.

—Se enderezó—. Pero la voy a tocar corta.

Tres golpes. No los doce del nacimiento de un heredero.

Edric no movió un músculo.

—Tres.

—Tres —dijo el viejo—. Y los otros cuatro tocarán lo que toquen, que allá cada uno. —Y añadió, con una cortesía que era exactamente lo contrario de una cortesía—: Volved en primavera a hablarme del roble, señor, y el año que viene, si el crío vive, os la toco entera.

Edric se lo quedó mirando.

Y luego hizo lo único que se podía hacer, que era lo que su padre no habría hecho nunca: inclinó la cabeza.

—Gracias, maestro.

Salió a la calle.

A los veinte pasos, detrás de él, sonó la campana de la Cuerda y la Vela.

Un golpe.

Dos.

Tres.

Y luego el silencio.

Edric se paró en mitad de la calle, con la mano de Ceolwine en el codo, y esperó.

Y a los tres latidos, muy lejos, al otro lado de la plaza, sonó la de la Tinta. Y luego, más grave, la del Hierro. Y por último, tarde y desafinada porque su campanero estaba borracho a esa hora, la de los Hombres Libres del Puerto.

Cuatro de cinco.

Los Alquimistas no tocaron.

—Cuatro de cinco, señor —dijo Ceolwine, muy bajito.

—Ya lo he oído.

—En el bautizo de vuestro padre tocaron cinco.

—Ya lo sé, Ceolwine.

Siguieron andando.

«Esto es lo que le dejo. Cuatro campanas y una deuda de roble.»

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Al final de la mañana subieron a la loma del oeste, la del brezal, donde el viento venía del mar de frente y había que hablar más alto.

Allí, entre las aulagas, había un altar de piedra. No era gran cosa: cuatro losas mal puestas, comidas de líquenes, que llevaban allí desde antes de que nadie llevara la cuenta.

—Contádmelo otra vez —dijo Edric.

Ceolwine sonrió con las encías.

—Nadie recuerda el nombre del primer hombre que puso una piedra sobre otra donde ahora está vuestra torre —dijo, y lo dijo con la voz de contar, que era distinta de la suya—.

Unos dicen que fue un pescador perdido en la niebla.

Otros, que una mujer que huía de una guerra y encontró entre los acantilados una grieta protegida del viento.

Pero todos dicen lo mismo del nombre: que vino después.

Como vienen los nombres que no se inventan, sino que emergen.

El viento le movía la capa. Abajo, muy abajo, la ciudad hacía su ruido.

—Cuentan los viejos que fue en una primavera temprana, hace muchas generaciones, cuando llegó un navegante en una barca de fondo plano, guiado por las aves.

No hablaba lengua conocida. Señalaba al este y al oeste como si los dos fueran su casa.

Se quedó lo justo para levantar este altar.

Y dijo, o le entendieron decir, que aquí se cruzaban las corrientes.

Las del agua. Las del cielo. Las del tiempo.

—Ceolwine se encogió de hombros—. Y luego desapareció.

—Y el altar quedó.

—El altar quedó. Alrededor crecieron las chozas.

Luego los muros. Luego los torreones. Y el brezal se hizo nombre: Dunheath, el alto brezal, la fortaleza de las landas.

Y la ciudad creció mirando al mar como un hijo que espera que vuelva su padre.

—El viejo miró a Edric de reojo—. Y todavía hay quien jura que en las noches de galerna, cuando la marea sube más de lo que debe y el viento sopla de dos sitios a la vez, se oye la voz de aquel hombre entre las olas.

Y que él sigue decidiendo lo que se decide ahí abajo, en vuestras salas de piedra.

Edric puso la mano en la losa. Estaba fría y llena de sal.

En la ciudad alta tenían la capilla mayor, dedicada a los Santos de las Mareas, con su capellán, sus cirios y su cruz; y todo el mundo iba a misa, y todo el mundo se santiguaba.

Y todo el mundo, además, dejaba un pez o una moneda o un mechón de pelo en aquellas cuatro losas del brezal cuando salía a la mar y no las tenía todas consigo.

Nadie veía contradicción. Los que vinieron después no habían borrado a los que vinieron antes: habían aprendido a rezar en dos idiomas por si acaso, y a nadie en Dunheath le parecía raro.

Había, además, tres santuarios pequeños en la ciudad baja: uno para los espíritus del mar, otro para la Madre de la Cosecha, y un tercero sin nombre, escondido entre los árboles de esta misma colina, al que aún subía gente de noche y del que nadie hablaba de día.

«Rezamos a los santos delante de todos y al agua cuando no nos ve nadie. Y de las dos cosas, la que nunca falla es el agua.»

—Ceolwine.

—Señor.

—Si mañana me muero, ¿qué pasa?

El viejo tardó en contestar. Al final habló despacio, como quien pone cada palabra en su sitio porque sabe que las está poniendo en un pergamino.

—Hasta anoche, señor, si os moríais mañana, esto era del hermano de vuestro padre.

—No dijo el nombre. En Dunheath no se decía—.

Desde esta madrugada, no. Desde esta madrugada esto es de un niño de una noche que duerme arriba con el puño cerrado.

—Hizo una pausa—. Que es mejor. Pero no es lo mismo que seguro.

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Volvieron por el adarve del norte, y desde allí se veía todo, y todo era exactamente el problema.

La doble muralla: la vieja, que encerraba el castillo y las primeras casas de piedra; y la nueva, levantada hacía dos generaciones con ingenieros normandos, que rodeaba la ciudad baja entera y moría en el muelle sur, donde una torre vigía guardaba la bocana.

Cuatro puertas: norte, sur, este y puerto. Cada una con su guardia y su campana.

Cuatro puertas para guardar una ciudad que no era grande, pero que estaba justo donde había que estar.

Porque eso era Dunheath: una costura. El sitio donde se cruzan las corrientes del agua y las de los hombres, entre el norte y el sur, entre las islas y el continente. Y por eso cada cosa que allí pasaba —una boda, una guerra, un nacimiento— sonaba más lejos de lo que le tocaba.

Dunheath no era un reino. Respondía, sobre el papel, a la Marca de Belcliff, gobernada desde un castillo del interior, a medio camino de los bosques del este.

Pero llevaba años haciendo lo que le daba la gana, y los dos lo sabían, y ninguno de los dos lo decía: porque el marqués de Belcliff no podía gobernar lo que no alimentaba a sus soldados, y el grano, los astilleros y el puerto eran de Edric.

—Belcliff ha mandado tres cartas este invierno —dijo Ceolwine—. Las tres pidiendo lo mismo con palabras distintas.

—Guarnición.

—Guarnición. Y un alguacil «para ayudar con las cuentas».

—El viejo se permitió una sonrisa fea—. Contestad la cuarta muy despacio, señor.

Y contestadla ahora que tenéis heredero.

Un señorío con heredero se defiende con una carta.

Uno sin heredero se defiende con hombres, y nosotros tenemos menos hombres que ellos.

Al norte, Caermoor miraba crecer a Dunheath con los dientes apretados.

Aliada sobre el papel; en la práctica llevaba dos años cerrando rutas y poniéndole pegas a las caravanas.

Se decía que su conde, viejo y enfermo, andaba buscando amistades entre la nobleza normanda para no soltar lo suyo, aunque le costara jurar vasallaje cruzado a quien hiciera falta.

Y al oeste, más allá del agua, quedaban las islas menores: unas bajo lo que quedaba de la influencia de los hombres del norte, otras vacías.

Edric había mandado allí, en los años buenos, emisarios, cartas y un par de barcos mercantes, buscando amigos discretos que ayudaran a que Dunheath siguiera en manos justas.

No había guerra. Pero se sentía.

En los cambios de la marea. En las preguntas de más de los comerciantes. En que los soldados jóvenes patrullaban las puertas con una frecuencia que nadie había ordenado por escrito.

Dunheath crecía.

Y los que crecen, incomodan.

Aquella tarde, antes de volver a su mesa, Ceolwine pidió permiso para subir a la torre. Se lo dieron. Entró despacio, con la gorra en la mano, y se acercó a la cuna, y estuvo un buen rato mirando al niño dormido sin tocarlo.

Se fijó, porque era su oficio fijarse, en la barbilla; en la manera de tener las cejas; en el pelo oscuro, mojado todavía, pegado al cráneo pequeño.

Bajó al archivo. Mojó la pluma. Y escribió, con su letra menuda:

En la noche de lluvia, a la casa de Brynhaeth le nació un hijo varón. Vivió.

No escribió nada más, porque no había nada más que escribir.

Y no supo —¿cómo iba a saberlo?— que sería él, diecinueve años después, con las manos ya temblonas y los ojos casi ciegos, el único hombre vivo en toda Dunheath capaz de mirar una cara y decir de quién era.