La cosecha que nos quedaba Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

Cuando notó que Isabel empezaba a tensarse de verdad, una de sus manos bajó entre sus piernas. Mantuvo un ritmo constante mientras seguía estimulándole un pezón con la otra mano. Isabel cerró los ojos, se aferró a sus hombros y dejó escapar un gemido cuando el placer empezó a subir con rapidez.

Raúl esperó hasta notar que estaba a punto de alcanzar el orgasmo. Entonces redujo el ritmo hasta dejarlo casi en nada.

Isabel abrió los ojos.

—Raúl…

Él le besó el cuello y siguió acariciándola apenas, sin darle todavía lo que estaba buscando.

—Todavía no.

Isabel soltó el aire contra su hombro, entre frustrada y excitada. Raúl la dejó recuperar unos segundos.

Después cambió la forma de tocarla. Se concentró entre sus piernas, primero con movimientos lentos y después con un ritmo cada vez más firme. Isabel empezó a buscar su mano cada vez que él cambiaba la presión y Raúl tuvo que sujetarla por la cintura para mantenerla pegada a él.

—No pares —murmuró ella.

Raúl no respondió. Siguió hasta que la respiración de Isabel volvió a quebrarse y sus piernas empezaron a tensarse. Ella se apretó contra su cuerpo, ya incapaz de disimular lo cerca que estaba.

Cuando Isabel estaba a punto de llegar al orgasmo, Raúl volvió a disminuir la intensidad.

Ella dejó caer la frente contra su hombro.

—No puedes hacerme esto.

Raúl sonrió contra su piel.

—Parece que sí.

Isabel le agarró la camisa y tiró de él hacia sí. La provocación empezaba a desesperarla, pero también la estaba excitando mucho más de lo que esperaba.

Esta vez casi no le dio tregua. Una mano volvió a sus pechos y a sus pezones mientras la otra retomaba las caricias entre sus piernas. Ya no necesitó tanto tiempo para llevarla otra vez arriba: Isabel estaba demasiado excitada y reaccionaba a cualquier cambio de ritmo.

Raúl también empezaba a perder la calma. Tenía el pecho agitado y cada gemido de Isabel hacía más difícil mantener aquel juego. Aun así, consiguió aguantar hasta que ella volvió a tensarse, a un instante del orgasmo, y justo entonces volvió a frenar.

Isabel abrió los ojos y lo miró con una mezcla de incredulidad y deseo.

—No vuelvas a bajar el ritmo.

Raúl se quedó muy cerca de ella y tomó aire antes de responder.

—No pensaba hacerlo otra vez.

Isabel lo besó con fuerza.

—No puedo más.

Raúl dejó de provocarla en ese momento y la hizo girarse contra la pared con cuidado de no rozarle la cadera golpeada. Isabel apoyó las manos en la madera procurando no cargar el peso en el brazo izquierdo, mientras él se colocaba detrás y la besaba en el hombro.

Raúl se pegó de nuevo a ella. Una de sus manos subió hasta su pecho y le acarició los pezones mientras entraba en ella por detrás.

Isabel dejó escapar un gemido mucho más fuerte que los anteriores.

Después de todo aquel tiempo al borde del orgasmo, la sensación fue tan intensa que las piernas le temblaron.

Raúl la sujetó por la cintura y empezó a moverse con un ritmo rápido, sin ninguna de las pausas con las que la había estado provocando.

Él tampoco podía seguir jugando. La excitación acumulada se notaba en la fuerza con la que la mantenía cerca y en cómo buscaba su cuello con la boca mientras seguía pegado a ella.

—Ahora sí —murmuró junto a su oído.

Isabel volvió la cabeza buscando su boca. Raúl la besó y aumentó todavía más el ritmo.

A partir de ahí ninguno intentó contener nada e Isabel llegó al orgasmo muy deprisa, con las manos apoyadas en la pared y el cuerpo tenso contra él. Raúl la sostuvo mientras se estremecía y llegó poco después, todavía abrazado a ella por detrás.

Se quedaron quietos unos segundos, intentando recuperar el aliento.

Raúl dejó caer la cabeza junto a su cuello.

—Joder.

Isabel soltó una risa sin aire.

—Eso ha sido culpa tuya.

Raúl le besó el hombro y la abrazó por detrás.

—Lo sé.

Siguieron abrazados un momento antes de volver a hablar de la finca.

—Mañana pides solo los postes de las dos zonas urgentes.

—Y el alambre.

—También el alambre.

—Tú mandas al banco las cifras revisadas.

—Ya están enviadas.

Raúl levantó la cabeza, sorprendido.

—¿Cuándo lo has hecho?

—Antes de ir a buscarte.

A la mañana siguiente pusieron en marcha el acuerdo.

El seguro confirmó que no conseguiría enviar al perito ese viernes y que intentaría hacerlo durante la semana siguiente.

El proveedor aceptó por escrito el nuevo plazo de pago y el banco respondió que incorporaría la previsión revisada al expediente, aunque el comité todavía no había decidido sobre la reordenación de la deuda.

Raúl hizo el pedido. Ginés empezó a instalar los provisionales en la parte baja. Nuria preparó una tabla de seguimiento de daños y producción que Isabel añadió a la documentación del seguro.

Nada estaba resuelto todavía, pero ya sabían qué podían pagar, qué debía esperar y qué no estaban dispuestos a sacrificar.

Y a media mañana, mientras Isabel revisaba el correo del despacho de Madrid, apareció en su teléfono un mensaje recordándole que la reunión del miércoles seguía confirmada.

Madrid también esperaba una respuesta suya.