Capítulo 30 #4
Raúl la besó. No fue un beso corto de despedida. Isabel le agarró la chaqueta y él le puso las manos en la cara. Cuando se separaron, ninguno habló inmediatamente.
—Te amo —dijo Raúl.
—Te amo.
Isabel entró en el coche antes de volver a llorar.
Arrancó, bajó la ventanilla para despedirse otra vez y tomó el camino de salida.
Vio por el retrovisor a Mercedes junto a la puerta, a Ginés y Nuria delante de la bodega y a Raúl un poco más cerca del camino.
Durante los primeros kilómetros lloró más de lo que le gustaba admitir.
Después se obligó a concentrarse en la carretera.
Había hecho lo que quería. La finca podía seguir.
El nuevo calendario del banco estaba firmado, el seguro resuelto, el contrato con Andreu firmado, Nuria y Ginés tenían funciones claras y Mercedes ya no cargaba sola con cosas que nadie reconocía.
Ella volvería. No estaba perdiendo aquello.
Madrid la esperaba con un puesto por el que llevaba años trabajando.
El teléfono vibró en el soporte al cabo de veinte minutos. Era un mensaje de Raúl.
Avísame cuando llegues bien.
Un minuto después apareció otro.
Ya te echo de menos.
Isabel sonrió y respondió cuando paró en un área de servicio.
Yo también. Muchísimo.
Volvió a la carretera.
Poco después de cumplir una hora de viaje dejó una emisora puesta porque no tenía ganas de elegir música.
Terminó una canción y empezó un breve espacio regional sobre agricultura.
Isabel apenas prestaba atención hasta que oyó hablar de la campaña de vino de aquel año, de las bodegas que ya habían dejado atrás la vendimia y empezaban a trabajar con los vinos nuevos mientras preparaban los meses de invierno.
Una enóloga explicó que aquella era una época menos visible que la vendimia, pero decisiva: seguir los lotes, comprobar su evolución y decidir qué camino debía tomar cada vino.
Isabel pensó en Nuria antes de que la mujer terminara la frase.
Se preguntó si habría repetido ya una de las analíticas que quería comprobar.
Después pensó en Raúl entrando en la bodega y probando Dorado.
En Ginés apareciendo con la libreta en el bolsillo aunque siguiera protestando por tener que apuntar cosas.
En Mercedes recogiendo la cocina, mirando el reloj y preguntándose a qué hora llegaría a Madrid.
La locutora siguió hablando, pero Isabel dejó de escucharla.
Esa noche estaría despejado en la finca y Casiopea saldría sobre el mismo cielo que había mirado con Raúl la noche anterior.
Mercedes cenaría sin tener que ponerle un plato, Nuria entraría al despacho y encontraría la silla vacía, Ginés aparecería con alguna factura que ya no podría dejar encima de la mesa para que Isabel protestara y Raúl dormiría solo.
Isabel agarró con más fuerza el volante. Había pasado semanas preparando la finca para que pudiera funcionar sin ella, y sabía que funcionaría. Pero eso no la tranquilizaba.
Intentó pensar en Madrid, en el despacho, en Beatriz, en el arbitraje y en el equipo que iba a dirigir.
Seguía queriendo su profesión y seguía orgullosa de haber llegado hasta allí.
Sin embargo, cuando imaginó la noche del lunes en su piso, después la del martes y quizá la del miércoles y la del jueves, no sintió que estuviera regresando a casa.
Entonces entendió qué le estaba pasando. Cuando pensaba en casa, ya no veía su piso de Madrid, sino la cocina de Mercedes, las viñas, la bodega, Dorado, Nuria, Ginés, Casiopea y todas las constelaciones que dos meses atrás no sabía encontrar. Vio también a Raúl, por encima de todo lo demás.
Isabel siguió unos kilómetros más, como si la carretera pudiera ordenar aquello por ella. Recordó todo lo que había trabajado, los años en Madrid, las horas en el despacho, los clientes, las promociones que había aceptado, la vida que llevaba tanto tiempo construyendo.
Nada de eso había dejado de importar. Simplemente ya no quería vivir allí, y le dio rabia haber tardado tanto en admitirlo.
—¿Dónde coño voy? —dijo en voz alta.
Buscó la siguiente salida.
No hizo una maniobra brusca ni se detuvo en el arcén. Salió de la autovía, siguió las indicaciones hasta poder cambiar de sentido y volvió a incorporarse en dirección contraria.
Todavía no llamó a Raúl.
Condujo de vuelta con el corazón acelerado y una mezcla extraña de miedo y alivio.
Tendría que llamar a Madrid. Tendría que explicar una decisión que acababa de cambiar después de haber firmado.
Tendría que renunciar a la coordinación o encontrar otra salida si el despacho quería ofrecérsela. No sabía cómo iba a resolverlo.
No tenía resuelto qué haría con el despacho, pero sí sabía qué quería.
Cuando el camino de la finca apareció delante de ella, redujo la velocidad.
Raúl estaba junto a la nave con Ginés. Los dos levantaron la cabeza al oír el coche. Mercedes salió de la casa poco después y Nuria apareció detrás de la puerta de la bodega.
Isabel aparcó en el mismo sitio del que había salido poco más de dos horas antes.
Raúl llegó primero.
—¿Qué ha pasado?
Isabel salió del coche.
—Nada.
—¿Te has dejado algo?
Ella abrió el maletero y sacó la maleta.
Raúl miró la maleta, después a Isabel y otra vez la maleta, como si no se atreviera a entender lo que estaba viendo.
Mercedes se llevó una mano a la boca. Ginés dejó escapar algo que Isabel no entendió. Nuria empezó a sonreír antes de que nadie dijera nada.
Isabel dejó la maleta en el suelo. Durante unos segundos nadie habló.
Raúl la miró.
—¿Has vuelto?
Isabel notó que se le llenaban otra vez los ojos de lágrimas.
—Sí.
Raúl no se movió.
Isabel respiró hondo antes de continuar.
—He llegado a una hora de aquí y me he dado cuenta de que no quería seguir conduciendo. Quiero mi trabajo, quiero seguir siendo abogada, pero no quiero volver a vivir en Madrid como si esto hubiera sido un paréntesis, porque ya no lo es.
La cara de Raúl cambió poco a poco.
Isabel notó que volvía a llorar.
—He organizado todo para que podáis seguir sin mí y acabo de darme cuenta de que yo no quiero seguir sin vosotros.
Mercedes empezó a llorar también. Ginés miró hacia la nave. Nuria ya no intentaba disimular la sonrisa.
Raúl dio los dos pasos que quedaban entre ellos.
—¿Y Madrid?
—Mañana llamaré. Tendré que renunciar a la coordinación si no hay otra forma. Ya veré qué puedo mantener y qué no. Pero no me voy.
—¿Estás segura?
Isabel miró la casa, la bodega, las viñas detrás de él y la maleta a sus pies.
Después volvió a mirarlo.
—Sí.
Raúl la abrazó con tanta fuerza que Isabel perdió el aire durante un instante. Ella se agarró a él y cerró los ojos.
—Ya te echaba de menos —murmuró Raúl contra su pelo.
Isabel soltó una risa húmeda.
—Han sido dos horas.
—Me han sobrado las dos.
Mercedes llegó hasta ellos y puso una mano en la espalda de Isabel.
—Mete esa maleta dentro antes de que vuelvas a cambiar de idea.
Isabel se separó lo justo para mirarla.
—No voy a cambiarla.
Ginés cogió la maleta del suelo.
—Eso decís todos hasta que toca subirla por las escaleras.
Nuria abrió la puerta de la casa mientras Raúl seguía sujetando la mano de Isabel, y ella tampoco quiso que la soltara.