La cosecha que nos quedaba Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

Cuando colgó, Isabel se quedó unos segundos sentada. Estaba contenta. Le inquietaba pensar en semanas enteras de reuniones, vistas y noches en Madrid, pero había aceptado sabiendo cómo funcionaba aquel trabajo y quería asumirlo.

Bajó a la bodega poco antes del mediodía.

Nuria estaba repitiendo las analíticas de Dorado y Raúl revisaba con Ginés la lista de reparaciones que seguían pendientes en la parcela sur.

Acababa de volver de allí y el calor le había pegado la camiseta al pecho y a los hombros.

Isabel se quedó mirándolo un segundo antes de acercarse, sin intentar disimular que le atraía ni siquiera después de tomar una decisión que podía cambiarles la vida.

—¿Has llamado? —preguntó Raúl cuando Ginés salió hacia el almacén.

—Sí. He aceptado.

Raúl dejó la carpeta que tenía en la mano. No pareció sorprendido, aunque tardó un momento en contestar.

—¿Con la flexibilidad que te ofrecieron?

—Sí. La presencia en Madrid dependerá de la agenda, como hablamos.

—Ya.

Isabel lo observó.

—Quiero hacerlo, Raúl.

—Lo sé.

—Y quiero que lo nuestro siga.

Raúl se acercó un poco.

—Yo también. Pero no te voy a decir que va a ser fácil.

—No lo va a ser.

—Habrá semanas en las que apenas nos veamos.

—Y otras mejores.

—Sí.

Isabel le cogió la mano.

—Quiero intentarlo.

Raúl apretó sus dedos.

—Yo también.

No intentaron concretar más. Todavía faltaban unos días para que Isabel empezara en Madrid y ninguno quiso convertir aquella conversación en una despedida antes de tiempo.

Isabel sacó el móvil y le enseñó una fotografía de la página del cuaderno de su madre.

—Mercedes ha encontrado esto.

Raúl leyó en silencio. Isabel observó su cara mientras llegaba a la frase sobre Derecho y después a la anotación de su padre fingiendo que no escuchaba una llamada.

—No sabía nada de esto —dijo él.

—Yo tampoco.

—¿Estás bien?

Isabel pensó la respuesta antes de contestar.

—Estoy enfadada con mi padre porque tuvo años para hablar conmigo y no lo hizo. Saber que seguía pendiente no arregla eso, pero me alegra haberlo descubierto.

Raúl le devolvió el teléfono.

—Tiene sentido.

—Mi madre sabía que quería irme. Y no intentaba impedirlo.

—Por lo que pone ahí, parece que estaba muy empeñada en que nadie lo hiciera.

Isabel guardó el móvil antes de responder.

—Me habría gustado saberlo entonces.

Raúl no intentó decirle qué habría pensado la madre de Isabel. Solo le rozó el brazo antes de volver al trabajo.

Durante la tarde, el cuaderno quedó en el despacho mientras Isabel trabajaba con Nuria en otra tanda de llamadas a clientes antiguos.

De diez números, cuatro ya no existían, dos correspondían a personas que habían dejado de comprar vino hacía años y cuatro seguían siendo útiles.

Tres continuaban en manos de las mismas familias.

Una mujer de Zaragoza recordó de inmediato el nombre de la madre de Isabel y pidió que la llamaran cuando la nueva añada estuviera embotellada.

El cuarto contacto útil era un restaurante de Huesca que todavía conservaba una botella antigua de la finca en su bodega. Querían probar la nueva cosecha.

A las siete, Isabel cerró la lista y repasó con Nuria los resultados.

—Cuatro contactos reales de diez —dijo Nuria—. No está mal para una libreta que lleva años guardada.

—Mañana hacemos otros diez.

—Mañana te mandarán el documento de Madrid.

—Después hacemos otros diez.

Nuria guardó sus notas y dejó el despacho.

Raúl había salido a última hora de la tarde para revisar una entrega de postes para la reparación de la parcela sur y regresó cuando ya había oscurecido.

Isabel estaba sola en el despacho de su padre, ordenando las fotografías del cuaderno de su madre y los datos de clientes en carpetas distintas, cuando Raúl se apoyó en el marco de la puerta.

—Mercedes dice que no has cenado.

—Mercedes controla demasiado.

Raúl entró, dejó las llaves sobre la mesa y no siguió la frase.

—Ven a comer algo.

Isabel cerró el archivo y se levantó. Cenaron con Mercedes en la cocina, hablando de los postes, de una factura de reparación que faltaba enviar al seguro y de dos clientes antiguos que Mercedes recordaba mejor que los teléfonos de la libreta, y después recogieron la mesa entre los tres.

Mercedes subió a su habitación poco antes de las diez.

Isabel salió al patio. Raúl estaba apoyado contra el muro de piedra, mirando hacia la bodega.

—¿Te quedas? —preguntó ella.

Raúl la miró antes de responder.

—Sí.

Isabel se acercó hasta quedar frente a él. Habían pasado el día hablando de decisiones, de padres, de Madrid y de dinero.

—Estoy contenta de haber aceptado —dijo.

—Me alegro.

—Y también me da miedo lo que va a cambiar.

Raúl apoyó una mano en su cintura.

—A mí también.

—No quiero que empecemos a comportarnos como si ya me hubiera ido.

—Entonces no lo hagamos.