La cosecha que nos quedaba Capítulo 25
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Capítulo 25

Raúl la miró de arriba abajo en cuanto ella bajó del coche.

—Te has puesto la camiseta blanca.

Isabel sonrió.

—Te avisé.

Él se acercó hasta quedar delante de ella.

—Me matas.

No añadió nada más. La besó y, cuando entraron en casa, apenas le dio tiempo a Isabel a mirar alrededor antes de que Raúl la besara de nuevo.

Llegaron al sofá entre besos. Él se sentó e Isabel quedó frente a él, todavía con aquella camiseta que se había puesto sabiendo perfectamente lo que iba a provocarle.

Raúl pasó las manos por su cintura y levantó la tela despacio.

—Llevo desde anoche pensando en esto.

Le quitó la camiseta y se quedó inmóvil un instante.

Isabel no llevaba sujetador.

Raúl levantó la mirada hacia ella.

—Esto también lo has hecho a propósito.

Isabel sonrió.

—Anoche me dijiste exactamente lo que te provocaba esta camiseta.

Raúl bajó la mirada hacia su pecho y perdió cualquier intención de seguir hablando.

La atrajo hacia él y empezó a besarla. Al principio fue despacio, como si quisiera disfrutar de algo que llevaba demasiadas horas imaginando. Besó uno de sus pechos y después el otro antes de detenerse en uno de sus pezones.

Isabel dejó escapar un gemido y le hundió los dedos en el pelo.

Raúl repitió el gesto, esta vez con más intención. Lo acarició con los dedos, lo apretó suavemente y después se lo llevó de nuevo a la boca.

Isabel se arqueó hacia él.

—Más.

Aquella única palabra pareció acabar con la poca calma que le quedaba.

Raúl aumentó la intensidad poco a poco. Alternaba uno y otro, los acariciaba, los apretaba entre los dedos y los chupaba mientras Isabel se movía cada vez más contra él.

Ella soltó otro gemido.

—Así.

Raúl levantó la mirada un instante, pero enseguida centró de nuevo toda la atención en ella.

Isabel le agarró el pelo con más fuerza.

—Aprieta un poco más.

Él obedeció.

Esta vez el gemido de Isabel fue más fuerte.

Raúl siguió con la boca y después mordió uno de sus pezones muy despacio, apenas lo suficiente para provocar otro estremecimiento.

—Raúl...

Repitió el gesto con el otro y después los acarició con las manos.

Isabel ya no podía quedarse quieta. Cada vez que él cambiaba de uno a otro se movía buscando más contacto, y Raúl parecía perder un poco más la calma con cada reacción.

—Me encanta cuando me los muerdes.

Él levantó la cabeza. Tenía la respiración desordenada.

—Isabel, me la pones dura solo con mirarte. Mira cómo me tienes.

Isabel sintió otra oleada de calor y lo atrajo hacia su pecho.

—Sigue.

Raúl dejó de intentar contenerse. Se centró en sus pezones, alternando la boca con las manos y aumentando poco a poco la intensidad mientras Isabel gemía y se arqueaba contra él.

—Chúpalos más.

Raúl le hizo caso.

Isabel cerró los ojos y movió las caderas contra él.

Verla tan excitada terminó de desarmarlo. Ya no era solo lo que llevaba imaginando desde la noche anterior, sino tenerla encima, escucharla pedirle más y notar cómo reaccionaba a cada caricia.

Raúl se apartó apenas un momento y tomó aire.

—Como sigas así, voy a correrme solo con verte.

Isabel no respondió. Lo besó y se apretó más contra él, dejando claro que no tenía ninguna intención de ponérselo más fácil.

A esas alturas, ninguno de los dos tenía ya demasiada paciencia. Raúl permaneció sentado en el sofá mientras Isabel se colocaba encima de él.

Cuando empezó a moverse, Raúl buscó directamente su pecho.

Isabel le agarró el pelo.

—No dejes de hacer eso.

Él siguió chupándole un pezón mientras acariciaba el otro con la mano. Isabel aumentó el ritmo y gimió de nuevo.

—Me vuelve loca que me los chupes mientras lo hacemos.

Raúl respondió apretando un poco más con los dedos antes de llevárselo otra vez a la boca.

Ella se movió más deprisa.

Ya ninguno intentaba contenerse, y Raúl seguía sentado, sujetándola por la cintura cuando necesitaba acercarla más, pero no dejaba de buscar sus pechos. Isabel apenas podía contener los gemidos y cada uno de ellos parecía excitarlo todavía más.

—Isabel...

Ella notó en su voz que él tampoco iba a aguantar mucho.

Lo besó y continuó moviéndose sobre él.

Raúl la atrajo con fuerza y buscó con la boca uno de sus pezones mientras Isabel se arqueaba hacia él.

Poco después, Isabel llegó al orgasmo. Se aferró a sus hombros y escondió la cara junto a su cuello mientras le temblaba el cuerpo.

Al sentirla así, Raúl perdió la poca resistencia que le quedaba. La sostuvo con fuerza y llegó al orgasmo apenas unos instantes después, todavía abrazado a ella.

Isabel permaneció encima de él mientras los dos intentaban calmar la respiración. Raúl dejó caer la cabeza contra el respaldo y ella se quedó apoyada en su hombro, todavía sin ganas de separarse.

Durante un rato no hablaron. Isabel le acarició la nuca con los dedos y esperó a que el corazón dejara de golpearle tan deprisa.

Cuando por fin levantó la cabeza, miró alrededor como si acabara de acordarse de dónde estaba.

—Después quiero ver tu casa.

Raúl cerró los ojos y soltó una risa cansada.

—Dame un minuto.

Isabel sonrió y se acomodó otra vez contra él.

Se quedaron así hasta que los dos estuvieron más tranquilos. Luego se pusieron algo de ropa, fueron a la cocina a beber agua y Raúl empezó a enseñarle la casa por el salón.

La casa era más pequeña de lo que Isabel había imaginado y mucho más antigua.

La planta baja estaba formada por una cocina, un salón estrecho y una habitación que Raúl utilizaba como despacho.

Los muros de piedra conservaban el fresco aunque fuera hiciera calor, y los muebles parecían comprados en épocas distintas sin que nadie hubiera intentado hacerlos combinar.

No era una casa preparada para recibir a alguien.

Había botas de trabajo junto a la puerta, una chaqueta colgada del respaldo de una silla y dos carpetas abiertas sobre una mesa.

En una estantería del salón se mezclaban libros sobre viña y elaboración con novelas, guías de montaña y una caja de madera llena de fotografías.

Isabel se acercó a una de ellas. Raúl tendría unos veinte años. Estaba junto a un hombre al que reconoció enseguida por el parecido en la mirada y la forma de sostener el cuerpo.

—Tu padre.

—Sí.

En la fotografía estaban delante de un remolque cargado de uva. Los dos tenían las manos manchadas y miraban a la cámara sin sonreír demasiado.

—¿Cuántos años tenías?

—Veintiuno o veintidós. Fue una de las últimas vendimias en las que él todavía hacía jornadas enteras.

Isabel miró la foto.

—Hablas mucho de él en la finca, pero muy poco de ti.

Raúl dejó la botella de agua sobre la mesa.

—No suelo tener a nadie preguntando.

—Yo sí estoy preguntando.

Raúl abrió la caja de fotografías. Sacó otras dos. En una aparecía de niño junto a sus padres; en otra era claramente más joven y estaba delante de una bodega que Isabel no conocía.

—Esa no es la finca.

—No. Es una bodega de La Rioja. Trabajé allí una campaña.

Isabel levantó la vista.

—No sabía que había sido en La Rioja.

—Nunca habíamos hablado de ello con detalle.

—¿Cuánto tiempo estuviste?

—Casi ocho meses. Entré para la vendimia y me quedé hasta después del invierno. Aprendí mucho. Era otra escala, otro equipo, más medios y bastante menos margen para hacer las cosas a tu manera.

Raúl tomó la fotografía y la dejó sobre la mesa.

—Me ofrecieron volver al año siguiente con contrato fijo.

—¿Y dijiste que no?

—Sí.

—¿Por tu padre?

Raúl negó con la cabeza.

—Él quería que aceptara. Me dijo que si me quedaba por él, acabaría echándoselo en cara aunque no quisiera. Mi madre también pensaba que debía irme una temporada.

Isabel se apoyó en el borde de la mesa.

—Entonces, ¿por qué volviste?

Raúl pensó la respuesta antes de hablar.

—Porque allí aprendía mucho, pero no decidía nada.

Podía hacer un trabajo impecable y aun así muchas decisiones no dependían de mí.

Aquí conocía cada parcela, sabía por qué una hilera producía menos que la de al lado y podía cambiar una poda porque llevaba años viendo cómo reaccionaba esa cepa. Me gustaba eso. Todavía me gusta.

—Elegiste quedarte.

—Sí.

Isabel pensó en la propuesta que llevaba guardada en una carpeta dentro del coche. Durante semanas había dado por hecho que Raúl nunca había querido irse. Aquella fotografía le hizo ver que se había equivocado.

—Creía que nunca te habías planteado irte.

—Me lo he planteado más veces de las que imaginas.

Raúl se sentó en el brazo del sofá mientras Isabel permanecía frente a él.

—Hubo años malos. Años en los que tu padre y yo discutíamos porque él quería mantener una parcela que yo habría arrancado, o porque el banco apretaba y yo pensaba que estaba posponiendo decisiones.

También hubo momentos en los que veía a gente de mi edad marcharse, ganar más dinero, tener fines de semana normales y pensaba que quizá yo había elegido mal.

—¿Y por qué no te fuiste entonces?

—Porque cada vez que estuve cerca de hacerlo apareció una campaña que quería terminar, una parcela que quería recuperar o una cosecha que sabía que podía salir mejor. —Raúl se pasó una mano por la nuca—. Suena menos noble cuando lo dices así.

—Suena a que querías estar.

—La mayor parte del tiempo, sí. Pero también me acostumbré a que me necesitaran. Eso engancha más de lo que parece.

Isabel sabía a qué se refería. Durante años había tenido clientes que llamaban a cualquier hora, asuntos que solo ella dominaba y compañeros que acudían a ella cuando algo se complicaba.

A veces había seguido aceptando trabajo simplemente porque sabía resolverlo y porque los demás contaban con ella.

—¿Y ahora? —preguntó.

Raúl la miró.

—Ahora quiero seguir aquí. No porque no pueda hacer otra cosa. Quiero ver qué hacemos con esta finca si conseguimos sacarla adelante de otra manera.

—¿Y si no la conseguimos salvar?

Raúl no respondió enseguida.

—Entonces tendré que buscar trabajo. No me moriré por eso, Isabel. Sé hacer más cosas que podar y discutir con Ginés.

Ella no sonrió. Raúl intentaba quitar importancia a lo que acababa de decir, pero no le salió.

—Te dolería.

—Mucho.

Raúl bajó la vista hacia sus manos.