Capítulo 26 #3
La posibilidad de que apareciera alguien no los enfrió. Después de tantas miradas contenidas, hizo justo lo contrario. Cada ruido los obligaba a detenerse unos segundos y cada pausa conseguía que, cuando se buscaban de nuevo, lo hicieran con más necesidad.
Ya no tenían ninguna intención de esperar a llegar a casa.
Raúl la penetró despacio allí mismo, sobre la mesa de cata, todavía atento a lo que ocurría al otro lado de la puerta.
La lentitud duró poco. Isabel lo abrazó con las piernas y se aferró a sus hombros mientras el ritmo aumentaba y la respiración de los dos perdía cualquier regularidad.
Otro ruido resonó en la nave y Raúl se quedó quieto. Isabel escuchó unos pasos que siguieron de largo antes de volver a mirarlo.
—No pares.
A partir de ahí dejaron de intentar recuperar aquella calma inicial. El ritmo creció con toda la urgencia que habían acumulado durante la cata. Isabel empezó a gemir contra el cuello de Raúl y él la sujetó con más fuerza, todavía pendiente de cualquier sonido que pudiera acercarse a la puerta.
—Nos van a pillar —consiguió decir ella entre gemidos.
Isabel soltó una risa entrecortada que terminó convertida en otro gemido.
Los pasos y las voces lejanas, en lugar de cohibirlos, acabaron añadiendo más excitación a todo lo que llevaban horas conteniendo.
Cada vez que tenían que detenerse durante unos segundos, la espera se volvía insoportable; cuando comprobaban que nadie se acercaba, retomaban el movimiento con más intensidad.
Isabel perdió el control primero y llegó al orgasmo todavía sentada sobre la mesa, aferrada a Raúl. Él apenas tuvo tiempo de bajar el ritmo antes de dejarse llevar también.
Después permanecieron abrazados, respirando con dificultad y escuchando todavía por pura costumbre lo que ocurría al otro lado de la puerta.
Raúl apoyó la frente contra la de Isabel.
—No vuelvas a ponerte ese vestido para negociar.
Ella empezó a reírse.
—¿Perdona?
—Casi tres horas, Isabel.
—Era una reunión de trabajo.
—Para ti.
Isabel arqueó una ceja.
—Para ti también.
—He negociado todo el rato pensando en quitártelo.
—Y has negociado bastante bien.
—Ha sido un milagro.
Isabel volvió a reírse y le acarició la nuca.
—Pues te vas acostumbrando. Pienso volver a ponérmelo.
—Eso me temía.
—Además, ha funcionado.
Raúl negó con la cabeza.
—Has conseguido lo que querías porque eres muy buena negociando. El vestido no tenía nada que ver con Andreu.
Su mirada bajó otra vez hacia el escote.
—El problema con el vestido era mío.
Isabel lo besó despacio. Se quedaron juntos unos minutos más, hasta que la respiración se normalizó y la urgencia de toda la mañana empezó por fin a bajar. Después ella se arregló el vestido y el pelo mientras Raúl iba a por la botella de agua que habían dejado junto a las copas.
Bebieron, recogieron lo que habían desplazado y comprobaron que la sala volvía a parecer una sala de cata. Solo entonces abrieron la puerta y regresaron al trabajo. Todavía quedaban depósitos que revisar y una carta de Andreu que esperar.
La carta de intenciones llegó a las seis y veinte.
Isabel la leyó dos veces. La redacción recogía casi todo lo acordado: reserva condicionada de hasta el cuarenta por ciento de la producción que finalmente clasificaran como premium, anticipo del veinte por ciento sobre la reserva confirmada, pago a treinta y cinco días, derecho preferente limitado y exclusividad solo para las cuentas que el distribuidor abriera y quedaran identificadas.
Faltaba una frase sobre la ausencia de volumen mínimo en campañas futuras.
Isabel respondió marcando el cambio y Andreu lo aceptó veinte minutos después.
A las siete y cuarto firmaron electrónicamente los tres: Andreu por la distribuidora, Isabel como propietaria y Raúl como responsable de producción en la parte técnica anexa.
Isabel envió el documento al banco antes de cerrar el portátil.
La respuesta no llegó de inmediato, aunque tampoco la esperaba.
Cenaron tarde con Mercedes, Ginés y Nuria porque habían terminado una reparación cerca de las nueve. Hablaron de la visita del perito, de las muestras y de lo que quedaba por hacer en la parcela sur, pero Isabel no anunció que la finca estuviera salvada porque no lo estaba.
—Tenemos una carta de intenciones firmada —dijo simplemente—. Es mejor que lo que teníamos ayer, pero todavía queda trabajo.
Nuria preguntó por las cantidades. Raúl explicó que no habían comprometido una cifra cerrada. Ginés quiso saber si eso significaba que habría trabajo en invierno y Isabel respondió con la misma prudencia.
—Significa que tenemos una posibilidad más seria de llegar bien. Cuando el banco conteste y sepamos el seguro, os podré decir más.
Después de cenar, Isabel subió a su habitación. Se duchó y dejó el móvil sobre la cómoda mientras se secaba el pelo. En la bandeja seguía el correo del despacho con la propuesta que le habían entregado el miércoles y el plazo de cuatro semanas para responder.
No lo abrió de nuevo. Raúl apareció en la puerta y ella levantó la mirada hacia él. La sonrisa de Raúl la devolvió por un instante a la sala de cata, y a Isabel se le escapó otra antes de apartar el móvil.
Raúl se acercó, la abrazó por la cintura y le dio un beso largo, mucho más tranquilo que los de aquella tarde. Isabel apoyó la frente en su pecho y se quedó así unos segundos.
—Menudo día —murmuró.
Raúl le acarició la espalda.
—Sí.
Se metieron en la cama y permanecieron juntos, piel con piel, todavía cansados por el trabajo y por todo lo demás. Isabel apoyó la cabeza en su hombro mientras Raúl le recorría el brazo con los dedos.
Más tarde, Isabel miró el móvil por costumbre. Del banco no había respuesta y no la esperaba hasta el lunes. Dejó el teléfono sobre la cómoda y volvió hacia Raúl.
—Mañana seguimos —dijo él.
Isabel lo besó antes de responder.
—Mañana.
Y esa noche no volvieron a hablar del banco.