La cosecha que nos quedaba Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Raúl seguía serio, pero se inclinó de nuevo sobre la mesa.

—¿Y el tratamiento?

—Eso entra. No lo estoy discutiendo.

—Entonces pidamos lo imprescindible hoy y dejamos el resto preparado para cuando sepamos lo del seguro.

—Eso sí.

Nadie celebró el acuerdo. Habían decidido cuánto podían reparar sin tocar las nóminas y qué podía esperar al seguro; con eso podían seguir trabajando aquella tarde.

La tarde fue más larga que la mañana.

Mientras parte de la cuadrilla recogía la uva sana de la parcela sur, Nuria organizó una segunda selección a la entrada de la bodega.

Raúl pasó de la parcela a los depósitos varias veces para comprobar que nada dañado terminara mezclándose con lo que ya estaba fermentando.

Ginés sacó los postes viejos del cobertizo y empezó a limpiar los que aún podían servir.

Isabel preparó el parte del seguro, adjuntó las fotografías y envió al banco una previsión nueva con menos producción y más gasto de mano de obra.

Antes de enviarla, añadió una nota que explicaba que la finca había salvado la mayor parte de la parcela alta y que la conversación con Andreu seguía abierta, pero no incorporó ninguna venta futura como ingreso garantizado.

También envió a Andreu un resumen breve de lo ocurrido, con dos fotografías de la parcela sur y el dato provisional de la parcela alta. Le dejó claro que no podían cerrar cantidades hasta terminar la selección y ver cómo evolucionaban las fermentaciones.

Después llamó al proveedor de botellas y, sin pedir perdón ni prometer una fecha que no pudiera cumplir, explicó el siniestro, ofreció pagar una parte esa misma semana y negoció treinta días para el resto. El proveedor aceptó después de consultar con administración.

Cuando colgó, Mercedes estaba en la puerta del despacho con un plato de comida.

—¿Eso ha sido un sí?

—Treinta días.

—Entonces come.

Isabel miró el plato y después el reloj.

—En cinco minutos.

Mercedes entró y lo dejó junto al portátil.

—En cinco minutos estará frío. Tú sabrás.

Se marchó sin esperar respuesta e Isabel terminó comiendo delante de la pantalla mientras seguía revisando cifras.

A última hora de la tarde, Ginés entró al despacho sin llamar. Se quitó la gorra y la dejó sobre una rodilla antes de sentarse.

—Te voy a preguntar una cosa y prefiero que no me digas que sí por quedar bien.

Isabel cerró el documento que estaba revisando.

—Pregunta.

—¿Hay peligro de que después de la vendimia no siga toda la gente?

La pregunta no la sorprendió; lo que llamó su atención fue que Ginés evitara mirarla mientras la hacía.

—Hoy no puedo prometerte nada que dependa de lo que todavía no sabemos —dijo Isabel—. Pero los salarios son lo primero que he separado esta mañana y no estoy preparando ningún recorte de plantilla.

Ginés dobló la gorra entre las manos antes de añadir:

—Nuria está preocupada. No lo va a decir porque es muy orgullosa, pero está pensando si buscar otra cosa para invierno.

Isabel miró hacia la bodega. Nuria estaba al fondo, inclinada sobre una mesa de selección.

—¿Y tú?

—Yo también quiero seguir. Pero llevo media vida aquí y sé a quién preguntar si vienen mal dadas. Ella está empezando y no quiero que se marche por miedo si luego podemos mantenerla.

—Hablaré con ella hoy.

—Le vendrá bien saberlo.

Ginés se levantó y añadió antes de salir:

—Y una cosa más. Lo de antes con Raúl no te lo tomes por donde no es.

Isabel apoyó los brazos sobre la mesa.

—No necesito que me lo traduzcas.

—Mejor. Porque tampoco sabría hacerlo.

Aquello casi habría podido ser una broma, pero Ginés lo dijo con tanta seriedad que Isabel no encontró nada que responder. Se puso la gorra y salió.

Cuando terminó la jornada, Isabel fue a buscar a Nuria antes de que se marchara.

—Ginés me ha dicho que estás pensando en buscar algo para invierno.

Nuria le lanzó una mirada rápida hacia el patio.

—Ginés habla demasiado.

—Puede ser. ¿Es verdad?

Nuria tardó un poco en contestar y cuando habló lo hizo sin rodeos:

—Quiero quedarme, si hay sitio. Aquí no estoy metida solo en el laboratorio: salgo al campo, sigo los lotes y veo el proceso entero. Pero no quiero esperar a noviembre para descubrir que no hay trabajo y tener que empezar a buscar entonces.

—No te voy a prometer lo que todavía no puedo asegurar. Pero sí puedo decirte que no estamos preparando recortes y que quiero contar contigo para algo más que venir a vendimiar. Hoy has tomado decisiones que nos han ahorrado tiempo y dinero.

Nuria frunció ligeramente el ceño antes de preguntar:

—¿Qué significa eso?

—Que cuando pase esta semana quiero sentarme contigo y con Raúl y hablar de responsabilidades, no solo de jornadas.

Nuria la miró unos segundos antes de asentir.

—Vale.

—Y si mientras tanto necesitas saber algo sobre tu contrato, me preguntas a mí. No esperes a enterarte por rumores.

—Vale.

No hubo una gran reacción: Nuria se colgó la mochila y se marchó, y a Isabel le pareció suficiente.

Raúl seguía en la parcela sur cuando empezó a oscurecer. Isabel lo vio desde el patio y dudó unos minutos antes de ir hacia allí. No quería terminar el día dejando la discusión en el punto en que había quedado, pero tampoco quería acercarse solo para fingir que no había pasado.

Lo encontró tensando un alambre provisional junto a uno de los postes que Ginés había recuperado.

—Ese era de los que podían esperar —dijo Isabel.

Raúl soltó la herramienta y la dejó en el suelo.

—Estoy asegurándolo. No sustituyéndolo.

—Ya.

Se miraron unos segundos sin que hubiera nadie cerca.

—Antes me he pasado —dijo Raúl.

Isabel no respondió enseguida, pero tampoco lo dejó pasar.

—La frase de las columnas, sí.

—Sí.

—Me ha molestado.

—Lo sé.

Raúl se apoyó contra el poste sano de la hilera contigua.

—Llevo tantos años viendo que cuando falta dinero lo primero que se retrasa es lo que no parece urgente desde un despacho que en cuanto has dicho que esperáramos he reaccionado antes de escucharte.

—Y yo llevo años entrando en empresas cuando ya han esperado demasiado para mirar los números. En cuanto has dicho que había que pedirlo todo, he pensado que ibas a hacer exactamente eso.

—Los dos hemos oído algo que el otro no estaba diciendo.

—Sí.

Isabel se acercó un poco más antes de continuar:

—Pero hay una cosa que no quiero que vuelva a pasar. No quiero tener que demostrarte cada semana que me importa la finca porque mi forma de protegerla no se parezca a la tuya.

Raúl la miró sin apartarse y respondió:

—No tienes que demostrármelo.

—Esta mañana parecía que sí.

—Esta mañana estaba viendo las hileras rotas y quería arreglarlas todas antes de aceptar que no podíamos.

—Y yo estaba viendo la cuenta del banco y quería congelarlo todo antes de aceptar que algunas cosas no pueden esperar.

Raúl se acercó entonces hasta quedar delante de ella.

—Nuria nos ha salvado de los dos.

—Sí.

—Habrá que pagarle más si va a seguir haciendo eso.

Isabel sostuvo su mirada antes de responder:

—Eso también está en mis números.

Raúl apoyó una mano en su cintura sin sonreír, e Isabel tampoco lo hizo. Seguían pensando distinto, pero ya habían acordado qué hacer.

—¿Sigues enfadada? —preguntó él.

Isabel negó con la cabeza.

—No. Creo que necesitábamos discutirlo.

Raúl asintió.

—Supongo que habrá cosas en las que no vamos a ver lo mismo a la primera.

—Seguramente muchas.

Raúl sonrió un poco.

—Prometedor.

Isabel también sonrió.

—Pero al final nos hemos entendido.

—Sí.

Raúl levantó una mano y le apartó un mechón de la cara. Isabel apoyó la palma en su pecho y se quedó así unos segundos, ya sin la tensión de antes.

Raúl la besó entonces. Fue un beso tranquilo, casi una forma de cerrar la discusión. Isabel le rodeó el cuello con los brazos y respondió sin prisa.

Cuando se separaron, ninguno se alejó demasiado.

Raúl volvió a besarla. Esta vez el beso duró más.

La mano de Raúl bajó hasta su cintura y ella se acercó un poco más, todavía besándolo. Ya no quedaba enfado, pero sí toda la tensión que habían acumulado durante el día.

Isabel deslizó las manos bajo su camiseta.

Raúl interrumpió el beso apenas lo suficiente para mirarla.

Isabel sonrió y volvió a besarlo, y esta vez ya no hubo nada tranquilo en el gesto.

Raúl la llevó hasta el extremo de la hilera, fuera de la vista directa del patio. Isabel volvió a tirar de él y Raúl le besó la piel bajo la oreja mientras ella seguía acariciándole el torso bajo la camiseta.

—Aquí nos puede ver cualquiera —murmuró él.

Isabel miró hacia el patio.

—Entonces tendremos que buscar otro sitio.

Raúl levantó la cabeza y miró hacia un lado.

—Aquí detrás está el cobertizo de Ginés.

Era donde guardaba herramientas, postes usados y material de reparación. Estaba a pocos metros.

Raúl le cogió la mano y fueron hasta allí casi sin hablar. Al entrar, los recibió el olor a madera, tierra seca y hierro. La última luz del día se colaba por la pequeña ventana y por las rendijas de la puerta.

Isabel apenas tuvo tiempo de darse la vuelta. Raúl la besó y la llevó contra la pared, colocando una mano detrás de su espalda para que no se golpeara y evitando apretarla sobre la cadera amoratada.

Llevaba toda la tarde deseándola, pero esta vez no se precipitó. Empezó besándole el cuello y recorriéndole la cintura con las manos. Isabel se acercó más a él y respondió a cada caricia, ya sin pensar en la discusión.

Al principio no bajó más allá de su cintura. Le acarició los pechos despacio y fue deteniéndose en los pezones, primero con los dedos y después con la boca, hasta que Isabel empezó a respirar de forma irregular. Cada vez que ella se acercaba más a él, Raúl prolongaba un poco la caricia.