Capítulo 28 #3
No tardaron mucho en empezar a recoger. Nuria guardó las fórmulas y las muestras que había que repetir al día siguiente.
Ginés intentó llevarse dos platos a la vez y Mercedes se los quitó porque ya había estado a punto de dejar caer uno.
Mientras todos iban y venían entre la mesa y la cocina, Raúl desapareció unos minutos hacia el pequeño almacén.
Volvió con una manta gruesa doblada bajo el brazo.
Mercedes lo vio antes que nadie. Después miró a Isabel, que estaba terminando su copa junto a la puerta, y volvió a mirar la manta.
No dijo nada.
Isabel dejó la copa vacía, pero Raúl cogió dos copas limpias y sirvió apenas un poco de Dorado en cada una.
—Vamos a dar una vuelta —dijo.
Nuria levantó una ceja. Ginés estaba demasiado ocupado buscando su gorra para reaccionar. Mercedes siguió colocando platos en una bandeja.
—No os llevéis la botella —dijo solamente.
Raúl sonrió.
—No pensaba hacerlo.
Salieron todavía riéndose. Isabel llevaba una copa y Raúl la otra, además de la manta bajo el brazo.
El aire había refrescado y caminaron despacio entre las hileras, sin ninguna prisa por llegar a ningún sitio.
Habían bebido suficiente para notar la cabeza ligera, pero la comida y el paseo les habían devuelto algo de calma.
—Ginés mañana va a negar que ha dicho que la cuatro sabía a mueble —dijo Isabel.
—Ha dicho madera vieja.
—Ha dicho mueble.
—Eso es peor.
Isabel se echó a reír y casi derramó el vino. Raúl le sujetó la muñeca.
—Cuidado.
—Es Dorado. Hay más.
—No de esta mezcla si la tiras por el camino.
—Mañana haces otra.
Raúl negó con la cabeza.
—Estás mandona.
—Estoy achispada.
—Un poco.
—Tú también.
—Yo estoy perfectamente.
Raúl tropezó con una pequeña piedra al terminar la frase y los dos se quedaron mirándose antes de echarse a reír otra vez.
—Perfectamente —repitió Isabel.
Siguieron andando hasta una zona alta desde la que se veía la casa y parte de la bodega.
Raúl extendió la manta entre dos hileras, sobre una franja de hierba seca.
Se sentaron con las copas y durante unos minutos siguieron hablando de Ginés, de las propuestas de nombres que parecían urbanizaciones y de la cara que había puesto Nuria cuando Mercedes anunció que se podía brindar por la tortilla.
Isabel apoyó la espalda en el hombro de Raúl y miró las dos copas.
—Tengo una pregunta.
—Eso nunca acaba bien.
—Primera mezcla.
Raúl frunció el ceño con una seriedad exagerada.
—Sesenta de parcela alta, veinticinco de parcela baja y quince de parcela sur.
Isabel giró la cabeza para mirarlo.
—No te he preguntado los porcentajes.
—Pues entonces has hecho muy mal la pregunta.
Ella empezó a reírse.
—¿Qué estabas mirando?
Raúl aguantó unos segundos antes de bajar los ojos al vestido.
—El vino.
—Mentiroso.
—La copa estaba delante de ti.
—Raúl.
Él terminó riéndose también y dejó su copa en la hierba.
—Tu escote.
—Eso está mejor.
—No para mi concentración.
Isabel levantó un dedo.
—Nueva norma. Cada vez que uno confiesa algo, el otro también.
—Esa norma te la acabas de inventar.
—Estamos un poco achispados. Es el momento adecuado para inventar normas.
Raúl la miró de lado.
—Te toca.
Isabel fingió pensarlo.
—Me di cuenta de que estabas mirando cuando Nuria empezó a hablar del tanino de la parcela alta y tú asentiste sin haber oído una palabra.
—Sí la oí.
—¿Qué dijo?
Raúl abrió la boca y volvió a cerrarla.
—Algo del tanino.
Isabel soltó una carcajada.
—Fantástico. Veinticinco años haciendo vino.
—No llevo veinticinco años catando contigo con ese vestido.
La respuesta la hizo reír todavía más, aunque también notó el calor subirle por el cuello. Raúl la observó un momento y después señaló su copa.
—Segunda mezcla. Te toca preguntar.
—No. Ahora pregunto yo siempre.
—Eso no estaba en las normas.
—Las normas evolucionan.
—Qué conveniente.
Isabel acercó un poco la cara a la suya.
—¿Cuándo dejaste de saber qué estabas catando?
Raúl soltó el aire por la nariz, divertido.
—Cuando te inclinaste sobre la mesa para coger la libreta.
—Eso fue bastante pronto.
—Muchísimo.
—¿Y qué hiciste?
—Leer tres veces la misma línea y esperar que nadie se diera cuenta.
Isabel se llevó la copa a los labios, pero se quedó sonriendo antes de beber.
—Yo me di cuenta.
—¿De la línea?
—De que no estabas mirando la línea.
Raúl giró el cuerpo hacia ella.
—¿Y qué hiciste tú?
Isabel bajó la mirada al tirante del vestido, que volvía a estar demasiado cerca del hombro.
—Me incliné otra vez.
Él se quedó mirándola.
—No.
—Sí.
—Eso fue a propósito.
—Acabo de confesártelo.
Raúl se echó a reír y apoyó la frente en el hombro de Isabel.
—Eres mala.
—Y tú muy fácil de distraer.
—Contigo, sí.
Se quedaron unos segundos riéndose de aquello hasta que Isabel intentó recuperar el hilo.
—A ver. La mezcla de Dorado era cincuenta y cinco de parcela alta, treinta de parcela baja, diez de parcela sur y cinco de garnacha.
—Eso suma cien.
—Gracias, Raúl. Menos mal que estás tú.
—Solo estaba comprobándolo.
—Porque no te acordabas.
—Me acuerdo perfectamente.
—¿Seguro?
Raúl levantó una mano y empezó a contar con los dedos, pero al llegar al tercer porcentaje se quedó dudando.
Isabel lo miró en silencio hasta que los dos volvieron a reírse.
—Mañana Nuria nos despide —dijo ella.
—A ti no puede despedirte.
—Entonces te despide a ti.
—Eso sí puede.
Isabel dejó la copa junto a la de Raúl porque ya no confiaba demasiado en no volcarla y se acomodó frente a él sobre la manta.
—Siguiente confesión.
—Esto se está convirtiendo en un interrogatorio.
—Te está gustando.
Raúl no lo negó.
—Cuando se te cayó el tirante por primera vez pensé que lo ibas a subir enseguida.
—Y no lo subí.
—Ya.
—¿Qué pensaste?
Raúl sonrió antes de responder.
—Que si seguías así iba a tener que salir de la bodega.
Isabel acercó las rodillas a las de él.
—Yo pensé que ibas a venir a colocármelo.
—Delante de Mercedes, Ginés y Nuria.
—No he dicho que fuera una buena idea.
—Habría sido una idea pésima.
—Pero la pensaste.
Raúl la miró de arriba abajo sin molestarse ya en disimular.
—Pensé cosas bastante peores.
La risa de Isabel se hizo más baja.
—¿Como cuáles?
—Esa ya es otra pregunta.
—Y tú todavía me debes varias respuestas.
Raúl se acercó lo suficiente para rozarle la boca sin llegar a besarla.
—Pensé en quitarte el vestido.
Isabel sostuvo la mirada.
—Eso ya lo habías pensado antes.
Raúl bajó los ojos al escote sin molestarse en fingir.
—También pensé en apartártelo, tocarte el pecho y chuparte los pezones hasta que dejaras de hacerte la graciosa.
Isabel notó cómo la risa se le quedaba a medias.
—Yo pensé en dejarte hacerlo.
Esta vez ninguno se rio de inmediato. Raúl le pasó una mano por la cintura y ella se acercó un poco más.
—¿Cuándo? —preguntó él.
—Cuando estabas explicándole a Ginés que no podía beberse todas las muestras. Te pusiste muy serio.
Raúl soltó una risa breve.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Ya te he dicho que estoy achispada.
—Esa explicación te está sirviendo para todo.
—Pienso seguir utilizándola.
Raúl terminó de acortar la distancia y la besó. Isabel respondió todavía sonriendo, pero el beso se alargó. Cuando se separaron, Raúl seguía con una mano en su cintura.
—Te toca —murmuró Isabel.
—Ya no me acuerdo de las reglas.
—Yo tampoco.
—Mejor.
Volvieron a besarse y esta vez Isabel pasó los brazos alrededor de su cuello. Raúl la atrajo hacia él y el tirante terminó de caerle por el hombro.
—Ese maldito tirante —dijo él.
Isabel sonrió contra su boca.
—Lleva toda la tarde trabajando más que nosotros.
Raúl lo rozó con los dedos.
—Ha hecho un trabajo excelente.
—No sé si Nuria estaría de acuerdo con esa evaluación técnica.
—Nuria mañana no tiene por qué enterarse de nada.
Isabel lo miró.
—Raúl, hemos salido con una manta.
Él cerró los ojos un instante.
—Es verdad.
Apenas pudieron mantener la distancia. Isabel lo besó de nuevo y las manos de Raúl empezaron a recorrerla con mucha menos prudencia que antes. Ella le desabrochó un botón de la camisa, luego otro, y cuando él intentó decir algo le tapó la boca con otro beso.
—¿No querías seguir con el interrogatorio? —preguntó Raúl al separarse apenas.
—He cambiado de metodología.
—Muy profesional.
—Cállate.
Raúl obedeció durante unos segundos. Después volvió a besarla mientras Isabel terminaba de abrirle la camisa y él la hacía tumbarse sobre la manta.
Al intentar colocarse entre sus piernas, una rodilla se enganchó en el borde y estuvieron a punto de volcar una de las copas que habían dejado demasiado cerca.
Isabel la apartó de un manotazo justo a tiempo.
—Esto está saliendo elegantísimo —murmuró ella.
—Culpa del vino.
—No. Esa excusa es mía.
Raúl volvió a besarla todavía sonriendo, pero la risa le duró poco. Isabel le pasó las manos por el pecho desnudo y siguió bajando hasta la cintura del pantalón. Él dejó escapar el aire contra su boca y le sujetó la cadera con más fuerza.
—Una última pregunta —dijo ella, aunque ya respiraba demasiado deprisa para fingir que seguía dirigiendo ningún interrogatorio.
Raúl apoyó la frente en la suya.
—No prometo contestar bien.
—Cuando dije Dorado, ¿qué pensaste?
Él tardó un poco más esta vez. Le apartó un mechón de pelo de la cara antes de responder.
—Que quería seguir teniendo tardes así contigo durante muchos años.
Isabel dejó de sonreír al oírlo.
—Eso no es nada gracioso.
—Lo sé. Me he estropeado al final.
Ella le acarició la cara.
—Pues arréglalo.
Raúl la besó de nuevo, le bajó el tirante que llevaba toda la tarde amenazando con caerse, apartó la tela del vestido y le cubrió un pecho con la mano.
El pulgar le rozó el pezón una vez, después otra, y la sonrisa de Isabel empezó a desaparecer.
Raúl bajó la boca y cerró los labios alrededor de él.
Lo chupó despacio primero, jugando con la lengua hasta endurecerlo, mientras con la otra mano acariciaba el otro pecho.
Después cambió y repitió lo mismo en el otro pezón, con una dedicación que a Isabel le hizo arquearse hacia él y agarrarse a sus hombros.