La cosecha que nos quedaba Capítulo 26
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Capítulo 26

A las nueve menos diez, el coche del perito entró por el camino de la finca levantando una nube de polvo. Isabel ya tenía preparadas las fotografías, el inventario de daños, las facturas de las reparaciones urgentes y la tabla que Nuria había ido completando desde la mañana posterior a la tormenta.

Al llegar a la finca, Isabel había abierto por fin el correo del banco que llevaba sin leer desde que salió de casa de Raúl.

No traía una decisión: el director confirmaba que el expediente seguía pendiente de la valoración del seguro y de algún documento que acreditara el interés de un comprador.

Isabel lo dejó abierto en el portátil junto a la carpeta del siniestro.

El hombre se presentó como Julián Moreno, dejó una carpeta sobre el capó del coche y pidió empezar por la parcela sur.

No parecía tener prisa, pero tampoco perdió tiempo con explicaciones innecesarias.

Caminó las hileras dañadas con Raúl y Nuria, fotografió postes, alambres, sarmientos y zonas donde aún se veían racimos abiertos por el granizo, y preguntó qué parte de la uva se había podido recoger antes de la tormenta y qué parte se había perdido.

Isabel respondió solo cuando las preguntas entraban en la póliza, los gastos o la documentación.

Raúl y Nuria se ocuparon del campo. Ginés apareció a mitad del recorrido con dos de los postes provisionales que habían reutilizado y explicó de dónde los habían sacado y qué zonas seguían pendientes de una reparación definitiva.

Julián tomó notas durante casi dos horas y, cuando volvieron al patio, abrió la carpeta.

—La parte de las instalaciones está bastante clara —dijo—.

Los postes y el alambre afectados entran en la cobertura que tienen contratada, con los límites y la franquicia correspondientes.

La pérdida de producción es más complicada porque hay que diferenciar la uva que ya estaba recogida, la que se salvó después y la que se perdió realmente por el granizo.

Con la mano de obra urgente y los tratamientos posteriores tendremos que revisar qué parte admite la póliza.

—Tenemos registrados los pesos de entrada de cada remesa —dijo Nuria—, separados por parcela y hora.

El perito la miró con interés.

—Eso ayuda mucho.

Nuria fue a por las hojas. Isabel vio cómo Raúl seguía con la mirada la carpeta que llevaba Nuria.

Meses atrás, una parte de aquellos registros habría terminado dispersa entre libretas, mensajes y papeles de la bodega.

Ahora Nuria llevaba un control que les permitía demostrar exactamente qué había pasado.

Julián comparó los pesos con las fotografías y pidió una copia digital de todo.

—No puedo darles una cifra definitiva hoy.

La compañía tiene que revisar mi informe.

Pero, con lo que he visto, en principio no veo motivos para que rechacen el siniestro.

Habrá discusión sobre la pérdida de cosecha de la parcela sur y seguramente no les reconocerán todo lo que ustedes valoran como perjuicio, pero la parte material está bien documentada.

Isabel apoyó una mano sobre la carpeta antes de preguntar:

—¿En qué plazo suele resolverse?

—Si no piden una segunda revisión, dos o tres semanas. Puede ser menos. También puede ser más si discuten la producción perdida.

El seguro no había resuelto nada todavía, pero la visita del perito ya estaba hecha.

Cuando Julián se marchó, Isabel mandó al banco el justificante de la visita y un resumen de lo que el perito había adelantado.

Incluyó también la corrección de las dos cifras que había revisado con Raúl la noche anterior.

No presentó ninguna cifra del seguro como segura.

Explicó que el perito no había visto motivos para un rechazo inicial y que la valoración definitiva de la compañía seguía pendiente.

Cinco minutos después entró un correo de Andreu:

Llego mañana sobre las once. Quiero probar la parcela alta y las partidas de la parcela sur que hayan quedado limpias. Si lo que me contaste después del granizo se confirma, llevo una propuesta.

Isabel leyó el mensaje dos veces y salió al patio con el móvil en la mano.

Raúl estaba descargando el remolque con Ginés. Nuria había vuelto a la bodega para revisar densidades.

—Andreu viene mañana.

Raúl dejó lo que llevaba en el suelo y se acercó.

—¿A catar?

—Y trae propuesta.

Ginés silbó por lo bajo y siguió descargando. Raúl se limpió las manos en el pantalón antes de acercarse.

—Eso puede cambiar bastante las cosas.

—Puede. También puede traernos algo que no nos interese firmar.

—Entonces no firmamos.

—Así de fácil —dijo Isabel.

—La parte de contratos es tuya. La de no vender un vino que todavía no existe como si ya supiéramos exactamente cuántas botellas vamos a sacar es mía.

Isabel entendió a qué se refería.

Pasaron el resto del día preparando la cata.

Nuria tomó muestras de la parcela alta y de dos partidas de la parcela sur que habían entrado antes de la tormenta.

La parcela alta seguía en la fase final de la fermentación alcohólica: estaba turbia, conservaba carbónico y todavía cambiaba de un día para otro.

Raúl propuso enseñársela a Andreu únicamente como muestra de evolución, no como vino terminado.

Dejaron fuera una tercera partida de la parcela sur, hecha con la uva salvada después del granizo, porque Raúl todavía no estaba conforme con su evolución. Mientras ellos preparaban las muestras, Isabel revisó la producción, los costes actualizados y las ventas de los últimos tres años.

Por la tarde llamó al gestor para asegurarse de que el coste por botella que iban a utilizar incluía también transporte, etiquetado y el aumento del coste de los materiales previsto para aquella campaña. No quería negociar sobre una cifra que pareciera rentable solo porque dejara gastos fuera.

Después preparó una hoja con los puntos que estaba dispuesta a discutir y los que no.

Nada de exclusividad general sobre Cataluña o Madrid.

Nada de comprometer una cantidad cerrada antes de saber el rendimiento final.

Nada de aceptar devoluciones de producto vendido salvo defecto real.

Plazo de pago corto o anticipo sobre la reserva.

Libertad para mantener venta directa y clientes propios.

Raúl entró en el despacho cuando Isabel estaba escribiendo el último punto.

—¿Eso es lo que vas a pedir o lo que vas a impedir?

—A pedir lo que nos conviene y a cerrar lo que no.

Raúl se quedó a su lado leyendo la hoja y señaló uno de los puntos.

—Yo añadiría una.

—Dime.

—Que no nos obligue a mantener volumen el año que viene si para conseguirlo tenemos que bajar selección. Si la parcela alta da menos, da menos.

Isabel escribió la frase de forma más contractual y levantó la vista.

—Eso significa que no podemos garantizarle continuidad de cantidad.

—Podemos garantizarle que no vamos a llenar botellas con cualquier cosa para cumplir un número.

—Perfecto.

Raúl apoyó una mano en el respaldo de la silla de Isabel y se inclinó sobre la hoja. Estaba tan cerca que ella notó el calor de su cuerpo en la espalda, pero ninguno convirtió el momento en otra cosa. Tenían demasiado trabajo.

Aun así, cuando Raúl se incorporó, su mano pasó despacio por el hombro de Isabel antes de apartarse.

Ella siguió leyendo sin avanzar una sola línea.

El sábado, Isabel bajó a la bodega poco antes de las once con una imagen muy distinta de la que llevaba habitualmente en la finca.

Se había recogido el pelo, llevaba unos pendientes pequeños y un vestido negro de corte sencillo, ceñido a la cintura y a las caderas, con un escote que le favorecía sin dejar de resultar elegante.

Después de tantos días de botas, vaqueros y ropa de trabajo, parecía otra mujer.

Aquella reunión era importante y se había arreglado más de lo habitual porque quería recibir a Andreu como habría recibido en Madrid a un cliente del que podía depender una operación seria: segura, cuidada y profesional.

El vestido, el pelo recogido y la manera de moverse por la sala de cata hacían todavía más evidente algo que en la finca podía pasar desapercibido entre barro y vendimia: se notaba que era abogada y que estaba acostumbrada a sentarse delante de alguien para negociar.

Raúl estaba colocando las copas cuando ella entró. Levantó la cabeza y tardó un segundo más de la cuenta en volver a lo que estaba haciendo. Isabel vio cómo su mirada bajaba por el vestido antes de obligarse a mirar de nuevo las muestras.

—¿Qué?

—Nada.

—Esa cara no es de nada.

Raúl dejó una copa sobre la mesa.

—Estás guapísima.

—Gracias.

Isabel se acercó a las hojas de cata y Raúl la siguió con la mirada apenas un instante.

—Muy profesional —añadió.

—Esa era la intención.

—Ya.

Ella reconoció el tono y sonrió.

—Compórtate. Andreu llega en quince minutos.

—Me estoy comportando.

Y lo hizo. Durante la mañana estuvo pendiente de Andreu, defendió cada decisión sobre el vino y no permitió que una sola mirada interfiriera en la negociación.

Aun así, Isabel empezó a notar muy pronto que, cuando se inclinaba sobre los papeles o se acercaba para enseñarle una cifra, Raúl necesitaba un instante para volver a concentrarse.

Más de una vez lo sorprendió bajando los ojos hacia el escote antes de apartarlos con una rapidez que a ella terminó divirtiéndole.

Isabel no había elegido el vestido pensando en Raúl, pero en cuanto descubrió el efecto que le estaba causando empezó a disfrutar de aquella atención. Cada vez que encontraba su mirada comprobaba que él seguía teniendo dificultades para concentrarse en otra cosa.

Andreu llegó a las once y cuarto y esta vez no recorrió primero las parcelas, sino que fue directamente a la bodega.

—He visto las fotos del granizo —dijo después de saludar—. Pensé que encontraría esto bastante peor.

—De la parcela alta conseguimos meter casi toda la uva que estaba en punto antes de lo peor —respondió Raúl—. En la parcela sur perdimos más.

—Quiero probarlo todo por separado.