La cosecha que nos quedaba Epílogo #2
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Epílogo #2

Eso seguía importándole mucho. Aquel domingo no había dado la vuelta porque la finca fuera a hundirse en cuanto ella se marchara.

El banco estaba encarrilado, el seguro resuelto, Andreu había firmado y el trabajo estaba repartido.

Había conseguido poder irse. Por eso nunca confundía su regreso con una obligación: se había quedado porque quería levantarse allí, trabajar desde aquel despacho, sentarse a aquella mesa, discutir cuentas y vendimias con los demás y terminar el día con Raúl.

Después de comer volvió al despacho durante dos horas.

Revisó un contrato de distribución para una empresa de Zaragoza, preparó una reclamación y atendió una llamada de una clienta que quería cerrar una negociación antes del viernes.

Cuando terminó, no cerró el portátil con alivio por escapar del trabajo. Había disfrutado de la tarde.

A las seis bajó a la bodega y acompañó a Nuria en la última revisión de muestras. Raúl apareció cuando estaban terminando.

—¿Vienes a la parcela alta?

Isabel dejó la hoja que tenía en la mano.

—Voy.

Caminaron los tres hasta las cepas viejas. Nuria tomó las muestras mientras Raúl revisaba racimos y hojas. Isabel llevaba la libreta con los datos de las dos campañas anteriores y fue anotando las cifras que Nuria le iba dando.

Cuando terminaron, Nuria volvió hacia la bodega con las bolsas de muestras y los dejó solos unos minutos.

—Hace un año no sabías ni dónde estaba Casiopea —dijo Raúl.

Isabel levantó la cabeza. Todavía no había anochecido del todo.

—Y tú aprovechabas cualquier excusa para hacerte el interesante.

—Funcionó.

—Más o menos.

Raúl se acercó y le quitó una hoja seca que se le había enganchado en el pelo. Isabel le sujetó la muñeca antes de que retirara la mano y lo besó.

El beso se alargó. Raúl le rodeó la cintura y ella apoyó las manos en su pecho.

El deseo seguía apareciendo con una facilidad que ninguno había intentado corregir, pero aquella tarde no tenían una puerta que cerrar ni una mesa de cata vacía cerca.

Desde la bodega llegaba la voz de Ginés preguntando por una llave y Mercedes acababa de encender la luz de la cocina.

Raúl apoyó la frente contra la suya.

—Esta noche.

—Más te vale.

Él sonrió y le dio otro beso más corto.

Cuando empezaron a regresar, el cielo ya se había oscurecido lo suficiente. Isabel buscó hacia el norte y encontró Casiopea sin detenerse.

Raúl siguió la dirección de su mirada.

—A ver.

—¿Qué?

—Señálamela.

Isabel levantó la mano y marcó las cinco estrellas.

—Esa.

—Bien.

—No pongas esa cara. Llevo casi un año viéndola.

—Hace casi un año estabas convencida de que te ibas a Madrid.

Isabel bajó la mano.

—Lo estaba.

Raúl no respondió enseguida. Miró hacia el camino de entrada, apenas visible ya entre las viñas.

—A veces todavía pienso en el ruido del coche volviendo por ahí.

Isabel lo miró.

—¿Todavía?

—Sí.

Raúl se quedó unos segundos callado antes de continuar.

—Cuando te fuiste aquel domingo intenté convencerme de que no estaba pasando nada definitivo. Me habías dicho que volverías el viernes y yo sabía que Madrid era importante para ti. Había sido el primero en decirte que fueras, así que no tenía ningún derecho a estar enfadado porque lo hicieras.

—No estabas enfadado.

—No. Estaba hecho polvo.

Isabel apretó un poco la mano que él seguía sujetando.

—Entré en la nave porque no quería irme a casa. Ginés me habló de no sé qué pieza y tuve que pedirle que me lo repitiera. Llevabas fuera poco más de dos horas cuando oí el coche. Lo primero que pensé fue que te había pasado algo.

Isabel sonrió con los ojos ya húmedos.

—Y luego viste la maleta.

—Sí. Y no me atrevía a entenderlo. Te vi abrir el maletero, sacarla y dejarla en el suelo, y seguía pensando que igual te habías olvidado de algo y te ibas otra vez diez minutos después.

—Por eso me preguntaste si había vuelto.

—Por eso. Porque necesitaba oírtelo.

Isabel lo miró un momento sin hablar.

—Yo tampoco salí de aquí pensando que iba a volver dos horas después. Quería ese puesto. Quería el arbitraje. Estaba orgullosa de que me lo hubieran ofrecido y sabía todo lo que había trabajado para llegar hasta allí.

—Lo sé.

—Y aun así, cuanto más me alejaba, más claro tenía que no quería vivir en Madrid y venir aquí cuando pudiera. Había pasado semanas consiguiendo que la finca funcionara sin mí, y lo había conseguido. Podía marcharme sin dejar a nadie tirado.

Raúl bajó la mirada hacia sus manos unidas.

—Eso fue lo que me costó entender al principio.

—¿Qué?

—Que no habías vuelto porque esto te necesitara.

Isabel negó despacio.

—Volví porque yo necesitaba otra vida. Quería seguir siendo abogada, pero quería vivir aquí.

Quería esta finca, quería a Mercedes, a Ginés y a Nuria, quería lo que habíamos construido entre todos y quería estar contigo.

Cuando di la vuelta, sabía que también volvía por ti.

Tú eras una parte enorme de la vida a la que quería regresar.

Raúl tensó la mandíbula durante un instante y después respiró hondo antes de mirarla de nuevo.

—Me habías dicho que me amabas y yo te había creído. Pero verte volver fue otra cosa. Creo que ese día entendí de verdad lo que significaba para ti lo nuestro.

Isabel se acercó un paso.

—Te elegí a ti también.

Raúl le acarició la mejilla con el pulgar.

—Ya lo sé. Y no tienes idea de lo que fue para mí poder saberlo sin habértelo pedido.

—Nunca me pediste que me quedara.

—No podía hacerlo. Si te quedabas porque yo te lo pedía, algún día podía darte miedo haber renunciado por mí. Necesitaba que fueras tú quien supiera qué quería.

—Lo supe cuando me fui.

Raúl sonrió apenas.

—Un poco tarde para mi corazón.

Isabel soltó una risa y lo besó. Raúl le rodeó la cintura y respondió despacio, sin prisa por separarse. Cuando el beso terminó, siguieron unos segundos con las frentes apoyadas.

Desde la casa llegaban voces, una puerta que se cerraba y el sonido de Mercedes colocando algo sobre la mesa.

—¿Vais a cenar o pensáis quedaros ahí hasta la vendimia? —gritó Mercedes desde la puerta.

Ginés respondió algo desde dentro y Nuria se echó a reír.

Isabel miró la cocina iluminada, las viñas oscuras y después a Raúl.

Casi un año antes había regresado por aquel camino con una maleta y sin saber todavía cómo resolvería el resto.

Había perdido cosas por aquella decisión y había tenido que construir otras desde cero, pero no había pasado un solo día deseando haber seguido conduciendo hacia Madrid.

—Vamos.

Entraron juntos. Mercedes había puesto cinco platos y Ginés y Nuria seguían discutiendo en la cocina. Isabel se sentó junto a Raúl y le rozó la rodilla con la suya mientras Mercedes empezaba a servir la cena.

Todo había comenzado con ocho semanas y una fecha para marcharse.

Casi un año después, Isabel seguía siendo abogada, la finca avanzaba sin depender de que ella decidiera cada detalle y Madrid continuaba a unas horas de distancia.

Ya no estaba esperando el momento de volver a su vida, porque la vida que había elegido estaba allí, entre su trabajo, aquella finca, la gente sentada a la mesa y Raúl a su lado.

FIN