La Daga y el Río (La Daga y el Río 1) La noche del linaje
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La noche del linaje

Capítulo III

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Cinco años antes de la preparación para la fiesta de primavera en la aldea de Caerwyc, cuando aún el río corría más delgado y los días eran más breves, una noche de parto marcó el destino de dos familias que aún no sabían que estaban destinadas a encontrarse.

Esa noche, mientras las colinas dormían bajo la lluvia y los campos se recogían en su oscuridad, el linaje de Brynhaeth se preparaba para renacer.

La lluvia había comenzado al anochecer. No una lluvia violenta, de esas que desgarran las ramas y castigan los tejados, sino una lluvia constante, paciente, que parecía filtrarse en las piedras mismas del castillo.

El viento no ululaba, pero estaba presente, golpeando los ventanales con dedos húmedos, empujando la oscuridad contra las paredes gruesas que separaban el mundo interior del mundo exterior.

En lo alto del castillo de piedra gris —erigido sobre una elevación natural que dominaba el valle como un centinela pétreo— las antorchas ardían en cada pasillo.

El calor no escaseaba. Las chimeneas rugían en todas las estancias nobles, alimentadas con leños de roble y abeto.

Las sombras danzaban en las paredes tapizadas, mientras los sirvientes se deslizaban de un cuarto a otro con jarras de agua caliente, paños secos, recipientes de madera y miradas cargadas de urgencia contenida.

Nadie corría. Ese era el detalle. En una casa donde va a nacer un heredero, los criados corren; y aquella noche, en Dunheath, todos andaban despacio, pegados a las paredes, sin hacer ruido con los zuecos, como se anda en las casas donde ya se ha aprendido lo que puede pasar.

Porque no era la primera vez.

Era la tercera.

Y las dos primeras, aquellas mismas mujeres habían bajado por aquella misma escalera con un bulto pequeño envuelto en lino, y nadie había gritado la buena nueva desde el rellano, y el señor de Brynhaeth había ido, las dos veces, a enterrar a su hijo antes de haberle visto abrir los ojos.

En la cámara de la torre oeste, la más resguardada del viento, la noble dama Aethelind estaba tendida sobre un lecho ancho cubierto de pieles suaves y sábanas bordadas.

Su rostro, cubierto de sudor, brillaba bajo la luz rojiza del fuego.

Tenía las manos apretadas sobre el vientre y los labios mordidos por el esfuerzo.

Su cabello, largo y oscuro, estaba recogido con torpeza, cayendo en mechones sueltos sobre sus hombros temblorosos.

Alrededor de ella, tres mujeres se movían con la precisión de quienes ya han visto nacer muchas vidas y también morir algunas.

Eran las parteras, las comadres, las que sabían leer los signos del cuerpo como otros leen las estrellas.

Una de ellas, la mayor, canturreaba una oración en voz baja, no del todo cristiana, mientras rociaba agua perfumada alrededor del lecho.

Otra sostenía un paño empapado que pasaba suavemente por la frente de la parturienta.

La tercera, más joven, vigilaba el fuego y removía una decocción de hierbas en un cuenco hondo, con ojos atentos.

El aire olía a hierro, a hierba hervida —angélica y caléndula, para lo que viniera— y a la cera de las velas que llevaban ardiendo desde la tarde. Y por debajo de todo aquello, apenas, un olor húmedo de lluvia que se colaba por la aspillera y que a Aethelind, sin saber por qué, la tranquilizaba.

Afuera, en los corredores, los criados hablaban en susurros.

Algunos se santiguaban cada vez que se oía un grito ahogado.

Sabían que esa noche era distinta. No solo por el parto, sino por lo que significaba.

Porque el señor del castillo, Edric de Brynhaeth, esperaba un heredero. Y no uno cualquiera. Un varón.

El linaje pendía de ese nacimiento como un estandarte a medio izar. Si el niño no vivía, si no era varón, si la dama moría… todo cambiaría.

Y todos sabían exactamente hacia dónde cambiaría.

Había un hombre en el Norte. Hermano menor del padre de Edric, desheredado hacía quince años en aquel mismo salón, que había cruzado la puerta sin volver la cabeza y que desde entonces vivía entre la gente dura de Greymarch aprendiendo cosas que en Dunheath no se aprendían.

Nadie lo nombraba en voz alta. En las cocinas se decía «el del Norte», y con eso bastaba, y todo el mundo entendía.

Porque si aquella noche la torre volvía a bajar en silencio, aquel hombre era, por ley y sin discusión posible, el siguiente en la línea de Brynhaeth.

«No estoy pariendo un hijo» , pensó Aethelind entre dos oleadas, con una lucidez fría y horrible. «Estoy pariendo una puerta cerrada.»

Dentro de la cámara, jadeaba. Entre contracción y contracción, abría los ojos con una claridad que parecía sobrenatural.

No lloraba. No maldecía. Pero tampoco rezaba.

Miraba al techo como si buscara algo que no estaba allí.

Como si el alma, por un instante, saliera del cuerpo para observarlo desde fuera.

La partera mayor se inclinó sobre ella, le habló al oído, palabras que solo se decían entre mujeres, palabras viejas, anteriores a cualquier misa.

Le dijo lo que se le dice a la que ya ha perdido dos: que este venía distinto, que este venía con fuerza, que este pesaba.

Aethelind le agarró la muñeca con una mano que sorprendió a la vieja por lo firme.

—No me mientas —dijo—. Esta noche no.

—No le miento, señora.

—Júramelo.

La partera se lo juró. Y se lo juró por el agua, no por la cruz, y las dos supieron por qué, y ninguna de las dos lo dijo.

Y cuando la siguiente ola llegó, Aethelind gritó.

Pero no fue un grito de dolor. Fue un rugido primitivo, ancestral, como si con ese alarido se abriera un portal entre mundos.

En la torre, en esa noche húmeda y cálida, el linaje antiguo se preparaba para renacer.

Y en algún lugar más allá de esas paredes, muy lejos, río arriba, en una aldea que en Dunheath nadie sabía nombrar, otro destino aguardaba para cruzarse con el suyo.

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En el gran salón inferior, una chimenea encendida proyectaba sombras sobre los tapices bordados con escenas de caza y antiguos blasones familiares.

El fuego crepitaba con lentitud, lanzando pequeñas chispas que morían antes de llegar al suelo de piedra.

Allí, en una silla de respaldo alto y brazos labrados, estaba sentado Edric de Brynhaeth.

Era un hombre fuerte, aunque no en el sentido imponente de los guerreros.

Su fortaleza estaba en la mirada, serena pero firme, en la forma en que se inclinaba hacia los demás cuando hablaba, como si todo lo que decían le importara.

Tenía la voz baja, templada por los años de mando y mesura, y las manos de alguien que había empuñado tanto una espada como un libro.

Aquellas manos, esa noche, estaban ocupadas.

Tenía en el regazo un trozo de tilo pálido, poco mayor que su mano, y un cuchillo pequeño de mango de asta, y llevaba desde el anochecer sacándole virutas.

No se le daba bien. Nunca se le había dado bien.

Las manos que sabían de cetrería y de sellos de cera eran torpes con la madera, y el casco le estaba saliendo panzudo de un lado, y la proa demasiado roma, y ya había tenido que rebajarla dos veces.

Era un barco. Un velero pequeño, de los que los chiquillos del puerto echan a las charcas después de la lluvia y persiguen con una caña.

Los criados lo miraban de reojo desde las sombras y no decían nada.

Porque todos sabían —los viejos, al menos— que aquel no era el primero.

Había habido otro, hacía cinco años, tallado en la misma silla, con el mismo cuchillo.

Y otro, hacía tres. Y de los dos, ninguno había llegado nunca a manos de nadie.

El primero lo había echado él mismo al fuego la misma noche, sin decir palabra, y se había quedado mirando cómo ardía hasta que no quedó nada.

El segundo no tuvo valor de quemarlo, y estuvo dos años en un arcón, y una mañana tampoco estaba.

Por eso aquella noche Edric tallaba despacio. Muy despacio. Dejando siempre algo por hacer.

«Si no lo termino, no puede sobrar.»

Era una superstición de aldea, indigna de un señor, y él lo sabía, y le daba igual. Llevaba tres horas puliendo la misma borda.

Amaba a Aethelind desde el primer invierno en que la vio, cuando aún era solo la hija del señor de otro castillo lejano.

Y desde entonces, ni una sola noche había dudado de su elección.

Compartían algo más profundo que ternura: compartían dirección.

Voluntad. Silencio. Cuando ella callaba, él entendía.

Cuando él dudaba, ella miraba. Eran uno.

Y ahora, en esa sala amplia y cálida, rodeado de sirvientes que intentaban no mirarlo directamente, de paredes que conocían su historia, de estandartes que llevaban su nombre, Edric sentía la impotencia absoluta de un hombre que lo tiene todo… salvo lo único que desea.

El sonido amortiguado de los pasos en la torre llegaba hasta sus oídos. Cada pausa le parecía un presagio. Cada crujido del techo, una señal. Su corazón, aunque sereno por fuera, se le golpeaba dentro como un tambor de guerra.

Una anciana criada se acercó con una copa de hidromiel. Él la tomó, pero no bebió. La sostuvo entre las manos como si con el calor de ese líquido pudiera invocar una noticia. Luego la dejó en el suelo, junto a la silla, y volvió a coger el cuchillo.

Le dio la vuelta al casco.

Y en la quilla, en la panza lisa de aquel barco mal hecho, empezó a cortar una marca.

No era el blasón de Brynhaeth. No era la cruz.

Eran tres líneas cortas y una curva por debajo, un signo viejo, sin nombre en ninguna lengua que se hablara en aquel castillo, de esos que las familias de la costa se pasan de madre a hija con el apellido y que no se enseñan a los forasteros.

Se lo había enseñado ella, una noche, hacía años, y le había hecho jurar que no lo diría.

La marca de la Marea.

La sangre de ella. La que venía de antes de los conquistadores, de antes de los señores, de antes de que nadie escribiera nada en ningún libro.