La cosecha que nos quedaba Capítulo 24
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Capítulo 24

El miércoles, Isabel bajó a la cocina cuando todavía no había amanecido. Mercedes ya estaba despierta. Había preparado café y estaba envolviendo dos bocadillos para el viaje cuando Isabel dejó el bolso sobre una silla.

Raúl entró unos minutos después, ya vestido.

La camisa le quedaba abierta en el cuello y dejaba ver parte del pecho; Isabel lo siguió con la mirada mientras se acercaba a la mesa y, a esas alturas, ya no apartó los ojos cuando él se dio cuenta.

Había dormido otra vez en la finca. Durante los últimos días se había quedado allí casi todas las noches y ya nadie hacía comentarios ni buscaba explicaciones: bajaba con Isabel por la mañana, Mercedes ponía una taza más en la mesa y los tres seguían con el día.

—Te he preparado algo para el camino —dijo Mercedes, acercando a Isabel los bocadillos y un termo.

—Gracias. Con uno me bastaba.

—Llévate los dos. Si no te comes el segundo, lo traes de vuelta.

Isabel guardó la comida en la bolsa mientras Raúl se servía café. Mercedes dejó también delante de él pan tostado con tomate y aceite.

—Come antes de salir —le dijo.

—Sí.

Mercedes se sentó frente a Isabel.

—¿Has dormido algo?

—Algo. He dado bastantes vueltas.

—Es normal. Escucha bien lo que te ofrezcan y no te obligues a decidir hoy. Te gusta tu trabajo y eso también tienes que tenerlo en cuenta.

—Eso voy a intentar.

Raúl dejó la taza sobre la mesa.

—Aquí vamos a seguir trabajando. Si pasa algo importante, te llamamos.

—Lo sé. Me cuesta irme justo ahora con todo lo que queda por hacer.

—Nuria tiene claras las muestras de hoy, Ginés está con las reparaciones y Raúl estará aquí —dijo Mercedes—. Tú ve a la reunión y luego nos cuentas.

Isabel asintió. Llevaban varios días hablando de Madrid entre llamadas al seguro, facturas y reparaciones, pero escuchar a Mercedes decirlo de aquella manera le quitó al menos la sensación de estar abandonando algo al subir al coche.

Mercedes miró a Raúl antes de levantarse.

—Y tú para a comer a tu hora. Ayer llegaste a la cocina demasiado tarde.

—Hoy pararé.

Mercedes recogió las tazas vacías y volvió a la encimera.

—Me escribes cuando llegues —dijo a Isabel.

—Sí.

Isabel se acercó y la abrazó. Mercedes le devolvió el abrazo con naturalidad y después le puso la bolsa de comida en la mano.

—Conduce con cuidado.

—Lo haré.

Raúl cogió la bolsa de Isabel y salió con ella al patio. Mercedes se quedó en la cocina terminando de preparar café y algo de comida para llevar después a la parcela.

Raúl abrió la puerta del coche y dejó la bolsa de Isabel en el asiento trasero. Cuando volvió a quedar frente a ella, Isabel le agarró la camisa y lo besó. Ya no tenían nada que disimular y ninguno miró hacia la casa antes de acercarse. Raúl la sujetó por la cintura y tardó en separarse.

—Tengo que irme —dijo Isabel contra su boca.

—Lo sé.

No la soltó. Isabel volvió a besarlo y notó la mano de Raúl subir por su espalda hasta la nuca. Saber que aquella noche dormirían separados y que no volvería hasta el día siguiente hizo que quisiera quedarse allí unos minutos más.

—Si sigues así, no salgo de aquí —murmuró Isabel.

Raúl apoyó la frente contra la suya.

—No quiero que te vayas, pero sí quiero que tengas esa reunión.

Isabel respiró hondo antes de apartarse.

—Te llamo cuando llegue.

—Hazlo.

Ella entró en el coche y arrancó. Raúl permaneció en el patio hasta que Isabel tomó el camino de salida y lo perdió de vista en el retrovisor.

El tráfico empezó a espesarse antes de llegar a Madrid.

Isabel llevaba tantas semanas circulando por carreteras secundarias que el ruido continuo de coches, motos y autobuses le resultó más intenso de lo que recordaba.

No le desagradó. A medida que se acercaba a su barrio fue reconociendo semáforos, escaparates, fachadas y cruces que durante años había recorrido casi sin mirar.

Dejó la bolsa en su piso y, antes de ducharse, escribió a Mercedes para decirle que había llegado. Mercedes respondió casi enseguida: «Bien. Come algo antes de entrar a la reunión».

Después llamó a Raúl. Contestó con ruido de herramientas y voces al fondo.

—Ya he llegado.

—Bien. ¿Ha ido bien el viaje?

—Sí. Voy a ducharme y salir hacia el despacho.

—Hablamos luego cuando puedas.

—Sí.

La llamada duró menos de un minuto. Isabel dejó el teléfono sobre la mesa, se duchó y se puso un traje que no había usado desde antes de marcharse. Al abrocharse la chaqueta frente al espejo se reconoció enseguida. Seguía gustándole aquella ropa y seguía sintiéndose cómoda con ella.

Llegó al despacho veinte minutos antes de la reunión. Beatriz la vio entrar desde el otro lado de la planta y se levantó de su mesa.

—Me alegro de verte por aquí —dijo Beatriz.

Isabel dejó el bolso junto a su antigua mesa y la abrazó.

—Yo también tenía ganas de volver a veros.

Beatriz se apartó un poco para mirarla.

—Estás más morena.

—He pasado muchas horas fuera.

—Se nota. Luego me cuentas. Ahora te están esperando.

La sala grande estaba ya preparada. El socio que dirigía su área había colocado sobre la mesa una carpeta con el contrato que había originado el conflicto, varios correos impresos y un esquema de fechas.

Frente a él estaban el director financiero del cliente y dos responsables internos a los que Isabel conocía de reuniones anteriores.

La recibieron sin ceremonias. En menos de diez minutos estaban discutiendo cláusulas, incumplimientos y una cadena de decisiones que había empezado meses antes de que ella pidiera el permiso. Isabel abrió el contrato, localizó las partes que recordaba y empezó a hacer preguntas.

Al principio creyó que necesitaría tiempo para volver a coger el ritmo.

No lo necesitó. A los veinte minutos ya había detectado una contradicción entre dos comunicaciones internas y, poco después, recordó una negociación anterior que podía cambiar la forma de plantear la reclamación.

Pidió un documento que nadie había llevado a la reunión, explicó por qué lo necesitaba y dejó anotadas tres cuestiones que debían resolverse antes de enviar ninguna carta formal.

Durante casi tres horas no pensó en la finca.

El asunto que tenía delante absorbió toda su atención y a Isabel le gustó volver a trabajar así.

Le gustaba escuchar versiones distintas de un mismo hecho, encontrar el punto débil de una explicación, ordenar el problema y preparar una estrategia que pudiera defender.

Cuando la reunión terminó, tenía seis páginas de notas y ganas de seguir trabajando.

El cliente se marchó después de agradecerle que hubiera ido. El socio cerró la puerta de la sala cuando se quedaron solos.

—Por esto quería que vinieras.

Isabel recogió sus papeles.

—El asunto está peor de lo que parecía por teléfono.

—También es mejor para nosotros. Necesita alguien que lo conozca y que pueda dirigirlo desde el principio. Ellos te quieren a ti.

—Estoy de permiso.

—Lo sé. No te estoy pidiendo que lo lleves desde mañana. Te estoy enseñando qué tendrías si vuelves.

El socio se sentó frente a ella y abrió otra carpeta, mucho más fina.

—Y quiero concretarte lo otro. Lo que te adelanté por teléfono para enero hemos decidido moverlo a noviembre.

Si vuelves al terminar el permiso, queremos que asumas entonces la coordinación del equipo de litigación mercantil.

Seis abogados y dos juniors. Tendrías autonomía para repartir asuntos, revisar estrategia y participar en las decisiones de incorporación del equipo.

Isabel no tocó la carpeta.

—Eso cambia bastante mi puesto.

—Es la idea.

—También cambia mis horarios.

—Al principio, sí. Necesitaríamos que estuvieras aquí al menos tres días por semana. Después podemos hablar de más flexibilidad, pero no voy a venderte una dirección de equipo que puedas hacer entera desde otra provincia porque no sería verdad.

La franqueza hacía que la oferta fuera todavía más difícil de ignorar.

—¿Cuánto tiempo tengo para responder?

—Cuatro semanas me parecen razonables. El cliente necesita saber quién asumirá el arbitraje y nosotros tenemos que organizar el trimestre.

—Cuatro semanas.

—No te voy a pedir que me contestes hoy. Pero tampoco quiero que decidas pensando que aquí te espera exactamente lo mismo que dejaste. Has trabajado muchos años para llegar a esto.

Isabel cerró la carpeta.

—Lo sé.

Salió de la sala con una copia de la propuesta y volvió a su antigua mesa. Beatriz apareció cinco minutos después con dos cafés.

—¿Te han concretado ya la oferta? —preguntó Beatriz.

—Sí. Quieren que asuma la dirección del equipo de litigación mercantil.

Beatriz dejó uno de los cafés sobre la mesa e Isabel cogió el otro.

—Es un cambio grande.

—Sí. Al principio tendría que estar aquí tres días por semana.

—¿Y el resto?

—En principio habría flexibilidad, aunque dependería de los asuntos y de las reuniones.

Beatriz se quedó unos segundos pensativa.

—¿Quieres hacerlo?

Isabel miró las mamparas de cristal, la sala donde acababa de estar reunida y su mesa, que seguía teniendo una pequeña marca en una esquina porque años atrás había dejado caer encima una grapadora metálica.

—Sí.

La respuesta le salió sin esfuerzo. Isabel tomó un sorbo de café antes de continuar.

—Eso es lo que complica todo. Madrid sigue importándome.

—Se te nota.

—Y también quiero volver a la finca.

Beatriz asintió.

—Entonces tendrás que ver qué margen real tienes para mantener las dos cosas.

Comieron juntas cerca del despacho. Beatriz le preguntó por la finca y esta vez Isabel habló más que durante su visita anterior.

Le contó la granizada, la parcela alta salvada a contrarreloj, los daños en la parcela sur, el seguro y el banco.

También le explicó que todavía no tenían un contrato con Andreu y que, por mucho que las primeras conversaciones fueran buenas, la finca no estaba salvada.

—¿Y con Raúl cómo estás? —preguntó Beatriz cuando terminaron el primer plato.

—Bien. Seguimos juntos.

—¿Sabe ya lo de la oferta?

—Sí. No ha intentado convencerme de que la rechace.

—¿Qué te ha dicho?

—Que lo piense y que decida yo.

Beatriz asintió.