La cosecha que nos quedaba Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—Me dolería por mucho más que el trabajo. Llevo aquí desde que era casi un crío; es el sitio en el que trabajó mi padre durante media vida y la forma de trabajar que mejor conozco. Pero eso no significa que no supiera vivir fuera. Podría hacerlo, pero no quiero, y no es lo mismo.

Isabel se acercó y se sentó a su lado.

—Eso es lo que me está pasando a mí con Madrid.

Raúl giró la cabeza hacia ella.

—Lo sé.

—Ayer, durante la reunión, estuve tres horas sin pensar en la finca. Y me gustó estar allí. Me gustó el trabajo. Cuando me ofrecieron dirigir el equipo pensé que quería aceptar antes de pensar en todo lo demás.

—Entonces el despacho sigue siendo importante para ti.

—Sí.

Raúl no apartó la mirada.

—No voy a pedirte que lo dejes.

—Ya lo sé.

—Y tampoco quiero que dentro de dos años me mires y pienses que renunciaste a algo por quedarte conmigo.

Isabel respiró hondo.

—Si para estar contigo tengo que dejar mi trabajo y la vida que tenía en Madrid, no me sirve.

—Bien.

—Pero tampoco quiero aceptar un puesto que me obligue a pasar cinco días allí demasiadas semanas, fingiendo que la finca puede arreglarse sola.

Raúl cogió su mano.

—¿Qué te han dicho esta mañana?

—Que no pueden prometerme tres días fijos. Habrá semanas en las que tendría que estar cinco días en Madrid y otras en las que podría ir solo dos. Lo que sí creen posible es organizar el puesto para que parte del trabajo pueda hacerlo fuera cuando no haya vistas, reuniones o necesidades del equipo.

—Eso ya es bastante más concreto.

—Sí. No me garantiza una semana cómoda, pero tampoco me obliga a elegir ahora mismo entre una cosa y otra.

Dejaron de plantearlo como una elección entre Madrid y la finca y empezaron a poner días y tareas sobre la mesa: semanas de vistas, trabajo remoto, campañas de la finca, banco, contratos, administración y la posibilidad de que Nuria asumiera más decisiones técnicas.

—Nuria puede llevar mucho más de lo que lleva ahora —dijo Raúl—. Ya lo está haciendo.

—Y yo puedo ocuparme de contratos, banco y administración desde cualquier sitio bastantes días.

—Durante la vendimia sería más difícil.

—Durante un arbitraje también.

—Entonces habrá temporadas peores.

—Eso no significa que sea imposible.

Hablaron durante casi media hora. No encontraron una organización cerrada, pero Isabel terminó con una idea bastante más concreta de lo que tendría que negociar y de las tareas que debía empezar a delegar para que la finca no dependiera tanto de ella. Raúl miró la hora y después a Isabel.

—¿Has comido? —preguntó.

—En una estación de servicio.

—Entonces no has comido bien.

Prepararon algo rápido y lo compartieron en la cocina. Después Raúl le enseñó el despacho de la planta baja y el pequeño patio trasero. Isabel fue preguntando por objetos, fotografías y años que hasta entonces solo conocía a través de historias sueltas de la finca.

Cuando terminaron, miró hacia la escalera.

—Me falta una parte.

Raúl siguió su mirada.

—La habitación.

—La habitación.

Subieron juntos. El dormitorio estaba al fondo de un pasillo corto, con una cama grande, un armario de madera y una ventana abierta hacia los campos. Raúl había dormido allí durante años, aunque últimamente apenas pasaba por casa porque se quedaba casi todas las noches en la finca con Isabel.

Raúl la dejó entrar primero. Isabel se acercó a la ventana y miró un momento hacia los campos. Cuando se volvió, él estaba a pocos pasos. Se acercó, le pasó una mano por la cintura y la besó despacio. Ella le rodeó el cuello y respondió sin prisa.

Esta vez ninguno tenía la urgencia del sofá.

Se quedaron un rato besándose y acariciándose antes de tumbarse de lado en la cama, recorriéndose la espalda, los costados y las piernas.

Entre un beso y otro acabaron poniendo una regla al juego: aquella vez no habría penetración.

Podían besarse, tocarse y usar la boca todo lo que quisieran, pero ninguno podía saltarse esa única regla.

Al principio a Isabel le hizo gracia. Dejó de parecérselo en cuanto Raúl empezó a bajar despacio por su cuerpo. Abrió las piernas para dejarle espacio y, cuando sintió su boca, la respiración se le cortó. Todavía consiguió quedarse quieta unos segundos, pero duró poco.

Raúl se entretuvo allí, alternando la lengua con las manos, sin prisa, hasta que Isabel empezó a moverse bajo él. Tenía la piel cada vez más húmeda, el pelo pegado a las sienes y los dedos hundidos en las sábanas.

Cuando la excitación empezaba a resultarle insoportable, Raúl subía.

Isabel protestaba con un gemido frustrado y él recorría su vientre, llegaba hasta sus pechos y se ocupaba de sus pezones hasta hacerla arquearse.

Después descendía de nuevo, despacio, dejando besos por su abdomen y sus muslos antes de regresar al lugar donde ella llevaba rato esperándolo.

Isabel ya no sabía qué quería que hiciera primero. Lo quería dentro de ella, pero cada vez que estaba a punto de pedírselo Raúl conseguía arrancarle otro gemido y le hacía perder el hilo.

Cuando subió para besarla, Isabel lo agarró y lo atrajo hacia ella.

Tenía la piel húmeda de sudor y la respiración tan desordenada que apenas consiguió decir un «por favor».

Raúl entendió perfectamente qué estaba pidiendo y estuvo a punto de ceder; Isabel lo notó en la forma en que se quedó inmóvil sobre ella durante unos segundos.

Sin embargo, respetó el juego y descendió de nuevo.

Ella dejó caer la cabeza contra la almohada con un gemido de pura frustración.

A esas alturas ya no podía mantener las piernas quietas: se movía buscándolo, levantaba las caderas cuando él se alejaba y se aferraba a él en cuanto regresaba.

Cada vez que Raúl volvía, el placer aumentaba; cuando se apartaba, la dejaba al borde sin permitirle llegar del todo.

Cuando consiguió apartarlo, Isabel estaba temblando, pero no le dio tiempo a Raúl a recuperar el aliento. Lo tumbó y empezó por su cuello, bajando después por el pecho y el abdomen y disfrutando de cómo se tensaban los músculos bajo sus labios.

Siguió descendiendo y notó enseguida hasta qué punto estaba excitado.

Saber que ella le provocaba aquello la excitó todavía más, así que se entretuvo con las manos y la boca y fue cambiando el ritmo cada vez que Raúl empezaba a perder la calma.

Él terminó con una mano hundida en las sábanas y la otra en el pelo de Isabel, sin intentar ya contener los gemidos.

Raúl pronunció su nombre con la voz rota y, poco después, lo repitió casi como una súplica. Isabel continuó. La piel de los dos estaba húmeda y caliente; sentía el sudor en la espalda cada vez que subía para besarlo y la respiración de Raúl contra su cuello cuando él conseguía atraerla hacia sí.

La regla empezaba a costar demasiado. Se pegaban el uno al otro, buscándose, y cada vez que sus cuerpos quedaban colocados de una manera que hacía muy fácil romperla, alguno de los dos se apartaba en el último instante.