La cosecha que nos quedaba Capítulo 29 #3
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Capítulo 29 #3

Isabel lo besó primero. Raúl respondió enseguida, la rodeó con los brazos y la atrajo contra su cuerpo, pero aquella vez fue ella quien marcó el ritmo. Le besó la boca despacio, volvió a hacerlo con más fuerza y después se apartó apenas lo suficiente para rozarle la mejilla con los labios.

—Te amo —murmuró—. Muchísimo.

Raúl fue a besarla de nuevo, pero Isabel negó con la cabeza y descendió hasta su cuello.

Le dejó varios besos allí, sintiendo cómo cambiaba su respiración, y siguió bajando por el pecho mientras le abría la camisa.

No quería hablar de calendarios ni de Madrid.

Tampoco quería que él pensara, ni por un instante, que aceptar aquel trabajo significaba elegir algo por encima de lo que tenían.

—No quiero perderte —dijo contra su piel.

Raúl le acarició el pelo.

—No vas a perderme.

Isabel levantó la mirada.

—Es una decisión mía. Y puede cambiar muchas cosas.

—Cambiar no es perder.

Ella volvió a besarlo antes de que pudiera seguir hablando. Le quitó la camisa, dejó las manos sobre su pecho y descendió otra vez. Besó su esternón, recorrió con la boca el abdomen y siguió hasta el pubis. Raúl soltó el aire de golpe cuando Isabel se arrodilló delante de él.

—Isabel...

—Déjame.

Lo besó primero por encima de la ropa, despacio, mirándolo mientras lo hacía. Después le desabrochó el pantalón y lo acarició con la mano hasta sentirlo completamente duro. Raúl cerró los ojos un instante y apoyó una mano en su hombro.

Isabel lo besó de nuevo, esta vez directamente, y recorrió con los labios la punta antes de llevárselo a la boca. Alternó la lengua y la mano, despacio al principio, escuchando cómo su respiración se volvía más corta cada vez que insistía en el mismo movimiento.

—Joder... —murmuró Raúl.

Isabel levantó los ojos hacia él sin detenerse.

—Te quiero conmigo —dijo después, acariciándolo todavía—. No quiero que Madrid cambie esto. No quiero que un día miremos atrás y pensemos que mi decisión nos separó.

Raúl le sostuvo la cara con una mano.

—Mírame.

Isabel se incorporó. Él la besó con tanta fuerza que tuvo que agarrarse a sus hombros.

—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida —dijo ella contra su boca—. No quiero perderte por nada.

Raúl volvió a besarla y durante unos segundos la dejó seguir mandando. Isabel regresó a su cuello, a su pecho y a su abdomen, y después volvió a bajar. Esta vez él dejó escapar su nombre casi sin voz. Isabel aumentó el ritmo de la mano y de la boca hasta notar que todo su cuerpo se tensaba.

Raúl la apartó justo antes de perder el control y la levantó hacia él.

—Ahora me toca a mí.

La besó mientras la llevaba hacia la habitación.

Isabel apenas consiguió terminar de quitarse la ropa antes de que Raúl la tumbara en la cama y empezara a recorrerle el cuerpo con la boca.

Bajó por su cuello, se detuvo en sus pechos y los sostuvo con las manos antes de cerrar los labios alrededor de uno de sus pezones.

Isabel arqueó la espalda.

—Raúl...

Él pasó al otro pecho, alternando la lengua y los labios mientras sus dedos seguían acariciando el primero. Isabel le agarró el pelo y lo atrajo más hacia ella. Raúl volvió varias veces de un pezón al otro, sin prisa, hasta que la respiración de Isabel se convirtió en una sucesión de gemidos.

—Llevaba todo el día queriendo esto —dijo él contra su piel.

Después siguió bajando. Le besó el abdomen, el vientre y el interior de los muslos antes de llegar a su sexo. Isabel cerró los ojos en cuanto sintió su boca. Raúl la acarició primero con los dedos y después con la lengua, insistiendo donde sabía que ella respondía con más fuerza.

—No pares —suplicó Isabel.

Raúl no lo hizo. La sostuvo por las caderas mientras ella se movía contra su boca y le decía su nombre una y otra vez. Cuando Isabel estuvo a punto de llegar, él subió de nuevo hasta besarla.

—Siempre voy a estar contigo —le dijo, mirándola de frente—. ¿Me oyes?

Isabel asintió, todavía sin recuperar el aliento.

—Siempre.

—Apréndete esta noche de memoria. Cada vez que te toque.

Ella le rodeó la cara con las manos.

—Ya me la estoy aprendiendo.

Se besaron otra vez, ya sin ninguna prisa por hablar. Isabel lo atrajo entre sus piernas y Raúl entró en ella despacio. Se quedaron quietos un instante, mirándose, como si ambos necesitaran sentir que seguían allí antes de empezar a moverse.

Después el ritmo fue creciendo. Isabel lo abrazó con las piernas y Raúl volvió a acariciarle los pechos, rozándole los pezones con los pulgares cada vez que ella se arqueaba hacia él.

Ella le repetía que lo amaba; él le respondía que no iba a irse, que no iba a dejar que unos días separados cambiaran lo que eran.

Cuando Isabel llegó al orgasmo, se aferró a sus hombros y escondió la cara en su cuello. Raúl siguió moviéndose hasta perder también el control poco después, con la frente apoyada contra la de ella y el nombre de Isabel entrecortado en la boca.

Permanecieron abrazados mucho rato. Ya no hablaron de cuántos días pasarían en Madrid ni de trenes, llamadas o calendarios. Aquella noche los dos estaban convencidos de que podrían con la distancia porque se querían y porque ninguno pensaba marcharse del otro.

Ninguno sabía todavía cuánto podía cambiar las cosas Madrid.