Capítulo 28
Los días posteriores a aquella cena no trajeron ninguna solución espectacular, pero sí algo que la finca llevaba semanas sin tener: una forma de trabajar que no cambiaba cada mañana por culpa de una urgencia nueva.
El banco había dado por suficiente la parte comercial del expediente y, mientras esperaban la valoración del seguro, dejó de pedirles documentos nuevos cada dos días.
Isabel seguía revisando el correo con la misma atención, pero ya no necesitaba rehacer una previsión cada vez que sonaba el teléfono.
El plan que habían enviado se mantenía en pie y eso les permitió empezar a trabajar con él en lugar de seguir defendiéndolo.
Nuria asumió el control de los lotes y la trazabilidad como habían acordado.
Desde entonces las entradas, las analíticas, las muestras y las cantidades reservadas para cada canal pasaban por ella.
Raúl seguía tomando las decisiones de elaboración con Nuria, pero dejó de comprobar después cada dato por su cuenta.
Al principio le costó más de una vez contenerse y no volver a revisar una hoja que ella ya había cerrado; a la tercera vez que se acercó al laboratorio con esa intención, Nuria levantó la vista y le preguntó si necesitaba algo. Raúl dijo que no y siguió de largo.
Ginés también fue dejando de aparecer en todas partes a la vez.
Continuó con las reparaciones urgentes y con los proveedores de campo, pero empezó a pasarle a Nuria las entregas que afectaban a los lotes y a avisar antes de mover material.
Protestó durante dos días por tener que apuntar cosas que llevaba treinta años recordando de memoria y al tercero apareció con una libreta pequeña en el bolsillo.
La venta directa avanzó despacio, que era justo lo que Isabel quería.
No pretendían vender un vino que todavía no existía.
Fueron llamando a los contactos antiguos por tandas, descartando números que ya no servían y dejando anotados los que querían que los avisaran cuando la nueva añada estuviera lista.
El restaurante de Barbastro confirmó que cataría el vino y el contacto de Monzón pidió también que le mandaran una muestra cuando la tuvieran.
No eran pedidos, pero ya tampoco eran nombres perdidos en una libreta.
Mercedes se acordaba de algunos clientes mejor que las propias anotaciones y, de vez en cuando, aparecía en el despacho para corregir una dirección, explicar quién pagaba tarde o avisar de que a determinado hombre no merecía la pena llamarlo porque llevaba años diciendo que iba a comprar y nunca compraba.
Isabel terminó creando una ficha para cada contacto y dejó de sorprenderse cuando Mercedes completaba datos que no figuraban en ningún papel.
En la bodega, el ritmo también cambió. La vendimia había dejado de mandar sobre cada hora del día y el trabajo se concentró en seguir los vinos.
Nuria controlaba temperaturas y analíticas; Raúl probaba los lotes con ella y decidían cuándo trasegar; Isabel entraba y salía entre la bodega y el despacho sin necesitar que nadie la llamara para cada decisión.
Algunas mañanas trabajaba varias horas con los números y otras podía bajar a probar una muestra sin sentir que estaba abandonando una factura urgente.
La maloláctica avanzó con normalidad en los distintos lotes.
El de la parcela baja terminó antes y el de la parcela sur fue el último.
Nadie quiso acelerar el proceso para cumplir una fecha.
Andreu preguntó una vez cómo evolucionaban los vinos y Raúl le respondió que todavía no había muestra que mereciera la pena enviar. Andreu aceptó esperar.
Para las pruebas de mezcla, las dos partidas limpias de la parcela sur que habían entrado antes del granizo se trabajaban ya como un único lote, después de comprobar en las catas y analíticas que evolucionaban de forma compatible.
La partida elaborada con la uva salvada después de la tormenta seguía separada y no entraría en Dorado.
También las reparaciones dejaron de ocupar todas las conversaciones.
Los tramos urgentes ya estaban estabilizados y el resto permanecía documentado a la espera de la valoración del seguro.
Ginés llevaba una lista clara de lo que habría que sustituir de forma definitiva y de lo que podía aguantar.
Desde la tormenta, Isabel no había conseguido pasar junto a la parcela sur sin calcular mentalmente cuánto costaría cada poste.
Ahora podía mirarla sin hacer cuentas a cada paso.
Con Raúl, la intensidad no disminuyó. Trabajaban muchas horas dentro de la misma finca y podían pasar una mañana entera cada uno ocupado en una punta distinta.
Cuando se cruzaban en la bodega, en el despacho o junto a la cocina, una mirada podía durar más de la cuenta.
Seguían deseándose con la misma fuerza y se buscaban siempre que podían.
Alguna vez un beso que debía durar unos segundos acababa obligándolos a recordar que estaban trabajando y que cualquiera podía aparecer por la puerta.
Por las noches, salvo que el cansancio los venciera de verdad, volvían a buscarse con la misma pasión.
El deseo no se había calmado; simplemente ya convivía con todo lo demás.
Lo que sí había cambiado era la confianza.
Se conocían mucho mejor, sabían cuándo el otro necesitaba discutir una decisión y cuándo necesitaba que lo dejaran terminar una idea, qué preocupaciones era mejor hablar en ese momento y cuáles podían esperar hasta después de cenar.
Isabel seguía empujando cuando veía una posibilidad y Raúl continuaba siendo más prudente, pero empezaban a complementarse con una facilidad que no habían tenido al principio.
Él frenaba algunas de sus prisas y ella conseguía que Raúl no confundiera cautela con quedarse quieto.
Incluso cuando no estaban de acuerdo, ninguno interpretaba ya cada discusión como una amenaza para lo que tenían.
Casi todas las noches cenaban con Mercedes.
Se había convertido en el centro natural de aquella rutina: preguntaba cómo habían ido los depósitos, se enteraba de una factura antes que ellos y protestaba si alguno pretendía sentarse a la mesa después de haber pasado el día con café y cualquier cosa.
Con Raúl llevaba tantos años ejerciendo ese cuidado que él apenas lo discutía; con Isabel había recuperado gestos que recordaban demasiado a una madre como para que ella no los notara.
Mercedes no intentaba ocupar el lugar de nadie, pero para ambos era familia y ya no había que explicarlo.
Después de cenar, Raúl se quedaba casi siempre en la finca con Isabel.
Algunas noches se iban a su casa, sobre todo cuando querían cambiar de escenario o él necesitaba recoger ropa y resolver algo allí, pero lo habitual era que terminaran arriba, juntos, después de apagar las últimas luces.
Había noches en las que apenas llegaban a la cama antes de empezar a besarse y otras en las que el agotamiento podía más y se dormían abrazados sin fuerzas para nada.
Alguna noche, antes de subir, salían unos minutos al patio y Raúl seguía señalándole estrellas; a esas alturas Isabel ya sabía encontrar Casiopea sin que él tuviera que indicársela.
A la mañana siguiente volvían a trabajar como siempre, con una intimidad cada vez más natural entre ellos y con la sensación de que no tenían que elegir entre quererse con intensidad y funcionar bien juntos.
El plazo de Madrid siguió corriendo durante todo ese tiempo.
Isabel ya sabía que quería aceptar la propuesta.
Lo que necesitaba comprobar durante aquellas semanas era que la finca podía funcionar mientras ella estuviera fuera.
Nuria llevaba cada vez con más autonomía el control de lotes y la trazabilidad, Ginés se ocupaba de su parte y las responsabilidades estaban mucho mejor repartidas.
Isabel podía seguir llevando desde Madrid las cuentas, los contratos y los clientes sin que cada decisión tuviera que esperar a que regresara a la finca.
Al final de la tercera semana, cuando ya solo quedaban unos días para contestar al despacho, Nuria dejó varias hojas de analíticas sobre la mesa de la bodega y llamó a Raúl antes incluso de quitarse la chaqueta.
—La maloláctica ha terminado en los lotes de la parcela alta, la parcela baja, la parcela sur y la garnacha que dejamos aparte. He repetido el análisis de ácido málico y ya están confirmados. El lote de la parcela baja llevaba días estable; el de la parcela sur ha sido el último.
Raúl cogió las hojas y las leyó una por una.
Isabel estaba al otro lado de la mesa, revisando el correo del banco, y apartó el correo al oírlo.
A medida que cada lote había terminado, lo habían trasegado para separarlo de las lías gruesas y habían ajustado el sulfuroso antes de dejarlo asentarse de nuevo.
—¿Eso significa coupage?
—Significa que podemos empezar a buscarlo —dijo Raúl—. No que hoy vayamos a decidir el vino definitivo.
Nuria señaló las cifras con el dedo.
—La parcela alta está muy concentrada. Al final entró menos fruta de la prevista y seleccionamos mucho, así que ha quedado por encima de lo que esperábamos. La parcela sur tiene menos estructura, pero está más abierta. Y el lote de la parcela baja tiene fruta suficiente para levantar las dos.
Isabel cerró el portátil y apartó el correo del banco.
—Entonces hoy sí quiero entender bien qué estamos haciendo.
Raúl la miró antes de acercar las probetas.
—Hoy no vas a mirar desde fuera.
Prepararon una mesa larga en la bodega con probetas graduadas, copas, una libreta y cuatro jarras pequeñas, una por cada lote.
Nuria rotuló las cuatro jarras con el origen de cada uno: parcela alta, parcela baja, parcela sur y la garnacha que habían mantenido aparte.
Raúl dejó agua, pan sin condimentar y un recipiente para desechar el vino entre las primeras pruebas.
—Esto no va a ser una merienda —advirtió cuando vio aparecer a Ginés por la puerta.