Capítulo 30 #3
—Nos vemos todos los días desde hace semanas. Duermo contigo casi todas las noches. Si quiero besarte, atravieso un patio o subo una escalera. Ahora habrá semanas en que no voy a poder tocarte hasta el viernes. Y alguna ni siquiera sé si será el viernes.
Isabel apoyó la frente contra su pecho.
—Lo sé.
—Y tú vas a estar allí con un equipo, un arbitraje y jornadas que ya sabemos cómo empiezan y no sabemos cuándo terminan. Yo voy a estar aquí. No quiero que llegue un momento en que hablar diez minutos por teléfono sea todo lo que tengamos.
Isabel levantó la cara.
—Yo tampoco.
Raúl tardó un momento en continuar.
—Anoche estaba convencido de que podríamos con esto. Pero ahora que te vas mañana y empiezo a pensar en cómo va a ser de verdad… no sé si vamos a poder hacerlo, Isabel.
Ella tragó saliva antes de responder.
—Yo tampoco.
—Y eso es lo que más miedo me da. Porque no quiero perderte.
—Yo tampoco quiero perderte.
—Pero tampoco quiero que renuncies a algo que quieres por miedo a perderme.
Isabel sostuvo su mirada.
—Entonces tendremos que intentarlo.
—Sí. Aunque salga mal.
La frase le dolió a Isabel más de lo que esperaba.
—Sí. Aunque salga mal.
Se besaron allí, bajo el cielo que Raúl le había enseñado a mirar. El beso empezó despacio, pero duró tanto que Isabel acabó agarrada a su abrigo con las dos manos.
Subieron a la habitación sin hablar mucho. Raúl cerró la puerta y durante unos segundos no hizo nada más. Se quedó mirándola, tan serio que Isabel levantó una mano y le acarició la cara.
—Ven —murmuró.
Raúl la besó. No hubo juego ni provocaciones aquella vez.
Isabel le rodeó el cuello y respondió despacio, pero no tardó en acercarse más, hasta quedar pegada a él.
Notó sus manos en la cintura y después en la espalda, recorriéndola por debajo de la ropa, y la tristeza que traía del patio empezó a mezclarse con una necesidad mucho más física.
Se fueron desvistiendo sin la prisa de otras noches.
Raúl le quitó la camiseta y se quedó unos segundos mirándola antes de volver a besarla.
Isabel hizo lo mismo con él, pasando las manos por su pecho y su espalda, deteniéndose en los hombros que conocía ya de memoria.
Cada vez que sus bocas se separaban, volvía a buscarlo.
Raúl le besó el cuello, la clavícula y después el pecho.
Isabel echó la cabeza hacia atrás y respiró más hondo cuando su boca descendió y sus manos continuaron recorriéndola.
Cerró los ojos por un instante, pero volvió a abrirlos enseguida.
Quería verlo. Al día siguiente ya no podría encontrarlo cruzando el patio o subiendo una escalera.
Si quería tocarlo tendría que esperar al viernes, quizá más.
El pensamiento le apretó el pecho y también aumentó la urgencia con la que lo atrajo hacia ella.
Raúl levantó la cabeza y volvió a besarla. Isabel notó su respiración cada vez más agitada contra la boca y deslizó las manos por su espalda hasta acercarlo todavía más. Cuando llegaron a la cama, los dos estaban excitados, aunque ninguno parecía dispuesto a precipitarse.
Raúl recorrió su cuerpo despacio, alternando las manos y la boca, demorándose allí donde sabía que ella reaccionaba más.
Isabel empezó a respirar de forma entrecortada y terminó agarrándolo por los hombros cuando el placer le hizo tensar las piernas.
Él levantó la mirada hacia ella y continuó hasta que Isabel tuvo que contener un gemido contra su boca al besarlo de nuevo.
Después fue ella quien lo recorrió. Le besó el pecho, el abdomen y volvió hacia arriba mientras le acariciaba la espalda y la cintura.
Raúl cerró los ojos unos segundos y dejó escapar el aire con fuerza.
Isabel volvió a su boca y se quedó allí, muy cerca, sintiendo contra la piel lo excitado que estaba.
Cuando finalmente hicieron el amor, empezaron despacio.
Isabel mantuvo los brazos alrededor de él y lo miró mientras se movían juntos.
Raúl decía su nombre muy bajo, a veces junto a su boca y otras contra su cuello.
Ella sentía el calor de su cuerpo, la humedad de su propia piel y el roce de sus manos sujetándola por la cintura.
Durante un rato conservaron aquel ritmo lento, como si los dos intentaran retrasar lo inevitable.
No pudieron mantenerlo.
El deseo fue creciendo hasta romper la calma con la que habían empezado.
Isabel se aferró a sus hombros, respirando cada vez más deprisa, y Raúl terminó pegándola todavía más a él.
El movimiento se volvió más intenso y el sudor empezó a humedecerles la piel.
Isabel escondió por un instante la cara en su cuello, pero volvió a mirarlo enseguida.
No quería perderse su cara.
El placer llegó con tanta fuerza que tuvo que cerrar los ojos. Se abrazó a él mientras su cuerpo se tensaba y Raúl la sostuvo sin separarse, continuando hasta perder también el control poco después.
Después no se apartaron.
Raúl se quedó abrazándola e Isabel apoyó la cabeza sobre su pecho. Durante un rato escuchó su corazón todavía acelerado mientras le recorría el costado con la punta de los dedos. Él le besó el pelo y mantuvo una mano en su espalda.
—No quiero dormir —dijo él.
—Yo tampoco.
—Si dormimos, llega mañana antes.
Isabel levantó la cabeza y lo besó.
Esta vez el beso no tuvo la urgencia de antes. Permanecieron muy cerca, acariciándose sin intención aparente de empezar nada, aunque cada vez que parecía que iban a acomodarse para dormir uno de los dos volvía a buscar al otro.
Fue Isabel quien terminó besándolo otra vez con más insistencia.
Raúl respondió enseguida.
La segunda vez fue distinta. Ya no había ninguna necesidad de contener una emoción que los dos conocían.
Había deseo, pero también un empeño compartido en alargar cada momento.
Raúl la acarició con lentitud, recorriéndola desde los hombros hasta las piernas y regresando después por el interior de los muslos.
Isabel respiró contra su cuello cuando volvió a sentir cómo su cuerpo reaccionaba bajo aquellas manos que ya conocían perfectamente dónde detenerse.
Ella también se tomó su tiempo. Le besó el hombro, el pecho y el abdomen antes de volver a subir. Cuando Raúl cerró los ojos, Isabel se quedó observándolo unos segundos y después le besó la frente, la mejilla y la boca.
Hicieron el amor otra vez sin apartar apenas las manos el uno del otro.
Esta vez el ritmo fue más lento desde el principio y siguió siéndolo incluso cuando el placer empezó a crecer.
Isabel le pasó los dedos por el pelo, por la nuca y por la espalda húmeda.
Raúl la besaba cada pocos segundos, como si incluso separarse de su boca durante demasiado tiempo le molestara.
Como ninguno tenía prisa, terminó durando mucho más.
Hubo momentos en los que apenas se movieron, abrazados y respirando juntos, antes de volver a buscar el ritmo. Isabel sintió varias veces que estaban acercándose demasiado deprisa al final y lo retuvo, queriendo prolongarlo un poco más. Raúl pareció entenderla sin que tuviera que decir nada.
Cuando finalmente dejaron de intentar retrasarlo, el placer llegó después de una espera mucho más larga. Isabel se aferró a él y Raúl hundió la cara junto a su cuello mientras los dos terminaban casi al mismo tiempo.
Esta vez tardaron todavía más en separarse.
Raúl la abrazó con fuerza e Isabel permaneció pegada a él, con una pierna entrelazada con las suyas y la respiración aún acelerada. Él fue aflojando los brazos poco a poco, pero no la soltó.
No hablaron de Madrid ni volvieron a hacer planes. Ya habían dicho todo lo que podían decir. Permanecieron juntos en la oscuridad, escuchando los ruidos pequeños de la casa, y cuando finalmente se quedaron quietos Raúl mantuvo un brazo alrededor de Isabel.
Ella tardó mucho en dormirse.
El domingo llegó demasiado deprisa.
Isabel hizo la maleta después del desayuno.
No necesitaba llevarse todo porque su piso de Madrid seguía teniendo ropa, libros y media vida guardada en armarios, pero aun así tardó más de lo normal en decidir qué metía.
Cada vez que salía de la habitación encontraba una excusa para no volver a ella: una carpeta que debía dejar a Mercedes, una clave que quería apuntar para Nuria, una factura que podía enviar ella misma antes de marcharse.
A mediodía Raúl asomó la cabeza por la puerta.
—Mercedes dice que si sigues buscando trabajo te quita el portátil.
—Mercedes amenaza mucho.
—Hoy va en serio.
Isabel cerró la cremallera de la maleta.
—Ya está.
Raúl miró la maleta y después a ella.
—Ya.
No añadió nada. Cogió el equipaje y lo dejó junto a la puerta de la habitación.
El domingo comieron temprano. Mercedes había hecho un guiso sencillo y no permitió que nadie convirtiera aquello en otra celebración.
Ginés y Nuria se acercaron un rato antes de que Isabel se marchara, aunque ya se habían despedido la noche anterior.
Los dos iban a quedarse trabajando en la finca aquella tarde.
Despedirse otra vez no fue más fácil.
Mercedes le metió en una bolsa un bocadillo, fruta y una botella de agua.
—Voy a Madrid, no a cruzar un desierto.
—En Madrid también se come.
Ginés comprobó la presión de una rueda sin que Isabel se lo hubiera pedido. Nuria le dejó en el asiento del copiloto una copia del calendario de analíticas.
—Esto me lo puedes mandar por correo.
—Ya estaba impreso.
Raúl llevó la maleta hasta el coche y la dejó en el maletero.
Isabel abrazó a Mercedes otra vez. Esta vez ambas lloraron sin intentar ocultarlo. Ginés recibió otro abrazo y se quejó de que aquello ya empezaba a parecer un funeral. Nuria le prometió que la llamaría esa misma semana aunque no hubiera ninguna crisis.
Por último quedó Raúl.
Los demás se apartaron sin decir nada.
—El viernes —dijo Isabel.
—El viernes.
—Y si puedo venir antes, vengo.
—No conduzcas de madrugada por salir una hora antes.
—Vale.
—Y avísame cuando llegues.
—Sí.