Epílogo
Casi un año después, Isabel terminó una videollamada a las diez y cuarto de la mañana y cerró el portátil en el despacho de arriba. Ya no trabajaba para el bufete de Madrid.
El lunes después de regresar a la finca había llamado a primera hora.
La conversación fue incluso peor de lo que imaginó.
Renunció a la coordinación del equipo y al arbitraje antes de llegar a estrenarlos, y su socio le pidió que no tomara una decisión tan grande después de un fin de semana, sobre todo cuando llevaba años trabajando para llegar a un puesto así.
Isabel tuvo que explicarle dos veces que no estaba rechazando su profesión.
Seguía queriendo ejercer, seguían gustándole los asuntos difíciles y sabía exactamente a qué estaba renunciando.
Lo que había cambiado era otra cosa: ya no quería organizar su vida alrededor de Madrid y regresar a la finca solo cuando el trabajo se lo permitiera.
Acordaron una transición. Durante tres meses siguió colaborando en los asuntos que conocía, viajó a Madrid cuando hizo falta y dejó cerrados los expedientes que no podían cambiar de manos de un día para otro.
Hubo semanas en las que durmió dos o tres noches en su piso y volvió a sentarse en las mismas salas de reuniones, con los mismos compañeros y la misma facilidad para entrar en un asunto complicado.
Le gustaba todavía. Eso hizo que la decisión pesara más, no menos.
Raúl nunca le pidió que acortara uno de aquellos viajes, pero dejó de fingir que le daba igual cuánto duraban.
Preguntaba cuándo volvía y esperaba la respuesta.
Isabel tampoco intentaba restarle importancia: cuando tenía que quedarse en Madrid, contaba las noches que faltaban para regresar.
Al cabo de unas semanas dejó de pensar que iba de una vida a otra.
Madrid era el lugar al que viajaba para trabajar; la finca era el lugar al que volvía.
Al terminar los tres meses salió definitivamente del despacho.
Había perdido un ascenso que había deseado de verdad, un sueldo al que estaba acostumbrada y la posibilidad de dirigir un equipo para el que llevaba años preparándose.
Algunas semanas echó de menos la sala grande de reuniones, los asuntos difíciles y esa concentración absoluta que le producía preparar una estrategia complicada. No echó de menos vivir en Madrid.
A comienzos de febrero empezó a trabajar por su cuenta.
Llevaba contratos, reclamaciones y asesoramiento mercantil para varias empresas de Huesca y Zaragoza, y colaboraba de vez en cuando con antiguos compañeros cuando necesitaban apoyo en un asunto concreto.
Ganaba menos que antes y tenía que buscar parte del trabajo en lugar de esperar a que apareciera en su mesa, pero seguía siendo abogada y seguía disfrutando de serlo.
La diferencia era que, al terminar una videollamada, bajaba una escalera y salía al patio de la finca.
Nuria estaba junto al cobertizo revisando material para la nueva vendimia. Desde enero figuraba en nómina todo el año como responsable de control enológico y trazabilidad, aunque seguía entrando al campo cuando consideraba que una muestra debía tomarla ella misma.
Ginés había dejado las jornadas interminables. Seguía apareciendo casi todas las mañanas, llevaba mantenimiento, proveedores de campo y buena parte de la organización de los temporeros, y protestaba cada vez que alguien le recordaba que ya no tenía que subirse a todos los remolques.
—La parcela alta está en veintiuno coma dos grados Brix —dijo Nuria en cuanto vio a Isabel—. Quiero repetir mañana. Si se mantiene, Raúl y yo fijamos la siguiente toma y empezamos a hablar de fecha.
—¿Y la parcela sur?
—Desigual. La parte reparada va mejor de lo que esperaba, pero este año tampoco recuperamos el volumen anterior al granizo.
Isabel ya no esperaba que la parcela sur volviera a ser exactamente la de antes.
Habían sustituido postes, renovado alambre y replantado donde no quedó otra opción.
El seguro había cubierto una parte importante de aquel trabajo y el resto había salido de la finca poco a poco, sin dejar de pagar salarios ni las cuotas del nuevo calendario del banco.
La primera añada de Dorado también había exigido paciencia.
No dieron el vino por terminado después del coupage.
Siguieron las analíticas, trasegaron cuando hizo falta, ajustaron el sulfuroso y esperaron hasta que Raúl y Nuria estuvieron conformes antes de embotellar.
Andreu ya había retirado la cantidad reservada en el contrato y llevaba semanas preguntando cuánto podría comprar de la siguiente campaña.
Isabel le daba siempre la misma respuesta: hablarían cuando hubiera vino.
La venta directa funcionaba mejor de lo que habían calculado en el escenario prudente.
El restaurante de Huesca que todavía conservaba una botella antigua había repetido pedido, la mujer de Zaragoza que aparecía en la libreta de su madre había comprado dos veces desde el embotellado y otros restaurantes empezaban a llamar sin que Isabel tuviera que seguir buscándolos uno a uno por teléfono.
No se habían hecho ricos. Seguían mirando cada gasto importante y el banco continuaba cobrando puntualmente. Pero una avería ya no significaba sentarse a decidir qué pago aplazaban ese mes.
Mercedes salió de la cocina con una carpeta y se la tendió a Isabel.
—Te ha dejado esto el gestor.
—¿Qué es?
—Lo que llevas dos semanas diciendo que quieres mirar y luego no miras.
—He tenido trabajo.
—Todos tenemos trabajo.
Isabel abrió la carpeta y encontró el resumen del semestre: pagos del banco, facturación, reparaciones, nóminas y previsión de caja hasta final de año. Mercedes había marcado tres líneas con lápiz.
Su contrato también había cambiado durante el invierno. Ya no figuraba como una ayuda difusa en la casa, sino como responsable de administración y logística, aunque siguiera negándose a utilizar ese título cada vez que alguien lo pronunciaba.
—No estamos para comprar un tractor nuevo este trimestre —dijo Isabel después de revisar los números.
—Eso mismo le he dicho a Raúl.
—¿Y qué ha contestado?
—Que el viejo tiene los días contados.
Isabel cerró la carpeta y miró hacia la nave. Raúl estaba inclinado sobre el tractor con medio cuerpo metido bajo el capó.
—Pues tendrá que aguantar un poco más.
Mercedes recuperó la carpeta.
—Díselo tú. A mí ya me ha mirado mal dos veces esta mañana.
Isabel fue hacia la nave. Raúl salió de debajo del capó al oírla y se limpió las manos con un trapo.
Llevaba el pelo desordenado, una barba de tres días y una mancha de grasa junto a la mandíbula; la camiseta se le pegaba al torso por el calor.
Todavía había momentos así en los que Isabel se quedaba embobada mirándolo antes de acordarse de qué iba a decir.
—Antes de que digas nada, la bomba está perdiendo otra vez.
—Y antes de que tú digas nada, no compramos tractor este trimestre.
—¿Has visto los números?
—Los acabo de ver.
—Entonces sabes que en otoño podemos plantearlo.
—Plantearlo. No comprarlo mañana.
Raúl dejó el trapo sobre el guardabarros.
—Eso he dicho.
—No. Tú has dicho «podemos plantearlo» con cara de haber elegido ya el modelo.
Él sonrió y se acercó. Isabel todavía llevaba la blusa ligera y los pantalones con los que había hecho la videollamada de la mañana. Raúl la recorrió con la mirada antes de ponerle una mano en la cintura, y ella tuvo que apartar el portátil que seguía llevando bajo el brazo.
—¿Has terminado con la abogada?
—Soy la abogada.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Sí. He terminado.
Raúl la besó. Isabel respondió enseguida y, cuando él la acercó un poco más, notó la misma reacción rápida que seguía sorprendiéndola después de tantos meses juntos. Ya no necesitaban inventarse excusas para tocarse, pero el trabajo seguía obligándolos a separarse más veces de las que les apetecía.
Nuria apareció en la entrada de la nave con una carpeta.
—Cuando terminéis de discutir sobre maquinaria y de hacer lo que sea que estáis haciendo, necesito a Raúl cinco minutos.
Isabel se separó sin demasiada prisa.
—Estábamos hablando del tractor.
—Claro.
Raúl cogió la carpeta de Nuria y los tres fueron hacia la mesa de muestras. Había etiquetas de la parcela alta, de la parcela baja y de las hileras recuperadas de la parcela sur. Isabel dejó el portátil a un lado y miró las cifras mientras Nuria explicaba las diferencias entre las últimas tomas.
Un año antes habría necesitado que Raúl le tradujera la mitad de aquella conversación. Ahora sabía qué significaban los datos y, sobre todo, sabía cuándo callarse porque la decisión no le correspondía.
—Mañana repetimos la parcela alta —dijo Raúl—. Y la parcela sur la dejamos dos días más antes de volver a tomar muestra.
Nuria asintió y anotó la decisión.
El teléfono de Isabel vibró. Era un correo de Andreu.
Reserva siguiente añada. Misma cantidad que la anterior, si podéis.
Isabel enseñó la pantalla a Raúl.
—Otra vez.
Raúl ni siquiera leyó el mensaje entero.
—Dile que no sabe todavía qué vino tendremos.
—Eso llevo diciéndole un mes.
—Pues ya se lo sabe.
Isabel respondió desde allí mismo: hablarían después de la vendimia y de las primeras decisiones de elaboración. No reservaba cantidades que todavía no existían.
A mediodía comieron los cinco en la cocina.
Ginés apareció con las manos negras de grasa porque había encontrado una pieza usada que, según él, podía alargar la vida del tractor.
Mercedes le prohibió tocar el pan hasta que se lavara.
Nuria llegó tarde porque había repetido una medición que no le convencía y Raúl dejó encima de la mesa una libreta con tres tareas pendientes para la tarde.
Isabel los escuchó discutir sobre la pieza, las muestras y un proveedor de cajas. Hacía un año había preparado aquella misma finca para que pudiera funcionar sin ella. Ahora funcionaba sin necesitar que ella decidiera cada cosa, que era diferente.