La cosecha que nos quedaba Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

—Mercedes me ha dicho que había vino.

—He dicho que había una cata —respondió Mercedes desde detrás de él.

Entró con una bandeja de pan cortado y cinco vasos de agua. Isabel la miró.

—¿Tú también?

Mercedes dejó la bandeja en una esquina de la mesa.

—Llevo veinte años aquí. Alguna opinión me habré ganado.

Raúl no discutió. Colocó cinco copas delante de ellos y Nuria repartió las hojas de anotaciones.

Isabel había bajado al terminar unas llamadas con un vestido de flores que se había puesto aquella mañana por el calor, ligero y con un escote bastante más abierto de lo que solía llevar para trabajar.

Raúl había intentado no mirarlo desde que entró en la bodega.

Lo consiguió durante menos de un minuto.

Ella lo vio bajar los ojos y volvió a la hoja como si no hubiera pasado nada.

—No vamos a probar al azar —explicó Raúl—. Primero buscamos una base y después corregimos. Las cantidades son pequeñas. Si queréis opinar dentro de una hora, no os bebáis cada copa como si estuviéramos celebrando una boda.

Ginés levantó el vaso de agua.

—Ya empiezas mandando.

—Porque te conozco.

La primera mezcla llevaba un sesenta por ciento de parcela alta, un veinticinco de parcela baja y un quince de parcela sur. Nuria la preparó con precisión, removió despacio y sirvió apenas un fondo en cada copa.

Raúl olió antes de probar. Isabel lo imitó y Ginés hizo lo mismo con tanta concentración que Mercedes terminó mirándolo de reojo.

—¿Qué? —preguntó él.

—Nada. No te había visto poner esa cara ni en una misa.

Ginés probó.

—Pues a mí me raspa.

Nuria anotó algo.

—Eso es bastante más útil que fingir que notas violetas.

Mercedes acercó la copa a la nariz y después bebió un sorbo pequeño.

—Tiene fuerza, pero yo no me bebería dos seguidas.

Raúl miró a Isabel.

—¿Tú?

—Fruta negra. Y al final me seca la boca.

—Tanino —dijo Nuria—. La parcela alta todavía marca demasiado.

Raúl dejó su copa.

—Exacto. Tiene estructura, pero ahora mismo pesa.

La segunda redujo la parcela alta. La tercera aumentó la parcela baja y la cuarta incorporó un diez por ciento de garnacha.

Durante las primeras pruebas se mantuvieron bastante serios.

Probaban cantidades pequeñas, escupían parte, bebían agua y mordían un poco de pan entre una y otra.

Nuria anotaba porcentajes y sensaciones; Raúl corregía las mezclas; Isabel dejó de intentar buscar palabras técnicas y dijo simplemente qué le apetecía seguir bebiendo y qué no.

Ginés decidió que esa era también su metodología.

—Esta me gusta más.

—¿Por qué? —preguntó Nuria.

—Porque sí.

—Eso no lo puedo apuntar.

—Pues pon que Ginés se bebería una botella.

Mercedes se echó a reír.

—Eso tampoco discrimina mucho.

Cuando llevaban cinco combinaciones, ya habían descartado dos y tenían otras tres encima de la mesa. Fue entonces cuando Mercedes desapareció hacia la cocina y regresó con una tortilla cortada, queso, tomate aliñado y más pan.

Raúl la miró.

—El queso nos va a cambiar la boca.

—Pues dejáis de hacer de enólogos diez minutos y coméis. Lleváis toda la mañana aquí y conozco a cuatro de los cinco lo suficiente para saber que vais a seguir probando.

Nuria cogió un trozo de tortilla.

—Yo estoy con Mercedes.

Ginés ya estaba comiendo antes de que nadie terminara de hablar.

Pararon. Comieron, bebieron agua y dejaron que pasara un rato antes de volver a las copas.

La cata siguió siendo trabajo, pero la rigidez de la primera hora empezó a desaparecer.

Habían probado lo suficiente para que los pequeños sorbos que sí se tragaban se notaran, y cada vez resultaba más difícil mantener la solemnidad cuando Ginés olía una copa como si estuviera interrogándola o Mercedes le quitaba el bolígrafo porque había escrito dos veces el mismo número.

—No estoy borracho —protestó él.

—No he dicho que lo estés.

—Lo has pensado.

—He pensado que ya no sabes cuál era la seis.

Nuria apoyó los codos en la mesa y se rió.

Isabel llevaba un rato con las mejillas calientes y sabía que no era solo por el vino.

Cada vez que se inclinaba sobre las probetas, notaba la mirada de Raúl bajar un instante hacia el escote antes de obligarse a volver a las cifras.

Habían pasado semanas desde la camiseta blanca y todavía conseguía perder la concentración con la misma facilidad.

En un momento, Mercedes salió otra vez y regresó con unas aceitunas y un plato de jamón.

—¿Cuánta comida tienes preparada? —preguntó Isabel.

—La suficiente para que mañana nadie diga que la culpa fue mía.

—Ya es culpa tuya —dijo Ginés—. Si no hubieras traído tortilla, habríamos terminado hace una hora.

—Si no hubiera traído tortilla, tú llevarías una hora debajo de la mesa.

Raúl se rio y tuvo que dejar la copa porque casi la volcó.

A Isabel le gustó verlo así. Desde el granizo había habido días en los que todos parecían moverse con el cuerpo preparado para la siguiente mala noticia.

Aquella tarde estaban discutiendo un vino que existía porque habían conseguido salvar la cosecha, y por una vez nadie tenía delante una factura urgente ni una llamada del banco.

Mercedes sacó entonces una de las libretas antiguas de la madre de Isabel que habían dejado en el despacho. Había encontrado entre los nombres de clientes varias notas sobre cosechas anteriores.

—Mira esto.

Isabel reconoció la letra enseguida.

Parcela alta muy seria este año. Mezclar con parcela baja para no perder fruta.

Raúl se acercó para leer por encima de su hombro.

—Es justo lo que estamos haciendo.

—Tu madre entendía bastante más de esto de lo que muchos le reconocían —dijo Mercedes—. Y tenía mejor memoria que todos nosotros juntos.

—He encontrado también unos papeles y otras cosas de tu madre en el despacho de arriba —añadió Mercedes—. Mañana te los enseño con calma.

—Eso tampoco es difícil —respondió Ginés.

Mercedes le dio un golpe suave con la libreta en el brazo.

Nuria preparó otra combinación: cincuenta y cinco por ciento de la parcela alta, treinta de la parcela baja, diez de la parcela sur y cinco de garnacha. Esperaron, removieron y volvieron a servirse.

Esta vez el silencio duró un poco más.

Isabel fue la primera en dejar la copa.

—Esta sí.

Raúl volvió a probar antes de responder.

—Aquí hay algo.

Nuria asintió.

—La parcela alta sigue mandando, pero la parcela baja le quita dureza y la garnacha abre un poco la fruta.

Mercedes tomó otro sorbo.

—Y yo sí me bebería dos copas.

Ginés levantó la suya.

—Yo también.

—Tú te beberías dos de todas —dijo Nuria.

—Por eso mi opinión es constante.

La risa les deshizo lo poco que quedaba de formalidad.

Repitieron la mezcla para comprobar que no era el efecto de llevar toda la tarde probando.

Volvió a funcionar. Raúl, todavía con la cabeza bastante clara para no dar nada por cerrado, anotó la fórmula como referencia y escribió al lado que la repetirían a la mañana siguiente antes de enviarla a nadie.

—Ahora podemos discutir el nombre —dijo Isabel.

—Eso sí que no lo pienso decidir con porcentajes —respondió Ginés.

Fueron saliendo propuestas mientras comían lo que quedaba de la tortilla. Algunas duraron menos de diez segundos. Nuria rechazó dos porque parecían nombres de urbanizaciones. Mercedes dijo que uno sonaba a perfume barato. Raúl propuso dejarlo para otro día y nadie le hizo caso.

Isabel cogió su copa y se acercó a la puerta de la bodega. El sol estaba bajando y la luz caía de lado sobre las hojas de las viñas, amarilla y cálida, mucho más suave que unas semanas antes.

—Dorado —dijo.

Detrás de ella hubo unos segundos de silencio.

Raúl se acercó con su copa.

—Dorado.

Nuria lo repitió y miró la etiqueta provisional.

—A mí me gusta.

Mercedes asintió.

—Es de aquí.

Ginés levantó la copa.

—Y se puede recordar mañana, que también ayuda.

Raúl cogió el rotulador y escribió DORADO en la etiqueta de la botella de referencia. Nadie propuso otro nombre. Acordaron que, si la mezcla seguía funcionando a la mañana siguiente, aquella sería la dirección del vino y Dorado se quedaría.

—A esto sí podemos brindar —dijo Mercedes.

Sirvió cantidades pequeñas de la mezcla y levantaron las cinco copas. Brindaron por la cosecha que habían conseguido salvar, por seguir teniendo una salida para la finca y, después de que Ginés insistiera, por la tortilla de Mercedes.

A esas alturas estaban todos algo achispados y ninguno tenía ya cabeza para seguir tomando decisiones técnicas.

El vino les había aflojado la risa y la lengua.

Nuria, que normalmente medía cada palabra en la bodega, acabó contando cómo el año anterior había confundido dos cajas de muestras y había pasado media hora convencida de que un depósito había desarrollado en una noche un problema imposible.

Ginés se rio tanto que tuvo que sentarse.

Mercedes también estaba más alegre de lo habitual. Miró a los cuatro alrededor de la mesa, con platos, copas, hojas llenas de números y una botella en la que acababan de escribir DORADO, y negó con la cabeza.

—Si tu padre entra ahora por esa puerta, nos echa a todos.

Isabel se rio.

—Mi madre se sentaría.

Mercedes la miró un momento.

—Eso seguro.

La frase no entristeció a nadie. Isabel pensó en su madre allí, opinando sobre una mezcla, corrigiendo a su padre, recordando quién compraba cada vino.

Aquella vez la idea no le dolió de la misma manera.

Le habría gustado que estuviera allí, pero pudo seguir sentada con los demás sin que el recuerdo le estropeara la tarde.

Raúl se acercó para coger la botella que estaba junto a Isabel y su brazo rozó el de ella.

El contacto fue mínimo, pero Isabel notó enseguida cómo cambiaba la expresión de él cuando bajó la vista al vestido.

El escote se había desplazado un poco durante la tarde y uno de los tirantes estaba más cerca del hombro de lo que había estado al empezar.

Isabel inclinó la cabeza.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso no es nada.

Raúl bebió un poco de agua.

—Luego.

Isabel sonrió y volvió con los demás.