Capítulo 29
A la mañana siguiente, la mezcla seguía funcionando.
Nuria preparó una nueva prueba bajando la parcela baja al veintiocho por ciento y subiendo la parcela sur al doce.
Los tres estuvieron de acuerdo en que perdía parte de lo que les había gustado la tarde anterior.
Volvieron a la fórmula inicial y la dejaron marcada como referencia para la siguiente cata. Dorado también se quedó.
A media mañana llegó la valoración provisional del seguro. La cantidad reconocida estaba dentro del escenario bajo que Isabel había utilizado para el banco, suficiente para cubrir buena parte de la reparación sin tocar salarios ni comprometer pagos inmediatos.
Isabel reenvió el documento al director con la previsión actualizada y recibió respuesta menos de una hora después: el expediente entraría en el siguiente comité de riesgos.
El banco todavía no había aprobado la operación, pero el expediente avanzaba con cifras, la carta de intenciones de Andreu firmada y una valoración del seguro sobre la mesa.
Al cerrar el correo, Isabel vio otro mensaje en la bandeja de entrada. Era del despacho de Madrid.
Recordatorio de propuesta. Necesitamos tu respuesta en cuarenta y ocho horas.
Isabel dejó el móvil sobre la mesa y miró hacia la bodega. Raúl y Nuria estaban comparando las dos muestras de Dorado bajo la luz blanca del laboratorio. En dos días tendría que contestar.
Mercedes esperó a que Isabel terminara con los correos para enseñarle los papeles que había mencionado el día anterior.
No eran muchos: dos carpetas de facturas antiguas, una caja de fotografías sin ordenar y un cuaderno pequeño de tapas verdes que estaba metido dentro de un cajón del despacho de arriba.
—Este sí era de tu madre —dijo, dejándolo sobre la mesa—. Las libretas de clientes eran de trabajo. Esto se lo veía llevar a todas partes. A veces apuntaba cuentas y otras veces cualquier cosa que se le ocurriera.
Isabel pasó la mano por la cubierta antes de abrirlo.
Reconoció la letra en cuanto vio la primera página.
Era la misma de las libretas de clientes, aunque allí aparecía más suelta, con frases tachadas, listas de compras, fechas de poda, recetas, teléfonos y notas que no parecían escritas pensando en que nadie fuera a leerlas después.
Mercedes se sentó frente a ella, pero no intentó mirar por encima del cuaderno.
—¿Tú lo habías leído?
—No. Sabía que existía porque lo llevaba mucho. Después de que muriera, tu padre recogió varias cosas suyas y las guardó en este despacho. Yo no abrí nada.
Isabel siguió pasando páginas. Había comentarios sobre la finca y sobre las vendimias, nombres de trabajadores que ya no estaban, una lista de platos para una comida de cuadrilla y una página entera dedicada a calcular cuántas cajas podían vender directamente sin dejar a su padre sin vino para los distribuidores.
—También hacía números —dijo Isabel.
—Muchos. Tu padre sabía de contratos y de cuentas, pero tu madre sabía quién compraba, quién pagaba tarde, quién pedía siempre dos cajas más en Navidad y quién solo llamaba cuando había oído hablar bien de una añada. La finca no se llevaba desde un solo sitio.
Las anotaciones de su madre encajaban con las libretas que habían encontrado semanas antes.
Isabel siguió leyendo hasta que reconoció su propio nombre en mitad de una página fechada muchos años atrás.
Se detuvo y volvió al principio. Su madre había escrito sobre una conversación en la cocina, cuando Isabel tenía diecisiete años y había dicho que quería estudiar Derecho y marcharse a Madrid en cuanto pudiera. La entrada no era larga.
Isabel dice que no quiere esta vida. Me ha dolido escucharla, pero prefiero que lo diga ahora y no dentro de veinte años. Si estudia Derecho será porque lo ha elegido ella. Ojalá nunca piense que, por querernos, tiene que quedarse aquí y vivir como nosotros.
Más abajo, con una tinta distinta, había añadido: Su padre cree que cambiará de idea. Yo no. Y tampoco quiero que tenga que cambiarla para hacernos felices.
Isabel dejó de leer. Cerró el cuaderno y apoyó las manos encima.
—Yo pensaba que ella quería que me quedara.
—Quería que vinieras, que te gustara esto, que conocieras la finca y que no desaparecieras de su vida —contestó Mercedes—. Pero eso no es lo mismo que querer que trabajaras aquí.
—Nunca me lo dijo así.
—Porque entonces todavía estabas aquí. Hay cosas que una cree que tendrá tiempo de explicar después.
Mercedes no intentó suavizar la frase. La madre de Isabel había muerto antes de que muchas conversaciones pudieran tener lugar, y ninguna página de un cuaderno podía sustituirlas.
Isabel volvió a abrirlo. Había más referencias a ella, casi todas pequeñas: una llamada desde la universidad, una visita en Navidad, una discusión con su padre porque Isabel quería hacer prácticas en Madrid aquel verano en vez de pasar agosto en la finca.
También encontró una anotación de otro agosto en la que su madre se quejaba de que Isabel llevaba dos semanas prometiendo llamar y siempre acababa haciéndolo tarde.
No todo era comprensión desde la distancia: su madre la echaba de menos, se enfadaba y a veces escribía cosas que seguramente no le habría dicho por teléfono.
En otra página, escrita años después de que Isabel se marchara, encontró una frase todavía más sencilla.
Ha llamado Isabel. Está agotada y habla deprisa. Dice que el despacho va bien. Su padre ha fingido que no escucha desde el pasillo y después me ha preguntado dos veces qué me había contado.
Isabel se quedó mirando la línea antes de levantar la vista.
—¿Hacía eso?
Mercedes sonrió apenas.
—Tu padre preguntaba mucho más de lo que llamaba.
—Pues habría sido más fácil que llamara él.
—Sí.
A Isabel le gustó que no intentara defenderlo. Mercedes se levantó y fue hasta un armario bajo. Sacó una carpeta que Isabel había visto otras veces sin preguntarse qué contenía.
—También guardó esto.
Dentro había tarjetas de cumpleaños, dos postales, invitaciones que Isabel había enviado casi por obligación en aquellos primeros años y varias hojas impresas.
Una de ellas era un correo en el que Isabel le contaba a sus padres que había ganado su primer juicio importante.
Otra era la página de la web del despacho donde aparecía su nombre cuando la ascendieron.
La fecha de impresión estaba escrita a mano en una esquina por su padre.
Isabel sostuvo la hoja un rato antes de hablar.
—Nunca me dijo que la había visto.
—Guardar papeles se le daba mejor que llamarte —dijo Mercedes—. Podía haberte contado cualquiera de estas cosas y no lo hizo. Yo solo te cuento lo que vi.
Isabel agradeció que no intentara justificarlo. Su padre había dejado pasar años sin acercarse cuando tendría que haberlo hecho; aquellas hojas solo le mostraban que, desde lejos, había seguido su carrera.
—¿Él te pidió que no cambiaras mi habitación?
—Sí. Cuando murió tu madre pensé que querría vaciarla. Me dijo que no tocara nada importante. Después nunca volvió a hablar del tema.
Isabel miró hacia el pasillo. Había dormido durante semanas en aquella habitación sin saberlo.
—Podría haberme dicho cualquiera de estas cosas.
—Podría.
Isabel guardó las hojas en la carpeta. Que su padre hubiera seguido su carrera desde lejos no compensaba todos aquellos años sin llamarla. Podía haber llamado, podía haber preguntado directamente y podía haberle contado lo que estaba pasando en la finca; no lo hizo.
Pasaron la siguiente hora revisando el resto del cuaderno.
Mercedes recordó varias de las personas que aparecían en las notas de vendimia y corrigió un par de fechas que Isabel interpretó mal.
También encontró una lista de clientes que no figuraba en las libretas de venta porque su madre los atendía directamente desde la casa.
Isabel tomó fotografías de esas páginas para incorporarlas al archivo comercial que estaba preparando con Nuria.
Antes de cerrar el cuaderno, buscó la entrada de sus diecisiete años y leyó otra vez las últimas líneas.
Aquellas palabras no le decían qué debía hacer ahora. Su madre hablaba de una hija de diecisiete años que quería marcharse y no podía saber qué querría Isabel a los treinta y ocho. Lo que le importó fue otra cosa: nunca había querido convertir el cariño a la familia en una obligación.
Aquellas páginas no resolvían lo que tenía delante. Madrid seguía siendo una parte enorme de su vida y el trabajo que le ofrecían era exactamente el tipo de responsabilidad por la que llevaba años esforzándose.
A las once llamó al despacho de Madrid. Su socio responsable estaba entrando en una reunión y le pidió diez minutos, así que Isabel esperó en el despacho de su padre con el portátil abierto y una hoja donde había anotado las dos cuestiones que quería confirmar. Cuando por fin hablaron, no dio rodeos.
—Quiero aceptar la propuesta.
Al otro lado hubo un silencio breve.
—¿La coordinación y el arbitraje?
—Sí. Las dos cosas. Pero quiero asegurarme de que he entendido bien la parte presencial antes de decirte que sí definitivamente.
—Dime.
—Tres días por semana en Madrid como base. Habrá semanas en las que, si no hay vistas, reuniones ni necesidades del equipo, podré estar dos. Y habrá otras en las que tendré que quedarme cinco.
—Exactamente. No puedo prometerte tres días cerrados todas las semanas.
—Lo sé. Tampoco te lo estoy pidiendo. Solo quiero que conste que, cuando la agenda lo permita, podré hacer parte del trabajo desde fuera de Madrid.
—Eso sí podemos organizarlo. Pero dependerá del arbitraje, de los clientes y del equipo.
—De acuerdo.
Su socio esperó un instante antes de preguntar:
—Entonces, ¿aceptas?
Isabel miró por la ventana del despacho hacia las viñas antes de responder.
—Sí.
La palabra le salió con facilidad. Había trabajado muchos años para llegar a un puesto así y quería hacerlo.
—Mañana te mando el documento para que lo revises con calma —dijo él—. Si todo está como hemos hablado, empezamos a organizar noviembre y el arbitraje.
—Perfecto.