La cosecha que nos quedaba Capítulo 28 #4
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Capítulo 28 #4

Raúl regresaba de un pecho al otro como si llevara toda la tarde esperando exactamente eso, alternando la boca y los dedos, apretando lo justo, demorándose cada vez que Isabel gemía.

Ella tuvo que morderse el labio al recordar que, unas horas antes, aquel escote había sido el motivo de buena parte de la cata desastrosa.

—¿De qué te ríes ahora? —preguntó Raúl contra uno de sus pezones.

—De que al final sí ibas a colocarme el tirante.

Raúl levantó la cabeza.

—Creo que estoy haciendo exactamente lo contrario.

Isabel sonrió, pero dejó de hacerlo cuando la mano de él se deslizó por debajo del vestido y avanzó despacio entre sus muslos. Raúl se quedó quieto un instante al notar lo húmeda que estaba y la miró con una mezcla de sorpresa y satisfacción que a ella le dio todavía más calor.

—Ni se te ocurra decir nada sobre notas de cata —advirtió Isabel.

—No iba a decir nada.

—Estabas a punto.

—Solo estaba pensando que llevas toda la tarde riéndote de mí y mira cómo estás.

Isabel iba a contestarle, pero Raúl empezó a acariciarla y la respuesta se convirtió en un gemido. Él siguió despacio al principio, entreteniéndose en cada reacción, y ella dejó de preocuparse por si alguien podía oírlos cuando la presión aumentó y tuvo que agarrarse a sus hombros.

—Raúl...

—¿Sí?

—No te hagas el gracioso ahora.

Él sonrió, pero obedeció. La besó mientras sus dedos seguían moviéndose entre sus piernas, y cuando Isabel empezó a pedirle que no parara, Raúl dejó de bromear por completo.

La respiración de los dos se volvió más rápida; el aire fresco de la viña ya no bastaba para quitarles el calor y la piel empezó a pegarse bajo la ropa.

Isabel tiró de él hacia arriba y le desabrochó el pantalón con menos habilidad de la que habría querido. Tuvo que intentarlo dos veces y acabó soltando una risa frustrada.

—No te rías.

—No me estoy riendo.

—Te estás riendo muchísimo.

Raúl le atrapó la boca con la suya antes de que pudiera seguir protestando.

Isabel consiguió por fin abrirle el pantalón y lo acarició hasta que fue él quien tuvo que romper el beso para respirar.

La expresión de Raúl cambió de golpe y a ella le gustó tanto verlo perder aquella seguridad que repitió el movimiento, más despacio, observándolo.

—Ahora ya no te hace tanta gracia —susurró.

—Isabel...

—¿Sí?

Raúl negó con la cabeza y volvió a besarla.

Luego descendió por su cuello, por el pecho y por el vientre hasta quedar entre sus piernas.

Cuando su boca la encontró, Isabel dejó escapar un gemido mucho más alto de lo que pretendía y se tapó la cara con una mano, sorprendida por el volumen entre respiraciones rotas.

—Nos van a oír.

Raúl levantó apenas la cabeza.

—Entonces deja de darme instrucciones.

—No pienso dejar de darte instrucciones.

Él volvió a bajar antes de que ella terminara la frase.

Isabel hundió los dedos en su pelo y dejó de intentar hablar con normalidad.

La lengua de Raúl la hizo estremecerse una y otra vez.

Le pidió que siguiera, después que fuera más despacio y un momento más tarde exactamente lo contrario, y Raúl se rio contra ella solo una vez antes de concentrarse en llevarla al límite.

Cuando Isabel sintió que estaba a punto de llegar, tiró de él hacia arriba porque ya no quería seguir esperando.

Lo besó con hambre, todavía temblando, y le rodeó la cintura con las piernas.

Raúl se colocó sobre ella y durante un segundo se miraron, los dos sudados, despeinados y demasiado excitados para recordar qué parte de aquello había empezado como una broma sobre porcentajes.

—Ven —le pidió Isabel.

Raúl entró en ella despacio y ambos dejaron escapar el aire al mismo tiempo.

Isabel lo abrazó por los hombros y movió las caderas para buscarlo más.

Él empezó con un ritmo contenido, pero duró poco: ella lo quería más cerca, más profundo, y se lo hizo saber sin ninguna vergüenza.

Raúl respondió aumentando el movimiento mientras la besaba y le recorría el cuerpo con las manos.

Una de ellas volvió enseguida a su pecho; le acarició el pezón con el pulgar hasta que Isabel volvió a arquearse y él perdió todavía más el ritmo que intentaba mantener.

Isabel le pidió que no parara; Raúl pronunció su nombre varias veces contra su cuello y terminó sujetándola por la cintura cuando ella empezó a moverse con él buscando el mismo ritmo. El sudor y la respiración cada vez más rota les borraron cualquier resto de conversación.

Isabel volvió a sentir cómo se le tensaba todo el cuerpo y se aferró a Raúl cuando el orgasmo la alcanzó.

Él siguió moviéndose unos instantes más, excitado por sus gemidos y por la forma en que ella todavía lo apretaba contra sí, hasta que también perdió el control y se quedó sobre ella respirando con dificultad.

Durante unos segundos ninguno dijo nada. La manta estaba torcida, el vestido de Isabel había terminado subido hasta donde ya daba igual y la camisa de Raúl seguía abierta. Ella fue la primera en empezar a reírse otra vez, todavía sin recuperar del todo el aliento.

—Dime que por lo menos recuerdas la mezcla.

Raúl dejó caer la frente sobre su hombro.

—Ni una sola cifra.

Cuando por fin se quedaron quietos, Isabel tenía la cabeza apoyada en el hombro de Raúl y seguía notando una sonrisa absurda en la cara.

—No recuerdo la segunda mezcla —dijo de pronto.

Raúl empezó a reírse.

—Yo tampoco.

—Somos un desastre.

—Mañana fingimos seguridad.

—Eso se te da fatal.

Raúl giró la cabeza para mirarla y ella le sostuvo la cara entre las manos.

—Te amo.

Él se quedó inmóvil durante un segundo.

—No pongas esa cara.

—Es que no me lo habías dicho.

—Ya lo sé.

—¿Lo dices por el vino?

Isabel negó con una sonrisa.

—El vino hace que lo diga. No hace que te ame.

Raúl la besó despacio.

—Yo también te amo.

Isabel apoyó otra vez la cabeza en su hombro y, después de unos segundos, empezó a reírse.

—¿Qué?

—Nada. Que acabamos de decirnos que nos amamos y mañana Nuria va a preguntarnos por la segunda mezcla.

Raúl se rio también.

—Diremos que estábamos concentrados en otras variables.

—Como digas eso delante de Mercedes, te mata.

—Entonces diremos que fue culpa del tirante.

Isabel se incorporó para recolocárselo. Lo subió y volvió a caerse casi en el mismo momento.

Raúl lo señaló.

—Ves. Confesión confirmada.

—Cállate y ayúdame a vestirme antes de que tengamos que explicar algo más.

Recogieron las copas y doblaron la manta como pudieron. Cuando regresaron a la bodega, Mercedes, Ginés y Nuria ya habían terminado de recoger y seguían alrededor de la mesa, bebiendo agua y comentando las últimas mezclas. Los tres levantaron la vista al mismo tiempo.

Isabel llevaba el pelo completamente revuelto, el vestido arrugado y un tirante caído. Raúl tenía la camisa mal abrochada y la manta doblada de una forma que no engañaba a nadie.

Nuria intentó seguir seria durante dos segundos.

Ginés fue el primero en reírse.

Mercedes miró a Isabel, después a Raúl y finalmente al tirante.

—¿Habéis visto bien las viñas?

Isabel se tapó la cara con una mano mientras Raúl empezaba a reírse también.

—Perfectamente —respondió él.

Eso hizo que se rieran todos. Mercedes negó con la cabeza, cogió las dos copas que Raúl llevaba en una mano y las dejó en el fregadero.

—Bebed agua antes de acostaros.

—Sí, Mercedes —dijeron Isabel y Raúl casi a la vez.

La risa volvió a llenar la bodega.

La botella con la etiqueta DORADO seguía en el centro de la mesa, rodeada de copas, hojas manchadas y los restos de una tarde que había empezado como una cata y había terminado pareciéndose mucho más a una comida familiar.