La cosecha que nos quedaba Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Isabel cerró el portátil. Después de semanas de correos que siempre traían más trabajo, aquella respuesta del banco eliminaba una tarea en lugar de añadir tres nuevas.

Mercedes los llamó para cenar. Ginés y Nuria ya se habían marchado, así que se sentaron los tres en la cocina. Había preparado una tortilla, pimientos asados y una ensalada de tomate. No había carpetas sobre la mesa ni teléfonos junto a los platos.

—Bueno —dijo Mercedes cuando llevaban unos minutos comiendo—. Contadme qué habéis arreglado hoy. Lleváis cara de haber salido de una notaría.

Isabel le contó lo del banco, los contactos que seguían activos en la libreta de su madre, el restaurante de Barbastro interesado en catar, el contacto de Monzón y el reparto de cantidades.

También le explicó que Nuria asumiría desde ese momento el control de los lotes y la trazabilidad y que la habían incluido en la previsión anual.

Mercedes dejó el tenedor.

—Ya era hora de que alguien pusiera por escrito todo lo que hace esa chica.

—Todavía tenemos que hablar con el gestor del contrato cuando sepamos qué aprueba definitivamente el banco —dijo Isabel—. Pero no quiero que llegue noviembre y siga pareciendo que solo viene para vendimia.

Raúl asintió.

—Y Ginés puede quedarse cada vez más con mantenimiento, proveedores de campo y la gente que entra por temporadas. No necesita cargar cajas doce horas para seguir siendo imprescindible aquí.

Mercedes miró primero a uno y después al otro.

—Os ha costado bastante descubrir que una finca no se lleva entre dos personas agotadas.

Isabel bajó la vista al plato.

—Yo estaba intentando hacerlo.

—Y yo llevo años haciendo lo mismo —dijo Raúl.

—Pues dejad de competir a ver quién acaba antes reventado —respondió Mercedes—. Tu padre también tenía esa manía.

Isabel pensó en la libreta que habían encontrado.

—Mi madre llevaba mucho más de lo que yo sabía.

Mercedes se apoyó en el respaldo de la silla.

—Tu madre llevaba clientes, pedidos, comidas, cuentas pequeñas que luego no eran tan pequeñas y media agenda de gente que solo compraba porque ella se acordaba de llamar.

Tu padre sabía perfectamente que la finca funcionaba mejor cuando ella estaba pendiente de todo eso, aunque no siempre supiera decirlo.

—Yo siempre pensé que él llevaba la finca y ella lo ayudaba.

—Porque eso era lo que parecía desde fuera.

Pero aquí nunca hubo una sola persona sosteniéndolo todo.

Tu padre llevaba unas cosas, tu madre otras, Ginés veía problemas antes de que llegaran a la oficina y yo me enteraba de lo que faltaba porque acababa pasando por la cocina.

Cuando tu madre murió y luego tu padre empezó a encontrarse peor, lo que hacían entre varios fue cayendo sobre quien estaba más cerca.

Isabel la miró un momento.

—Y tú también has sostenido esto, Mercedes. Los proveedores, las facturas, los pedidos, las comidas, saber quién entraba y quién salía y qué faltaba antes de que nadie preguntara. Llevo semanas descubriendo cosas que hacías y que yo ni siquiera sabía que había que hacer.

Mercedes apartó la mirada hacia su plato.

—Eran cosas que había que hacer.

—Sí, pero las hacías tú —respondió Isabel—. Y también cuentan.

Mercedes volvió a mirarla y asintió despacio.

—Pues ahora que lo sabes, acuérdate de repartir también esas. No sirve de mucho sacar trabajo de encima a Raúl o a Nuria si acaba cayendo en otra persona sin que nadie se dé cuenta.

Raúl dejó el tenedor.

—Y muchas cosas acabaron cayendo sobre mí.

—Sí. Y te acostumbraste.

Raúl no lo negó.

Mercedes volvió la mirada hacia Isabel.

—Y ahora has llegado tú con la misma costumbre, pero con un portátil.

Isabel soltó una risa breve.

—Puede ser.

—Puede ser, no. Es. Por eso me alegra que hoy hayáis repartido trabajo en vez de quedaros hasta las dos de la mañana intentando hacerlo vosotros.

Durante unos segundos siguieron comiendo.

La conversación ya no tenía el tono de una reunión.

Mercedes les preguntó cuánto podía cambiar todavía el vino antes de que Andreu recibiera una muestra, Raúl le explicó que acababa de empezar la maloláctica y que todavía tenían que esperar, e Isabel le contó que el banco ya no les exigía buscar otro comprador para demostrar que había mercado.

—Eso sí es una buena noticia —dijo Mercedes—. Llevamos semanas hablando de ese banco como si viviera alguien dentro esperando a fastidiarnos.

—A veces lo parece —respondió Isabel.

Mercedes señaló hacia ella con el tenedor.

—Y tú, ¿qué vas a hacer con Madrid?

Isabel dejó el vaso sobre la mesa antes de responder.

—Si la propuesta sigue como me la plantearon, voy a aceptar.

Raúl levantó la vista. Isabel continuó sin apartar los ojos de Mercedes.

—La base son tres días a la semana allí.

Algunas semanas podrán ser dos si la agenda lo permite y otras podrán ser cinco si hay una vista, una negociación o el equipo me necesita.

Me lo dejaron bastante claro. No puedo aceptar una coordinación así pensando que todos los jueves por la noche voy a estar de vuelta.

Mercedes la observó un instante.

—¿Y quieres hacerlo?

—Sí. Me preocupa cómo vamos a encajarlo todo, pero quiero ese trabajo. Llevo muchos años trabajando para llegar a algo así y, cuando estuve allí estos dos días, me acordé de cuánto me gusta.

Raúl bajó la mirada hacia el plato y después volvió a mirarla.

—Lo sé.

Isabel rozó con los dedos el borde del vaso.

—Por eso también quiero dejar esto bien organizado.

Podré seguir llevando parte de las cuentas, los contratos y los clientes aunque esté en Madrid, pero la finca no puede esperar a que yo vuelva para cada decisión.

Nuria tiene que poder llevar lo suyo, Ginés lo suyo y aquí todos tenéis que saber qué queda en manos de cada uno.

—Eso es justo lo que habéis empezado a hacer hoy —dijo Mercedes.

—Sí. Si una semana me toca estar cinco días fuera, quiero saber que aquí no se paraliza nada.

Mercedes asintió.

—Entonces hazlo así.

Isabel la miró.

—Pensaba que me dirías que no me fuera.

—¿Para qué? Has trabajado muchos años para llegar ahí y se te nota que lo quieres. Lo único que no debes hacer es engañarte pensando que tres días van a ser siempre tres.

—No me engaño. Ya sé cómo funciona el despacho.

Raúl dejó el tenedor.

—Y nosotros tendremos que aprender a organizarnos con eso.

Isabel sostuvo su mirada. Ninguno añadió que organizar el trabajo sería bastante más sencillo que acostumbrarse a no verse cada día.

Mercedes tomó un poco de agua y dejó el vaso sobre la mesa.

—Y con Madrid, haced lo mismo que habéis hecho hoy con el trabajo: no esperéis a estar agotados para hablar de cómo os afecta.

Isabel miró a Raúl.

—Lo estamos hablando —dijo él.

—Bien. Porque una cosa es repartir tareas y otra pensar que no vais a notar cuando ella pase varios días fuera.

—Lo sabemos —respondió Isabel.

Mercedes asintió.

—Entonces no tengo nada más que decir.

Isabel miró alrededor. La cocina seguía siendo la misma en muchos detalles: el armario de madera, las tazas colgadas y la mesa en la que había desayunado de niña.

Raúl estaba sentado frente a ella y Mercedes a su lado.

La escena se parecía poco a la que había imaginado cuando llegó con la maleta pensando que solo tenía que decidir qué hacer con la finca.

Después siguieron cenando. Hablaron del granizo y de lo cerca que habían estado de perder más cosecha, de Andreu y su manera de apretar cada condición, de Ginés empeñado en seguir haciendo trabajos que ya no debía hacer y de una de las notas de la libreta que recomendaba no llamar a un cliente a la hora de la siesta porque se enfadaba.

Cuando terminaron, Isabel recogió los platos. Raúl se puso a secar mientras Mercedes guardaba lo que había sobrado. Los tres se movieron por la cocina sin organizarse, como si llevaran mucho tiempo haciéndolo así.

—Mañana seguimos con lo que falte —dijo Isabel.

Mercedes apagó la luz de la encimera.

—Mañana seguís. Hoy ya habéis hecho bastante.

Esta vez Isabel no abrió el portátil otra vez.