Capítulo 30
El correo de Madrid llegó antes de las diez. Isabel lo abrió en el despacho de su padre, con una taza de café a medio terminar y la carpeta del banco abierta sobre la mesa.
El documento recogía lo que había aceptado el día anterior.
En noviembre asumiría la coordinación del equipo de litigación mercantil y llevaría el arbitraje.
La organización ordinaria sería de tres días presenciales por semana en Madrid.
Cuando la agenda, el cliente y el trabajo del equipo lo permitieran, alguna semana podría reducir esa presencia a dos días; cuando hubiera vistas, negociaciones, reuniones importantes o una necesidad real del asunto, habría semanas de cinco días.
Los días restantes podría trabajar fuera del despacho siempre que cumpliera con la disponibilidad y las responsabilidades del puesto.
Isabel leyó dos veces la cláusula de presencia. No prometía lunes, martes y miércoles, ni garantizaba fines de semana largos, ni convertía los tres días en un límite. Era la fórmula que su socio le había explicado desde el principio y la que ella había aceptado.
Llamó para confirmar la fecha de incorporación y una cuestión sobre el arbitraje. Su socio respondió desde un taxi y fueron directamente al asunto.
—Entonces el lunes contamos contigo aquí.
—Sí.
—La primera semana será bastante intensa. El cliente quiere una reunión de equipo el martes y tenemos otra el jueves con los asesores externos.
Isabel miró el calendario.
—¿Eso significa que me quedo los cinco días?
—Probablemente cuatro. El viernes, si no aparece nada nuevo, podrías trabajar fuera. Pero ya sabes cómo va esto.
Isabel sonrió sin humor.
—Lo sé perfectamente.
Colgó y firmó el documento. No sintió que estuviera cediendo nada que no hubiera decidido ya. Había trabajado demasiados años para llegar a un puesto como aquel y quería hacerlo. Que ahora le costara más imaginarse cinco noches seguidas en Madrid no cambiaba ese deseo.
Raúl entró poco después con Nuria. Ella llevaba una carpeta con las últimas analíticas de Dorado y él tenía polvo en las botas.
—¿Ya está? —preguntó Raúl.
Isabel cerró el documento.
—Firmado. Empiezo el lunes.
Nuria levantó la vista.
—¿Tres días?
—Tres como organización normal. Alguna semana podrán ser dos y otras serán cinco. La primera parece que va a ser de cuatro.
Nuria asintió, pero tardó un poco en abrir la carpeta. Raúl no dijo nada. Isabel reconoció el esfuerzo que hizo por mantener la expresión tranquila y decidió no convertir aquel momento en una conversación delante de Nuria.
—Enséñame Dorado —dijo.
La mezcla de referencia seguía estable. La parcela alta mantenía la estructura, la parcela baja aportaba fruta y la pequeña proporción de garnacha seguía funcionando sin tapar el resto. Habían repetido la prueba tres veces en días distintos y las diferencias eran mínimas.
—Yo la daría por buena para mandar muestra —dijo Nuria.
Raúl repasó las cifras.
—Yo también.
Isabel recorrió con el dedo la hoja.
—¿Entonces esta sí es la muestra para Andreu?
—Sí —respondió Raúl—. El vino todavía tiene que seguir afinándose, pero la mezcla se mantiene. Si no cambia nada serio en las próximas semanas, esta es la dirección.
Nuria preparó dos botellas sin etiqueta comercial, solo con el nombre, la fecha y el lote. Una viajaría a Barcelona y la otra quedaría en la bodega como referencia.
Isabel redactó el correo a Andreu y adjuntó la ficha técnica. No prometió botellas finales ni una fecha exacta de entrega. Indicó que aquella era la muestra de referencia y que podrían cerrar el contrato de distribución si la cata confirmaba lo acordado en la carta de intenciones.
La botella salió esa misma mañana por mensajería. Andreu confirmó que la recibiría al día siguiente y que esperaría a que reposara del transporte antes de catarla.
Apenas había recibido su confirmación cuando sonó el teléfono del banco.
Isabel reconoció el número del director y puso el altavoz porque Raúl y Nuria seguían delante de la mesa.
—Buenos días, Isabel. Acabo de salir del comité.
Isabel acercó la carpeta del banco.
—Dígame.
—Tenemos aprobación condicionada para reordenar la deuda y ampliar vencimientos. No es financiación nueva. Repartimos el principal pendiente en un calendario más largo y mantenemos seis meses de carencia parcial sobre amortización, con intereses al corriente.
Isabel cogió un bolígrafo.
—¿Condiciones?
—La valoración definitiva del seguro dentro del rango que nos han adelantado, formalización del contrato comercial con Andreu en condiciones equivalentes a la carta de intenciones y entrega trimestral de información durante el primer año. Producción, ventas y tesorería.
—¿Aval adicional?
—No. Con la finca y las garantías existentes es suficiente.
Isabel anotó la respuesta.
—Envíeme el cuadro completo y la minuta antes de firmar. Quiero revisar comisiones, vencimientos y qué consideran incumplimiento en ese seguimiento trimestral.
—Se lo mando esta mañana.
—Y quiero que quede claro qué ocurre si un trimestre vende menos y el conjunto del año sigue dentro del plan.
—Lo revisaré con riesgos.
Cuando colgó, Nuria dejó escapar el aire.
—¿Eso significa que no nos ahogan este invierno?
—Si la minuta no trae una sorpresa, significa que podemos respirar con los vencimientos y reparar sin vaciar la caja. La deuda sigue existiendo.
—Pero cambia mucho —dijo Raúl.
—Muchísimo.
Isabel cerró la carpeta.
—Todavía falta el seguro definitivo.
La valoración del seguro llegó a la mañana siguiente.
Redujo parte de la pérdida de producción que habían reclamado, tal como había anticipado el perito, pero reconocía la reparación material, los trabajos urgentes, una parte del tratamiento posterior y una indemnización por la uva perdida muy próxima al escenario bajo que Isabel había utilizado para el banco.
No devolvía la parcela sur a su estado anterior ni cubría todo lo que habían perdido, pero permitía afrontar las reparaciones importantes sin tocar la reserva de salarios.
Isabel llamó al director del banco y le reenvió la resolución. La valoración entraba en el rango exigido por el comité. Solo quedaban la minuta y el contrato con Andreu en condiciones equivalentes a la carta de intenciones.
Después reunió a Mercedes, Ginés, Nuria y Raúl en la cocina.
No quiso hacerlo en el despacho. Allí llevaban semanas hablando de deudas, pagos y problemas.
La cocina había servido durante años para organizar comidas, repartir llaves, saber quién llegaba tarde y quién necesitaba ayuda, y a Isabel le pareció el lugar adecuado para hablar de lo que iba a ocurrir cuando ella ya no estuviera todos los días.
Mercedes dejó una bandeja de café sobre la mesa. Ginés se sentó con la gorra entre las manos y Nuria apoyó la libreta a un lado.
—El seguro ha cerrado la valoración —empezó Isabel—. No nos pagan todo lo que reclamamos por la pérdida de uva, pero entra la reparación principal y una parte suficiente para terminar la parcela sur sin tocar salarios.
Ginés dejó el presupuesto que llevaba delante.
—¿Y el banco?
—El comité ha dado la aprobación condicionada a la reordenación. Con el seguro cumplimos una de las condiciones. Falta cerrar con Andreu y revisar la minuta, pero los vencimientos dejan de estar como estaban.
Ginés esperó un instante.
—¿Eso significa que hay trabajo?
—Significa que podemos mantener al equipo estable y planificar la próxima campaña sin recortar por miedo antes de empezar. Los temporeros dependerán de la necesidad de cada momento, como siempre. Pero tú y Nuria seguís.
Ginés bajó la cabeza y después la miró.
—Yo no sé cuánto más voy a poder estar metiéndome doce horas en vendimia.
—No te estoy pidiendo eso.
Raúl intervino.
—Llevamos semanas reorganizando tareas. Hay cosas que puedes seguir haciendo sin cargar ni subir y bajar remolques todo el día.
Ginés frunció el ceño.
—Como me pongáis a mirar las obras desde una silla os mando a paseo.
—Necesitamos a alguien que supervise mantenimiento, proveedores de campo y a los temporeros nuevos —dijo Raúl—. Conoces el riego, la maquinaria y el mantenimiento de las parcelas mejor que nadie.
Ginés miró a Isabel antes de asentir.
—Eso sí.
—Entonces queda así —respondió ella, y se volvió hacia Nuria—. Y contigo quiero dejar por escrito lo que ya estás haciendo.
Nuria enderezó la espalda.
—¿El control de lotes?
—Control enológico y trazabilidad. Analíticas, muestras, registros y seguimiento de lotes. No tiene sentido que tu contrato siga como si vinieras solo para vendimia.
—¿Todo el año?
—Todo el año, con funciones definidas y salario acorde.
Raúl apoyó una mano en la libreta de Nuria.
—Y no voy a volver a revisar cada dato después de ti. Si no estamos de acuerdo, lo hablamos.
—Discutirte ya lo hago sin que figure en el contrato —dijo Nuria.
Ginés soltó una risa breve y Mercedes negó con la cabeza.
Isabel esperó a que se calmara el momento y miró a Mercedes.
—Tu contrato también tiene que reflejar lo que haces. Proveedores, facturas, pedidos, logística de la casa y todo lo que llevas años sosteniendo sin que aparezca en ningún sitio.
Mercedes frunció el ceño.
—Pon lo que quieras mientras no me encierres en un despacho.
—No pienso hacerlo.
—Entonces habla con el gestor.
Mercedes la observó unos segundos antes de preguntar:
—¿Y tú cuándo te vas?
La pregunta dejó la cocina más quieta.
—El domingo. El lunes empiezo en Madrid.
Nuria bajó la mirada hacia su libreta. Ginés se colocó mejor la gorra entre las manos. Raúl siguió sentado junto a Isabel, tan cerca que ella notó su rodilla contra la suya, pero no se movió.
—Vendrás —dijo Mercedes. No era una pregunta.
—Claro. Intentaré volver todas las semanas. Habrá alguna en que pueda venir incluso un día entre semana, y otras serán peores. También puedo hacer desde Madrid parte de las cuentas y los contratos.
—Una cosa es que nos mandes un correo y otra que estés aquí —dijo Ginés.
Isabel lo miró. No había reproche en su voz.
—Ya lo sé.
Nuria cerró la libreta.
—Yo te voy a llamar aunque no pase nada grave.
—Más te vale.
—Y te mandaré las analíticas.