La cosecha que nos quedaba Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

—Eso también.

Raúl permaneció callado. Mercedes lo miró un instante y volvió a Isabel.

—El domingo comes aquí antes de irte.

—Mercedes…

—No estoy preguntando.

Isabel sonrió, aunque tuvo que bajar los ojos hacia el café.

La tarde se fue en trabajo. Raúl y Ginés revisaron el presupuesto de las reparaciones definitivas. Nuria preparó el plan de seguimiento de los lotes y una lista de tareas para invierno. Mercedes subió con Isabel al despacho de arriba y empezaron a separar papeles.

Había mucho que tirar: facturas prescritas, catálogos de maquinaria, revistas, copias de documentos ya digitalizados y carpetas que su padre había guardado por costumbre.

Isabel conservó los papeles familiares, las libretas de su madre y una pequeña caja con fotografías.

Dejó ordenados los archivos del banco, el seguro, proveedores y clientes para que Mercedes pudiera localizar cualquier documento y para poder acceder ella desde Madrid a lo que necesitara.

Andreu recibió la muestra al día siguiente. No llamó en cuanto abrió la caja ni mandó una valoración rápida. Isabel pasó otro día viendo el nombre de la distribuidora en la carpeta comercial sin saber si aquella botella terminaría de convencerlo.

La respuesta llegó a media tarde, dos días después del envío. Andreu había probado la muestra y quería seguir adelante.

No pedía cambiar la mezcla ni aumentar cantidades.

El borrador reservaba para la distribuidora hasta el cuarenta por ciento de la producción premium que finalmente aprobaran y no fijaba ningún mínimo para campañas futuras.

La exclusividad se limitaba a las cuentas que Andreu abriera y quedaran identificadas; habría un anticipo del veinte por ciento sobre la reserva confirmada y el resto se pagaría a treinta y cinco días.

Isabel imprimió el borrador y bajó al laboratorio, donde encontró a Raúl y a Nuria trabajando con las últimas muestras.

—Ha dicho que sí.

Raúl dejó la pipeta.

—¿A Dorado?

—A la muestra y al contrato.

Nuria se acercó para leer por encima.

—¿Cantidades?

—Las fijaremos cuando tengamos rendimiento final de embotellado, dentro del límite pactado.

Raúl cogió las hojas y leyó el anexo técnico.

—Aquí quiero que quede claro que la aprobación de cada campaña también es nuestra.

—Ya lo he marcado.

Señaló otra cláusula.

—Y las muestras comerciales tienen que salir de su porcentaje.

—También.

Nuria miró a Isabel.

—Se nota que te pagan por esto.

—Para eso me pagan en Madrid —respondió Isabel.

Raúl levantó la vista al oírla. Isabel volvió al contrato.

Pasaron casi dos horas corrigiendo cláusulas, consultando al gestor y enviando cambios. Andreu aceptó la mayoría sin discutir y en dos puntos propuso una redacción intermedia que Isabel ajustó hasta que no dejaba una obligación abierta para la finca.

Firmaron al final de la tarde. Isabel envió el contrato al banco en cuanto recibió la copia. Mantenía las condiciones económicas de la carta de intenciones y cumplía la última condición comercial del comité.

La confirmación definitiva del banco llegó a la mañana siguiente. Con la resolución del seguro y el contrato de Andreu, riesgos daba por cumplidas las condiciones pendientes. Isabel revisó con el gestor la minuta y el nuevo cuadro de pagos antes de firmarlos.

Cuando terminó, dejó el bolígrafo sobre la mesa y se quedó mirando los tres documentos que durante semanas habían parecido capaces de decidir el futuro de la finca: la resolución del seguro, el contrato con Andreu y el nuevo calendario del banco.

La finca no estaba libre de problemas. Tendrían que vender, reparar, cuidar cada gasto y comprobar que Dorado funcionaba en el mercado. Pero podían seguir.

Y podían seguir sin que Isabel estuviera allí cada mañana.

Era exactamente lo que había intentado conseguir.

El sábado por la noche hicieron una cena de despedida, aunque nadie la llamó así hasta que ya estaban sentados.

Mercedes había preparado una tortilla, una ensalada de tomate, pan, queso y un plato de pimientos.

No hubo botellas especiales ni mantel distinto.

Abrió un vino de una campaña anterior y puso cinco copas sobre la mesa.

Estaban Mercedes, Ginés, Nuria, Raúl e Isabel. Los mismos que habían pasado aquellas semanas entrando y saliendo de la bodega, discutiendo por cajas, cuentas, fermentaciones, tormentas y reparaciones.

Al principio hablaron de trabajo porque era más fácil.

Nuria explicó qué analíticas repetiría el lunes.

Ginés dijo que el proveedor del alambre llamaría el martes.

Mercedes recordó que quedaban dos facturas pendientes de revisar.

Isabel respondió a todo hasta que Raúl dejó el tenedor sobre el plato.

—No hace falta que dejes organizado el martes también.

Isabel lo miró.

—Solo estaba diciendo…

—Ya lo sabemos.

No sonó enfadado. Eso hizo que resultara peor.

Nuria se removió en la silla.

—Además, si haces todo desde Madrid me vas a dejar sin trabajo.

Isabel sonrió.

—Eso no va a pasar.

—Pues déjame equivocarme alguna vez sola.

Ginés señaló a Nuria con el tenedor.

—Eso sí que lo sabe hacer.

Nuria le dio una patada suave por debajo de la mesa y Ginés protestó. La risa duró poco, pero alivió algo la presión que llevaba acumulándose desde que se sentaron.

Mercedes cortó otro trozo de tortilla y se lo puso a Isabel aunque ella no se lo había pedido.

—Te vas a olvidar de comer en Madrid —dijo.

—No me he olvidado en diecisiete años.

—Porque allí no te veía.

Isabel dejó el tenedor.

Mercedes siguió mirando el plato.

—Te voy a echar muchísimo de menos.

No añadió nada más.

Isabel notó que se le cerraba la garganta.

—Yo también.

Mercedes levantó la vista. Tenía los ojos húmedos y una expresión casi molesta consigo misma por permitirlo.

—Bueno. Vendrás.

—Claro que vendré.

—Algún día entre semana —dijo Ginés—. Y los fines de semana que puedas.

—Sí.

—No hace falta que vengas a trabajar —añadió Nuria—. Puedes venir a molestar.

Isabel se rio y se secó una lágrima con el dorso de la mano.

—Eso también se me da bastante bien.

Ginés la miró unos segundos antes de hablar.

—Has venido aquí dos meses y ahora parece que llevas toda la vida metiéndote donde no te llaman.

—Gracias, Ginés.

—Era algo bueno.

—Ya lo sé.

Ginés bajó los ojos hacia la copa.

—Va a ser raro no verte por aquí.

Isabel ya no pudo contener las lágrimas. No lloró con estrépito ni intentó hablar inmediatamente. Mercedes estiró la mano por encima de la mesa y se la apretó. Nuria también tenía los ojos brillantes. Ginés miró hacia otro lado.

Raúl seguía en silencio.

Isabel volvió la cabeza hacia él. Tenía una mano cerrada alrededor de la copa y la mandíbula tensa. Cuando notó que ella lo miraba, aflojó los dedos.

—Tú no has dicho nada —murmuró Isabel.

Raúl tardó un poco.

—Porque si empiezo, voy a fastidiar la cena.

Mercedes negó con la cabeza.

—La cena ya está fastidiada desde que se nos ha ocurrido encariñarnos con esta mujer.

Isabel soltó una risa entre lágrimas.

Raúl también sonrió, pero no consiguió sostenerlo mucho tiempo.

—Te voy a echar de menos todos los días —dijo—. No una vez a la semana. Todos.

Isabel bajó la mirada.

—Yo también.

—Y sé que vas a volver. Sé que nos veremos. Pero no es lo mismo.

—No.

Raúl no dijo más. Mercedes sirvió queso sin que nadie se lo pidiera y durante unos minutos comieron en silencio.

Después intentaron hablar de cómo sería.

Isabel podría volver el viernes algunas semanas.

Si salía pronto de Madrid, quizá llegaría para cenar.

Raúl podía ir alguna vez y quedarse en su piso.

Cuando Isabel tuviera solo dos días presenciales, podrían ganar una noche más.

Si le tocaban cinco, se verían el fin de semana si nada se complicaba.

Cuanto más intentaban organizarlo, más evidente resultaba que no podían organizar casi nada.

—Una vez por semana nos veremos seguro —dijo Isabel—. Y muchas, dos. Alguna semana incluso más.

Raúl asintió, aunque la expresión no terminó de acompañar el gesto.

—Lo intentaremos.

—Claro que lo intentaremos.

Ninguno añadió que quizá no fuera suficiente.

Cuando terminaron, Ginés abrazó a Isabel antes de marcharse. Lo hizo con torpeza y demasiado rápido, pero al separarse le puso una mano en el hombro.

—No tardes mucho.

—No tardaré.

Nuria la abrazó después y no tuvo ninguna prisa en soltarla.

—Te voy a llamar por cualquier tontería.

—Hazlo.

—Y si Madrid te pone insoportable, te lo diré.

—Eso también.

Mercedes esperó a que la puerta se cerrara. Recogió dos platos, dejó uno otra vez sobre la mesa y terminó abrazando a Isabel en mitad de la cocina.

—Te quiero mucho —dijo.

Isabel cerró los ojos y la abrazó con más fuerza.

—Yo también te quiero mucho.

Mercedes respiró hondo antes de separarse.

—Ya está. Vete con él, que lleva toda la noche fingiendo que está bien y no engaña a nadie.

Raúl estaba en el patio.

Isabel salió y cerró la puerta detrás de ella. Hacía frío. El cielo estaba despejado y, al levantar la vista, encontró Casiopea sin que nadie tuviera que señalarla.

Raúl siguió su mirada.

—Ya no necesitas que te la enseñe.

—No.

—Algo has aprendido estos dos meses.

—Alguna cosa.

Caminaron hasta el borde de las viñas. No hacía falta ir más lejos. Desde allí veían la bodega, una luz de la cocina y las primeras hileras perdiéndose en la oscuridad.

—Estoy contenta por Madrid —dijo Isabel.

—Lo sé.

—Necesito que lo sepas de verdad. No me voy pensando que me estoy equivocando.

Raúl metió las manos en los bolsillos.

—También lo sé.

—He trabajado muchos años para esto.

—Isabel, no tienes que convencerme.

Ella lo miró.

—Necesito que entiendas que quiero ir. Aunque me duela dejar esto.

Raúl respiró despacio.

—Lo entiendo.

—¿Quieres que te diga que no vayas?

Isabel negó enseguida.

—No.

—No te lo voy a decir.

—Ya.

—Pero tampoco voy a fingir que me parece fácil.

Isabel se acercó.

—A mí tampoco.

Raúl le pasó una mano por la cintura.