La cosecha que nos quedaba Capítulo 23
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Capítulo 23

El martes, a primera hora de la tarde, Mercedes hizo una lista de cosas que faltaban en la casa y en el botiquín de la finca y la dejó junto a la cafetera, debajo de las llaves del coche de Isabel.

Habían gastado gasas, esparadrapo y desinfectante con los pequeños cortes de aquella mañana, y Ginés seguía insistiendo en que la rozadura que tenía en el antebrazo no era nada aunque Mercedes se la hubiera limpiado dos veces.

—Voy yo —dijo Isabel, doblando la lista y guardándosela en el bolsillo.

Mercedes levantó la cabeza.

—Puede ir cualquiera. Si quieres, se lo digo a uno de los chicos cuando baje.

—No hace falta. Tengo que pasar también por la ferretería.

Era verdad, aunque no era toda la verdad. Isabel sabía en qué farmacia trabajaba Teresa desde mucho antes de que Raúl terminara con ella y, cuando cogió las llaves del coche, también sabía que existía la posibilidad de encontrarla detrás del mostrador.

Podía haber elegido otra farmacia, pero no lo hizo.

Durante los últimos días había pensado varias veces en Teresa.

No porque creyera que tuviera que pedirle permiso para estar con Raúl ni porque quisiera disculparse por haberse enamorado de él.

Eso no había sido una decisión. Pero conocía la parte que había hecho daño: mientras ella y Raúl intentaban entender qué estaba ocurriendo entre ellos, Teresa seguía creyendo que su relación continuaba igual.

Isabel no había querido aquello, pero había ocurrido. Quizá por eso, cuando salió hacia Barbastro, sintió que prefería encontrarse con Teresa de una vez antes que seguir preguntándose cómo sería cuando sucediera.

Raúl estaba en la parcela sur con Nuria, revisando por tercera vez las líneas de emparrado que podían repararse sin sustituir postes.

Ginés había conseguido a dos hombres del pueblo para ayudar durante la mañana; uno trabajaba en la finca vecina que les había prestado el tractor cuando se averió el suyo.

Aquel día Raúl había trabajado sin mirar el cielo cada pocos minutos.

Isabel no lo veía así desde la granizada.

Condujo hasta Barbastro pensando en la respuesta que todavía debía al despacho sobre la propuesta de enero.

El socio que dirigía su área había vuelto a escribirle aquella mañana.

No la presionaba; le había propuesto aprovechar la reunión del miércoles para hablarlo con calma.

Isabel había contestado que sí, aunque todavía no sabía qué iba a decirle.

Fue primero a la ferretería. Dejó la farmacia para el final.

Se quedó unos segundos dentro del coche antes de bajar; después cogió la lista y entró.

Teresa estaba detrás del mostrador y las dos se reconocieron enseguida.

Había otra farmacéutica atendiendo a una mujer mayor al fondo y un hombre esperaba cerca de la puerta. Teresa mantuvo el gesto profesional.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes.

Isabel dejó la lista sobre el mostrador.

—Necesito reponer esto. Es para el botiquín de la finca.

Teresa bajó la mirada.

—Vale.

Empezó a buscar los productos sin añadir nada.

Isabel la observó abrir cajones, comprobar tamaños y colocar las cajas sobre el mostrador.

Durante casi tres años aquella mujer había escuchado a Raúl hablar de la finca, había subido a llevarle comida y hasta había ido a vendimiar.

Desde la ruptura no había vuelto a aparecer por allí, e Isabel sabía por qué.

Teresa dejó dos paquetes de gasas junto a la caja.

—¿Os hizo mucho daño la granizada?

—Bastante en la parcela sur. La parcela alta la salvamos casi entera.

Teresa asintió.

—Raúl llevaba semanas preocupado por ella.

—Sí.

La respuesta quedó ahí.

Cuando los otros clientes se marcharon y la segunda farmacéutica entró en el almacén, el silencio empezó a resultar más difícil de mantener.

Teresa fue la primera en romperlo.

—Supongo que sabías que trabajaba aquí.

Isabel sostuvo su mirada.

—Sí.

—Entonces tampoco has entrado por casualidad.

—Necesitábamos las cosas de la lista.

—Hay más farmacias en Barbastro.

—También lo sé.

Teresa esperó mientras Isabel respiraba antes de continuar.

—Podía haber mandado a otra persona. No he querido hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque sabía que en algún momento nos íbamos a encontrar y no quería seguir evitándolo.

Teresa apoyó una mano en el mostrador.

—Yo no te estaba esperando.

—Ya.

—Y tampoco necesitaba esta conversación.

—Puede que yo sí.

Aquello hizo que Teresa frunciera ligeramente el ceño.

—No sé qué necesitas que te diga.

—Nada en concreto. Solo quería hablar contigo una vez.

Teresa guardó silencio durante unos segundos.

—Raúl me contó la verdad.

Isabel asintió.

—Lo sé.

—Me dijo que os habíais besado dos veces y que no os habíais acostado.

—Eso fue exactamente lo que pasó.

—Nunca he pensado otra cosa.

Teresa cogió una botella de desinfectante y la dejó con el resto.

—Lo que hizo mal no fue mentirme sobre eso. Fue esperar.

Isabel no respondió.

—Llevaba semanas sabiendo que sentía algo por ti y yo seguía con él como si nada hubiera cambiado. Eso es lo que me dolió. Si hubiera venido cuando se dio cuenta y me hubiera dicho «me está pasando esto», habría sido horrible igual, pero habría sido distinto.

—Sí.

—En lugar de eso esperó. Os acercasteis, os besasteis una vez, luego otra, y después vino a decírmelo.

—Tendría que habértelo dicho antes.

—Sí. Tendría.

Teresa no levantó la voz. Eso hacía que la conversación resultara todavía más incómoda.

—Y no, no creo que estuvierais acostándoos a mis espaldas. Tampoco necesito imaginar nada más de lo que ocurrió. Dos besos ya me parecieron suficientes.

Isabel bajó un momento la mirada.

—No sé si de verdad puedes entenderlo —continuó Teresa.

Isabel volvió a mirarla.

—No quería que pasara.

Teresa soltó el aire despacio.

—Puede ser. Pero eso no cambia cómo lo viví yo.

—Intenté apartarme.

—Pero te enamoraste de él.

No sonó como una pregunta.

—Sí.

Teresa apretó los labios antes de continuar.

—Y él de ti.

—Sí.

—Pues eso es bastante difícil de encajar cuando eres la persona que estaba con él mientras ocurría.

Isabel sintió que se le cerraba el estómago.

—Lo sé.

—No, Isabel. Tú sabes que fue desagradable. Yo fui la que llegó a casa aquella noche y tuvo que entender que el hombre con el que llevaba tres años estaba enamorado de otra persona.

Isabel recibió la frase sin intentar defenderse.

—Tienes razón.

Teresa miró hacia el almacén antes de seguir.

—Por eso no he vuelto a la finca.

Isabel tardó un segundo en responder.

—Me lo imaginaba.

—No quiero subir allí.

Isabel asintió.

—He ido durante tres años. He comido allí, he ayudado en vendimia, conozco a Mercedes, a Ginés, sé cuándo Raúl está preocupado aunque diga que no pasa nada y sé qué cosas de la bodega lleva años queriendo arreglar.

—Teresa hizo una pausa—. Ahora mismo no quiero entrar por el camino y encontraros juntos.

Isabel tragó saliva.

—No tienes por qué hacerlo.

—Ya lo sé.

—Y siento que también hayas perdido eso.

Teresa la miró con una expresión dura.

—No me digas que lo sientes como si pudieras arreglarlo.

—No estoy intentando arreglarlo.

—Pues parece que has venido para sentirte un poco mejor.

Isabel acusó el golpe y tardó un momento en responder.

—Puede que en parte sí.

Teresa pareció sorprenderse por la respuesta.

—No voy a mentirte. Me sentía mal y pensaba que tenía que mirarte a la cara alguna vez. Pero no esperaba que me dijeras que no pasa nada.

—Porque sí pasa.

—Ya lo sé.

Teresa bajó la vista a la lista y comprobó que no faltara nada.

—Yo tampoco creo que tú decidieras hacerme daño.

—No fue así.

—Ya. Pero ocurrió mientras él seguía conmigo.

Isabel asintió.

—Sí.

No había nada que Isabel pudiera responder que mejorara la frase.

Teresa introdujo los productos en una bolsa.

—Lo único que no quiero es enterarme dentro de seis meses de que ahora resulta que Raúl y yo llevábamos años fatal y que lo vuestro tenía que pasar.

—No pienso decir eso.

—Porque no es verdad.

—Lo sé.

—Estábamos bien en muchas cosas. Yo pensaba que seguíamos juntos porque queríamos seguir juntos.

—Raúl también me ha dicho eso.

Teresa la miró.

—Me alegro de que por lo menos no esté reescribiendo nuestra relación.

—No lo hace.

Teresa marcó los productos en la caja.

—Son treinta y cuatro con veinte.

Isabel pagó. Durante unos segundos volvieron a ser una farmacéutica y una clienta.

Teresa le entregó el recibo y después la bolsa.

—Espero que la finca salga adelante.

Isabel la miró, sorprendida.

—Gracias.

—Pero todavía no quiero volver por allí.

Asintió sin discutirlo.

Isabel cogió la bolsa.

—Cuídate.

—Tú también.

Salió de la farmacia bastante más incómoda de lo que había entrado. Se sentó en el coche y dejó la bolsa en el asiento del acompañante, pero tardó un poco en arrancar.

No podía decir que Teresa hubiera sido injusta. Tampoco podía decir que la conversación hubiese servido para sentirse mejor. En realidad había ocurrido lo contrario.

Ella no había querido enamorarse de Raúl y sabía que él tampoco había planeado que ocurriera.

Pero Teresa tenía razón en una cosa: durante aquellas semanas, cada uno había entendido una cosa distinta.

Isabel intentaba apartarse de lo que sentía, Raúl retrasaba una conversación que tendría que haber tenido antes y Teresa creía que su relación seguía igual.

Arrancó finalmente y volvió a la finca.

Cuando llegó, Raúl estaba junto al cobertizo repasando con Nuria una lista de material. Ginés sujetaba uno de los postes que habían sacado de la parcela sur y discutía con uno de los hombres del pueblo sobre si merecía la pena enderezarlo. Mercedes apareció en cuanto oyó el coche.

—¿Lo has encontrado todo?

—Sí.

Isabel le dio la bolsa. Mercedes empezó a revisar el contenido.

Raúl esperó a que Nuria terminara de explicarle una medida y se acercó cuando Isabel ya entraba en la casa.

—¿Qué ha pasado?

—He visto a Teresa.

Raúl se quedó quieto.

—¿En la farmacia?

—Sí.

—¿Has ido a su farmacia?

—Necesitábamos reponer el botiquín.

Raúl la miró un momento.

—Hay otras farmacias.

—Eso mismo me ha dicho ella.

—¿Para qué has ido?