Capítulo 23 #2
Isabel miró hacia el patio. Nuria seguía esperándolo junto al cobertizo y Ginés levantaba la voz para defender otra vez el poste torcido.
—Te lo cuento luego. Ahora tienes gente esperando.
Raúl no insistió.
El resto de la tarde transcurrió entre reparaciones.
Isabel llamó al seguro para enviar dos fotografías que faltaban y luego se reunió con Nuria para revisar el coste acumulado de las reparaciones y lo que todavía quedaba pendiente.
Raúl pasó casi dos horas en la parcela sur con Ginés.
No volvieron a hablar del tema hasta que la cuadrilla se marchó.
Mercedes cenó con ellos y después subió a su habitación. Isabel salió al patio, donde Raúl estaba sentado en el banco de piedra con dos vasos de agua, y él le tendió uno cuando ella se acercó.
—¿Quieres contármelo?
Isabel aceptó el vaso y se sentó a su lado.
—Sí.
Le contó lo esencial de la conversación: Teresa creía la versión que Raúl le había dado sobre los dos besos y que no se habían acostado, pero seguía dolida porque él había esperado demasiado para hablar con ella cuando ya sabía lo que sentía por Isabel.
Raúl escuchó sin interrumpir.
—Tiene razón —dijo al final—. Tendría que haber hablado antes.
—También me ha dicho por qué no ha vuelto a la finca.
Raúl bajó la vista al vaso.
—Me lo imagino.
—No quiere encontrarnos aquí juntos. Dice que durante tres años esto también formó parte de su vida.
—Lo sé.
Isabel lo miró.
—Yo no había pensado mucho en eso.
—Yo sí.
Hubo un silencio breve.
Raúl volvió a mirarla.
—Sigo sin entender por qué has querido ir tú sabiendo que podías encontrártela.
—Porque había que comprar las cosas y no quería mandar a otra persona solo para evitarla. Sabía que alguna vez iba a tener que hablar con ella.
—No hacía falta que fuera hoy.
—No, pero ya no quería seguir aplazándolo.
—¿Y te ha servido de algo?
Isabel negó con la cabeza.
—Para sentirme mejor, no.
Raúl se pasó una mano por la nuca.
—Isabel, enamorarte de mí no fue algo que hicieras para hacerle daño.
—Ya lo sé.
—Lo que hice mal fue esperar para hablar con ella. Eso sí fue mío.
—Y yo sabía que tenías pareja cuando te besé.
Raúl no discutió aquello.
—Sí.
Isabel giró el vaso entre las manos.
—No quiero que acabemos haciendo cuentas para decidir quién tuvo más culpa. Nos enamoramos y Teresa salió herida.
Raúl asintió despacio.
—Sí.
—Y tampoco quiero que con el tiempo acabemos diciendo que vuestra relación ya estaba rota antes de que yo llegara, porque no era así.
—No estaba rota. Yo no pensaba dejarla antes de que volvieras.
Raúl respondió sin dudar.
—Empecé a sentir cosas por ti y tardé demasiado en aceptar lo que estaba pasando y en hablar con Teresa. Eso fue lo que hice mal.
Isabel sostuvo su mirada.
—Eso es lo que necesitaba oír.
—Es la verdad.
—No quiero volver a hablar de Teresa como si hubiera sido solamente la mujer que estaba contigo antes que yo.
—Yo tampoco.
Raúl se acercó un poco más y le rozó el brazo.
—¿Estás bien?
—Estoy incómoda.
—Normal.
Isabel lo miró.
—Déjame estar incómoda un rato.
—Vale.
Raúl no intentó convencerla de que se sintiera de otra manera.
Se volvió hacia ella, le acarició la cara y después la besó.
Isabel le agarró la camiseta y tiró de él hasta acercarlo más.
Desde que Isabel había vuelto de Barbastro se habían contenido, primero porque la finca seguía llena de gente y después porque aún tenían pendiente aquella conversación, pero ahora no había nadie en el patio.
Raúl la besó otra vez y deslizó la mano desde su cara hasta la parte baja de la espalda. Isabel se acercó hasta quedar pegada a él. El cuerpo de Raúl contra el suyo la excitó enseguida. La conversación seguía presente, pero ninguno de los dos se apartó.
Raúl separó la boca apenas lo necesario para mirarla.
—¿Quieres subir?
Isabel lo besó antes de responder.
—Sí.
Subieron sin hablar y, en el pasillo, Raúl le cogió la mano y no la soltó hasta que Isabel cerró la puerta de la habitación.
Entonces volvió a besarla, con calma al principio, recorriéndole los costados con las manos, y después el beso se hizo más intenso hasta que Isabel retrocedió y tocó la pared con la espalda.
Ella tiró de la camiseta de Raúl y metió las manos por debajo, recorriéndole la espalda mientras él la besaba bajo la mandíbula.
Seguían deseándose con la misma fuerza, pero aquella noche no tenían prisa. Isabel apoyó la frente en la de él y siguió tocándolo mientras Raúl le acariciaba la cara, el cuello y los hombros después de una tarde que los había dejado a los dos removidos.
Se fueron desvistiendo y se metieron en la cama. Se besaron durante un rato, todavía con deseo, pero Isabel terminó apoyando la cabeza en el pecho de Raúl.
Él la rodeó con un brazo y siguió acariciándole la espalda. Isabel pasó una pierna sobre las suyas, dejó una mano apoyada en su abdomen y cerró los ojos.
Aquella noche no quería seguir pensando. Prefería dormir a su lado, sentir el calor de su cuerpo y escuchar cómo su respiración se iba haciendo más lenta.
Raúl le besó el pelo y la abrazó un poco más. Isabel se quedó dormida así.
Cuando se despertó de madrugada, Raúl seguía abrazándola y la finca estaba en silencio. Miró la hora, recordó que por la mañana tenía que salir hacia Madrid y volvió a cerrar los ojos.