La noche del linaje #2
Edric la cortó despacio, con la punta del cuchillo, apretando la lengua entre los dientes como un aprendiz, y le salió torcida.
«Que lleve lo tuyo por debajo. Donde no lo vea nadie. Donde toque el agua.»
No supo por qué lo hacía. No sabía —¿cómo iba a saberlo?— que aquellas tres líneas torcidas, hechas a la luz del fuego por un padre asustado que no sabía tallar, iban a ser, diecinueve años después, en la boca de un río, lo único que quedara en el mundo entero para decir quién era su hijo.
No sabía nada de eso.
Solo sabía que arriba había dejado de oírse todo, de golpe, y que aquel silencio era el mismo de las otras dos veces.
Se le paró el cuchillo en la mano.
· · ·
La luz temblorosa de las llamas danzaba sobre las paredes de piedra, proyectando sombras de cuerpos encorvados, de brazos alzados, de toallas húmedas agitadas en busca de alivio.
El aire en la estancia alta del torreón estaba cargado de humo, de sudor, de vapor y del inconfundible aroma metálico de la sangre.
El tiempo se había vuelto denso, como si la misma torre hubiese contenido la respiración junto con ellas.
Aethelind gemía en silencio, con la frente perlada de sudor, los dientes apretados, la mano crispada en torno a la sábana empapada.
El esfuerzo era brutal, animal, pero sus ojos seguían abiertos.
No gritaba. No imploraba. Se mantenía en pie sobre el filo del dolor con la misma fuerza con la que, durante años, había sostenido su hogar, sus tierras, y a Edric.
—Ya casi, señora… ya casi está aquí —susurró la partera principal, una mujer de cabello completamente blanco recogido en un moño apretado.
Aethelind no respondió. Solo exhaló, profundamente, como si esa fuera su única respuesta. La criada más joven le apartó los cabellos mojados de la frente con una tela limpia, mientras otra sostenía un cuenco con agua templada perfumada con flores secas.
El viento soplaba fuera del castillo con ráfagas frías, golpeando las ventanas entornadas. Pero dentro, el mundo ardía.
Y entonces, un nuevo grito rasgó la estancia.
No fue de Aethelind.
Fue otro.
Agudo. Breve. Vivo.
El llanto del recién nacido rompió el silencio como si se tratara de un trueno.
Un alarido primordial, perfecto, que pareció vibrar incluso en la piedra.
Las mujeres exhalaron a la vez, algunas sonrieron, otras comenzaron a moverse con una precisión automática.
Una de ellas envolvió al bebé en un lienzo blanco, otra se ocupó de revisar a la madre, y una tercera caminó hacia la chimenea para calentar una jarra con agua más limpia.
Abajo, en el salón, un hombre soltó el cuchillo, y el cuchillo cayó al suelo de piedra y nadie lo recogió.
Aethelind cerró los ojos y por un instante pareció dormirse. O morir. Pero entonces giró la cabeza, lentamente, y murmuró:
—¿Está bien…?
La partera asintió con los ojos húmedos. Sus manos temblaban apenas.
—Un varón, mi señora. Fuerte… precioso. Ha nacido con los pulmones llenos de mundo.
—Dímelo otra vez.
—Está vivo, señora. Está vivo y va a seguir vivo.
El bebé fue llevado hasta ella envuelto en lino tibio. Aethelind extendió los brazos, débiles pero ansiosos, y recibió aquel cuerpo minúsculo que aún palpitaba como una fruta recién arrancada del árbol. Lo colocó sobre su pecho y, por primera vez en horas, sonrió.
—Hola, pequeño mío…
El niño tenía el cabello oscuro, húmedo y espeso, y la piel sonrosada por el esfuerzo de nacer.
Sus manos, tan pequeñas como botones de hueso, se agitaban con torpeza mientras su respiración se acomodaba al ritmo del aire.
Sus ojos no se abrieron aún, pero su llanto cesó al sentir el calor de su madre, el latido familiar de aquel pecho que lo había acunado durante tantos meses.
Y entonces llegó Edric.
Había subido las escaleras sin esperar el permiso de nadie, guiado por el llanto, por un impulso más fuerte que el protocolo o el miedo.
Se detuvo en la entrada de la estancia y, por un momento, no supo si avanzar.
Las mujeres se apartaron a un lado sin decir palabra, formando un pasillo silencioso entre él y su esposa.
Ella le miró, exhausta, despeinada, con el rostro bañado en lágrimas… y más hermosa que nunca.
—Edric… —susurró.
Él se acercó, sin quitar los ojos del niño, y se arrodilló junto al lecho. Posó una mano sobre la frente de Aethelind, luego sobre la espalda del bebé, y por último sobre su propio pecho, como si necesitara comprobar que todo aquello no era un sueño.
—Es perfecto —dijo, y su voz se quebró como una rama seca.
—Es nuestro —respondió ella, cerrando los ojos con una sonrisa plena.
Ambos lloraron, sin esconderlo. Porque el amor que compartían, el respeto profundo, la espera paciente y la esperanza acumulada, habían dado fruto. Y ese fruto respiraba sobre ellos.
Aethelind abrió los ojos un momento y le miró las manos.
—¿Lo has terminado?
Edric negó con la cabeza. Se metió la mano en el jubón y sacó el barquito de tilo, con la borda pulida de más y la proa roma y el mástil todavía sin poner, y se lo enseñó como un chiquillo enseña algo que ha roto.
—No —dijo—. Le falta el palo.
—Pues ponle el palo —dijo ella—. Ya puedes.
Y Edric de Brynhaeth, señor de Dunheath, hombre de sello y de espada, se sentó en el borde de la cama de su mujer con un cuchillo pequeño en la mano y estuvo el resto de la noche, a la luz del fuego, poniéndole el mástil a un barco de juguete mientras su hijo dormía sobre el pecho de su madre.
Una de las mujeres colocó más leños en el fuego, y las llamas crecieron con fuerza, proyectando nuevas sombras en las paredes. Una criada salió corriendo hacia la sala inferior —corriendo, por fin, haciendo ruido con los zuecos— para anunciar la buena nueva al resto del castillo.
Esa noche, nadie en la torre durmió.
Porque cuando nace un hijo deseado, el mundo entero cambia de forma, aunque sea solo en la memoria de los que estaban allí para verlo.
Y muy lejos, en el Norte, en una casa de piedra donde la lluvia caía sobre otro tejado, un hombre al que nadie de Dunheath nombraba en voz alta iba a recibir la noticia tres semanas más tarde, en una carta breve, y la iba a leer dos veces, y la iba a doblar con mucho cuidado.
Por ahora.