La cosecha que nos quedaba Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

—¿Y tú qué querrías?

Isabel tardó un poco en responder.

—Seguir con mi trabajo y también estar en la finca.

—Entonces necesitas saber cuánto margen real te daría el despacho.

Isabel volvió al despacho y pasó la tarde revisando la documentación del arbitraje. A las seis había hecho más trabajo del que tenía intención de hacer y tenía sobre la mesa una lista de tareas para un asunto que todavía no había aceptado dirigir.

Antes de marcharse envió un correo al socio con dos observaciones que habían surgido al revisar los anexos. Cerró el ordenador y se quedó mirando la pantalla negra.

Había disfrutado del día. Madrid seguía gustándole y también quería volver a la finca y a Raúl cuando terminara. Tenía que averiguar si podía repartir su tiempo entre el despacho y la finca sin abandonar uno de los dos.

Al salir llamó al gestor de la finca mientras caminaba hacia su piso.

Revisaron una cifra de la previsión de tesorería y quedaron en hablar de nuevo tras la visita del perito, cuando supieran algo más sobre la valoración del seguro.

Después llamó a Nuria para preguntar por las muestras de la parcela sur dañada y por un depósito que estaba terminando fermentación.

—Todo estable —dijo Nuria—. Raúl está con Ginés terminando los postes de los tramos urgentes. Mañana empezamos con el alambre nuevo.

—¿La parcela alta?

—Bien. Mejor de lo que esperábamos después de meterla con aquella prisa.

Isabel colgó al llegar a su portal, subió, dejó la carpeta del despacho sobre la mesa y se quitó los zapatos. Como el piso olía a cerrado, abrió las ventanas antes de poner agua a calentar y cambiarse de ropa.

A las nueve y media no había vuelto a hablar con Raúl desde la llamada rápida de aquella mañana.

Sabía que él estaría trabajando hasta tarde y ella necesitaba unas horas para ordenar lo que había ocurrido durante el día antes de contárselo.

Preparó algo de cenar y revisó dos documentos de la finca que había dejado pendientes.

Cuando terminó, vio que tenía un mensaje de Raúl enviado veinte minutos antes.

¿Puedes hablar?

Isabel lo llamó y Raúl respondió al segundo tono.

—Hola.

—Hola.

Solo escuchar su voz hizo que Isabel sonriera.

—¿Cómo ha ido?

—Bien. Muy bien.

Raúl tardó un momento en responder.

—Entonces la reunión ha sido importante.

—Mucho.

Isabel se sentó en el borde de la cama y le contó la propuesta, los tres días por semana en Madrid, el equipo que querían que coordinara y las cuatro semanas que tenía para decidir. Raúl no la interrumpió.

—¿Quieres aceptar? —preguntó cuando terminó.

Isabel se quedó mirando el techo.

—Hoy, mientras estaba allí, sí.

—¿Y ahora?

—Ahora quiero ese trabajo y también quiero volver a la finca.

—Entonces no tienes que resolverlo esta noche.

—No.

Permanecieron unos segundos en silencio.

—¿Dónde estás? —preguntó Isabel.

—En casa.

—¿En la cama?

—Todavía no.

—Yo sí.

La respiración de Raúl cambió ligeramente.

—No me digas eso.

—¿Por qué?

—Porque llevo todo el día intentando no pensar en esta mañana.

Isabel recordó el patio todavía oscuro y la forma en que él la había besado junto al coche.

—Yo también he pensado en ti.

—Te he tenido delante durante semanas y ahora un día sin verte me parece demasiado.

Isabel cerró los ojos.

—Te echo de menos.

—Yo también.

—Mucho.

Raúl tardó unos segundos en hablar de nuevo.

—Hay cosas que no te he contado.

—¿Qué cosas?

—Lo difícil que me lo pones algunos días para concentrarme.

Isabel sonrió.

—¿Yo?

—Tú. Sobre todo cuando te pones esa camiseta blanca.

Isabel tardó un instante en saber a cuál se refería.

—¿Qué le pasa?

—Es de manga corta, te queda ajustada y casi siempre te la pones con vaqueros. Ya con eso me cuesta bastante seguir pensando en lo que estaba haciendo.

—Qué exagerado.

—No estoy exagerando. Cuando se te marcan los pezones debajo de la tela, directamente se me va la cabeza.

Isabel dejó de sonreír.

—¿Tanto?

—Muchísimo. Más de una vez he tenido que obligarme a mirar a otro sitio mientras me estabas hablando.

El calor empezó a subirle por el cuerpo.

—Nunca me había dado cuenta.

—Menos mal.

—¿Por qué?

—Porque bastante difícil era disimular sin que encima supieras lo que me estabas haciendo.

Isabel se acomodó contra el cabecero.

—¿Y qué pensabas?

Hubo una pausa.

—¿Seguro que quieres saberlo?

—Sí.

—Que quería cogerte por la cintura, quitarte esa camiseta y dejar de fingir que no estaba mirando.

Isabel apretó los labios.

—Sigue.

—Que quería arrancártela de una vez.

La voz de Raúl había bajado.

—¿Y después?

—Besarte los pechos.

Isabel sonrió de nuevo.

—Eso ha sonado demasiado prudente.

Raúl soltó el aire al otro lado del teléfono.

—Porque estoy intentando controlarme.

—Pues no te controles.

Raúl tardó apenas un instante en responder.

—Cuando se te marcan los pezones con esa camiseta, lo único que quiero es quitártela y chuparte los pezones hasta que me supliques que baje.

Isabel sintió otra oleada de calor.

—Raúl...

—Me has dicho que no me controle.

—Y me alegro de haberlo dicho.

Raúl se rio en voz baja.

—Ahora te toca.

—¿A mí?

—Sí. No pienso ser el único que confiese cosas esta noche.

Isabel se mordió el labio.

—Pues hay una cosa que me vuelve loca de ti.

—¿Solo una?

—Ahora mismo te voy a contar una.

—Te escucho.

Isabel lo imaginó delante de ella.

—Cuando te quitas la camiseta después de trabajar.

Raúl tardó un momento en contestar.

—¿Qué pasa cuando me la quito?

—Que se te marca todo el abdomen y me cuesta muchísimo no mirarte.

—Nunca te había oído quejarte.

—No me estoy quejando.

Raúl soltó una risa.

—Me dan ganas de besarte el pecho e ir bajando muy despacio por el abdomen.

Raúl no respondió enseguida.

—Isabel...