Capítulo 25 #3
Isabel acabó pidiéndoselo. No necesitó decir mucho: otro «por favor» entrecortado, casi sin voz, mientras se aferraba a Raúl.
Él estuvo a punto de ceder y se quedó respirando contra su cuello antes de separarse.
Isabel soltó un gemido desesperado y se rio al mismo tiempo, incapaz ya de decidir si quería protestar o atraerlo de nuevo.
Poco después ocurrió al revés. Raúl la buscó con tanta necesidad que Isabel supo que estaba a punto de olvidarse de la regla. Ella retrocedió apenas unos centímetros y lo provocó con las manos y la boca hasta que fue él quien terminó suplicando.
A partir de ahí dejaron de existir turnos claros.
Se tocaban al mismo tiempo, se besaban y se buscaban con la boca y con las manos, insistiendo justo donde sabían que el otro apenas podía resistir.
El sudor les hacía resbalar las manos sobre la piel y las respiraciones se mezclaban cada vez que se acercaban para besarse.
Isabel estaba tan excitada que cualquier caricia parecía demasiado intensa.
Cuando Raúl se ocupó de ella de nuevo, ya no necesitó mucho tiempo.
Se aferró a él mientras los gemidos se le hacían cada vez más cortos y trató de aguantar un poco más, pero el orgasmo llegó de golpe y la dejó temblando contra Raúl.
Raúl la sostuvo hasta que empezó a relajarse, pero Isabel apenas había recuperado el aliento cuando lo buscó de nuevo. Esta vez no tenía ninguna intención de dejarlo esperando.
Raúl ya estaba demasiado cerca del límite.
El cuerpo se le tensó enseguida y los gemidos empezaron a escapársele sin que intentara contenerlos.
Isabel siguió con las manos y la boca hasta notar el instante exacto en que dejó de resistirse.
Él se aferró a ella y llegó al orgasmo con una intensidad que lo dejó unos segundos incapaz de hacer otra cosa que respirar.
Después quedaron tumbados, pegados el uno al otro, con la piel húmeda y el corazón todavía acelerado.
Habían mantenido la única regla y ninguno parecía tener fuerzas para presumir de ello.
La regla había hecho que todo durara mucho más de lo que esperaban, y a los dos les había encantado.
Con Raúl, Isabel podía pedir, reírse, provocar y dejarse llevar sin preguntarse cómo iba a recibirlo él.
Nunca había tenido tanta confianza con alguien en la cama, y por eso probar algo nuevo con él había resultado tan fácil.
Isabel levantó la cara y empezó a reírse.
—Ha sido una tortura de placer.
Raúl también se echó a reír y la atrajo un poco más hacia él.
—Esto lo repetimos.
—Pensaba decirte lo mismo.
Isabel lo besó y se quedaron así unos minutos, todavía demasiado cansados para moverse y sin ninguna prisa por hacerlo. Después se vistieron despacio. Para cuando Isabel bajó a por agua, ya había oscurecido fuera.
Al pasar por el despacho pequeño de la planta baja, Isabel se detuvo frente a una estantería. Había una carpeta con varias facturas y, encima, un sobre amarillento sin cerrar del todo. No lo tocó. Lo que llamó su atención fue el membrete visible en una esquina: una bodega de La Rioja.
Raúl apareció detrás de ella con el pantalón puesto y la camisa todavía abierta. Llevaba el pelo revuelto y el pecho al descubierto. Isabel lo miró un momento y tuvo que obligarse a volver al sobre.
—¿Es de aquella oferta?
Él miró el sobre.
—Sí. La guardé.
—¿Por qué?
Raúl apoyó un hombro en el marco de la puerta.
—Durante mucho tiempo pensé que la necesitaba para recordar que podía haberme ido.
Isabel miró el sobre.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que me quedé porque quise.
Raúl se acercó y le cogió la mano.
—Ven. Tienes que cenar algo de verdad.
Cenaron tarde, sentados frente a frente en la cocina.
Durante los primeros minutos siguieron hablando de la casa, de su padre y de aquella campaña en La Rioja.
Cuando los platos estaban casi vacíos, Raúl cogió el móvil para enseñarle las fotos que Nuria había enviado de los postes reparados y la estimación provisional de daños que había preparado para el perito.
Isabel abrió el portátil y revisó con él dos cifras que no cuadraban con la previsión que habían enviado al banco.
Cuando terminaron, cerraron el portátil, recogieron la cocina y subieron de nuevo. Isabel conocía ya la casa de Raúl, el lugar donde había construido su vida fuera de la finca, y entendía mejor que él no se había quedado allí porque no tuviera otra opción.
Durmieron hasta que, a las seis y media, el móvil de Raúl vibró sobre la cómoda con un mensaje de Nuria.
Raúl leyó el mensaje y se incorporó.
—El perito acaba de confirmar que llega a las nueve.
Isabel abrió los ojos.
—Entonces tenemos que irnos.
Antes de levantarse, Raúl se inclinó sobre ella y la besó. Se tomó su tiempo al hacerlo. Isabel le rodeó el cuello y lo retuvo unos segundos más.
—Vamos —dijo al fin, aunque tardó todavía un momento en soltarlo.
Veinte minutos después salían hacia la finca en coches separados. Isabel llevaba en el asiento trasero la carpeta de Madrid y, en el móvil, un correo del banco que todavía no había abierto.
Todavía tenía margen para responder al despacho, pero el plazo seguía corriendo.
Esa mañana, a las nueve, un perito iba a valorar por fin sobre el terreno el daño de la tormenta.