Capítulo 24 #3
A ella le gustó notar el cambio en su voz.
—¿Qué?
—Sigue.
—Hasta llegar al pantalón.
—Sigue —repitió al cabo de un momento.
Isabel sonrió.
—Me gustaría bajártelo y entretenerme bastante más abajo.
La pausa antes de su siguiente pregunta la excitó todavía más.
—¿Con las manos? —preguntó él.
—No. Con la boca.
—Joder, Isabel.
Ella se rio.
—Me has preguntado.
—No sabes lo que acabas de hacerme.
—Creo que puedo imaginármelo.
—Pues imagínatelo bien.
Isabel se quedó tumbada, pensando en él al otro lado del teléfono y en todo lo que haría si lo tuviera delante. La distancia, que durante el día había sido una molestia, se volvió de pronto insoportable.
—Te echo muchísimo de menos —dijo.
—Yo a ti.
—Y ahora bastante más que hace cinco minutos.
Raúl se rio, aunque su voz seguía sonando baja.
—Cuando vuelvas, no te pongas esa camiseta blanca.
—¿Por qué?
—Porque no respondo.
Isabel sonrió.
—Entonces seguramente me la ponga.
—Eso es jugar sucio.
—Después de lo que acabas de contarme, no pienso sentirme culpable.
—Isabel.
—¿Qué?
—Vuelve mañana.
Esta vez ya no había broma en su voz.
Isabel tragó saliva antes de responder.
—Mañana vuelvo.
—Ven a mi casa antes de volver a la finca.
Isabel se incorporó un poco.
—¿A tu casa?
—Sí.
—Nunca he estado.
—Ya lo sé. Quiero enseñártela y quiero tenerte allí conmigo.
—Iré.
—¿Después de la reunión?
—En cuanto termine.
—Entonces te espero.
Se quedaron todavía un rato al teléfono y después hablaron de cosas concretas: el perito iría a la finca el viernes, Nuria había confirmado la entrega del alambre nuevo y Ginés había conseguido reutilizar más postes de los que esperaban.
Cambiar de tema no borró la intimidad de la conversación; cada silencio un poco largo volvía a recordarles lo que acababan de decirse.
Cuando colgaron era casi medianoche.
Isabel durmió peor de lo que esperaba. La propuesta del despacho no fue lo que la mantuvo despierta: cada vez que abría los ojos recordaba la voz de Raúl y la invitación a su casa.
A la mañana siguiente volvió al despacho temprano, con la bolsa preparada en el asiento trasero. El socio le pidió que entrara en su despacho antes de la reunión con el cliente.
—He visto tus notas de anoche.
—Había dos cosas que no quería dejar pasar.
—Por eso te queremos aquí.
Isabel se sentó frente a él.
—Necesito saber algo antes de decidir.
—Dime.
—Si acepto la coordinación, ¿qué margen real tendría para concentrar presencia en Madrid tres días y trabajar el resto fuera cuando no haya vistas, reuniones o necesidades del equipo?
El socio no respondió de inmediato.
—Real, pero no absoluto. Habrá semanas de cinco días aquí.
Habrá otras en las que podrías estar dos.
Si lo que me preguntas es si podemos construir una organización que te permita mantener otra vida fuera de Madrid, sí.
Si me preguntas si puedo garantizarte todos los lunes y viernes libres para irte, no.
—No te estoy pidiendo eso.
—Entonces podemos hablarlo.
Isabel asintió. Aún no tenía una respuesta definitiva, pero ya sabía qué podía negociar.
La segunda reunión duró menos. Isabel dejó preparada una línea inicial de trabajo y entregó sus notas al abogado que estaba cubriendo temporalmente el asunto. Antes de marcharse, el socio volvió a recordarle el plazo.
—Cuatro semanas, Isabel.
—Lo sé.
Beatriz la acompañó hasta el ascensor.
—¿Te vas ya?
—Sí.
—¿A la finca?
Isabel negó.
—Primero a otro sitio.
No explicó más. Antes de bajar al garaje pasó por el baño del despacho y se cambió. Se puso unos vaqueros y la camiseta blanca de manga corta, la ajustada. La había metido en la bolsa aquella mañana sabiendo perfectamente lo que hacía.
Bajó al garaje, dejó la carpeta de Madrid en el asiento trasero y condujo hacia Aragón.
Durante el trayecto pensó en la oferta y en las condiciones que acababa de hablar.
También pensó en las cuentas de la finca, en el seguro y en la negociación que todavía tenían pendiente con Andreu.
Si aceptaba, habría semanas de cinco días en Madrid; si seguía al frente de la finca, necesitaría reservar días para el banco, los contratos y la gestión.
Todavía no sabía cómo organizarse, pero empezó a pensar que quizá podía repartir la semana entre Madrid y la finca.
A última hora de la tarde tomó el desvío que Raúl le había indicado por teléfono. No llevaba a la finca.
Era la primera vez que iba a casa de Raúl. Él le había contado que Teresa había pasado unos días antes a recoger sus cosas, después de que le dejara una llave para que pudiera entrar mientras él estaba en la finca, pero Isabel no había preguntado nada más.
La carretera era más estrecha y terminaba junto a un grupo de casas bajas a las afueras de un pueblo pequeño. Isabel redujo la velocidad cuando vio el coche de Raúl aparcado delante de una casa de piedra de dos plantas.
Él estaba esperando junto a la puerta.
Isabel aparcó, apagó el motor y se quedó mirándolo a través del parabrisas. Habían pasado poco más de treinta horas desde que se habían despedido en el patio.
Le parecieron muchas más.