Capítulo 22
A las seis y media de la mañana, la parcela sur parecía peor que la tarde anterior.
La luz dejaba ver lo que la tormenta había ocultado: racimos abiertos, hojas partidas, sarmientos desgarrados y varios postes vencidos hacia un lado.
En las zonas más expuestas, el suelo estaba cubierto de uvas aplastadas y pequeños trozos de hoja seca.
Isabel caminó detrás de Raúl y Nuria sin hablar durante los primeros minutos.
Ginés iba unos metros más abajo, levantando alambres y comprobando qué tramos podían tensarse de nuevo y cuáles habría que sustituir.
Nuria se agachó junto a una cepa y abrió uno de los racimos dañados.
—Esto no entra —dijo—. Una baya abierta después del granizo se contamina y se avinagra mucho más deprisa. Hay que separar con mucha dureza y recoger solo lo que siga sano.
Raúl miró la hilera completa antes de preguntar:
—¿Cuánto calculas que hemos perdido?
—De la parte que quedaba por vendimiar, entre un treinta y un cuarenta por ciento. Hasta que no pesemos no te digo una cifra mejor.
Isabel anotó el dato en la carpeta que llevaba contra el pecho.
—¿Y las cepas?
Ginés contestó desde el otro lado de la hilera.
—Las viejas aguantan más de lo que parece. Lo peor son los brotes y el emparrado. Aquí hay trabajo para semanas.
Raúl siguió andando. Se detuvo ante uno de los postes inclinados y tiró del alambre con la mano.
—Esto hay que levantarlo cuanto antes.
—Primero tenemos que documentarlo —dijo Isabel—. He leído la póliza esta mañana. Si movemos o sustituimos cosas antes de que venga el perito, pueden discutir qué daño corresponde a la tormenta.
Raúl la miró y respondió sin apartar la vista de los postes caídos:
—No podemos dejar una semana el emparrado así.
—No he dicho una semana. He dicho que primero hagamos fotos, vídeo y un inventario. He llamado al seguro antes de bajar. El parte ya está abierto y van a intentar mandar a alguien en los próximos días.
Nuria señaló dos hileras más abajo antes de intervenir:
—Podemos asegurar lo que esté a punto de caer sin desmontarlo. Lo justo para que no termine en el suelo. Y dejamos marcado todo lo demás.
Raúl señaló el primer tramo:
—Hazlo así. Ginés, tú conmigo. Isabel, si quieres ir haciendo las fotos, empieza desde el camino y sigue por filas. Que se vea el número de cada una.
Isabel abrió la cámara del móvil sin que le molestara que Raúl diera las instrucciones, porque aquella mañana cada uno sabía mejor que los otros qué parte debía sostener.
Durante más de dos horas recorrieron la parcela: Isabel fotografió postes, alambres, racimos y brotes; Nuria anotó daños y separó las zonas que todavía podían vendimiarse; y Ginés y Raúl fijaron provisionalmente los tramos más inestables.
Cuando Mercedes apareció con café y bocadillos, nadie había desayunado todavía.
—Os los dejo aquí y si dentro de diez minutos siguen enteros, os los meto por la fuerza —dijo, colocando la cesta sobre el capó del tractor.
Isabel cogió un café sin discutir. Tenía los pantalones húmedos por la hierba, el brazo izquierdo seguía tirándole al levantarlo y el moratón de la cadera protestaba cada vez que se agachaba. Además, le dolían músculos que el día anterior ni siquiera sabía que había usado.
Nuria se acercó con la libreta y abrió una página marcada con varias cifras.
—He hecho una primera estimación. De la parcela alta, contando selección, hemos salvado alrededor del ochenta y cinco por ciento de lo que estaba en punto. De la parcela sur que quedaba, si somos muy estrictos, creo que podremos aprovechar algo más de la mitad.
—¿Y merece la pena? —preguntó Isabel.
—Si seleccionamos bien, sí. Pero va a dar menos volumen y va a costar más trabajo.
Raúl tomó el papel, repasó las cifras y señaló las zonas marcadas.
—Entramos hoy mismo en las zonas sanas. Lo tocado se queda fuera.
—¿Toda la cuadrilla? —preguntó Ginés.
—Toda la que podamos tener.
Isabel miró a Raúl.
—Antes de llamar a nadie más, necesito saber cuánto nos cuesta.
Él levantó la vista del papel y contestó sin dudar:
—Nos cuesta menos que dejar la uva pudriéndose.
—Eso lo sé. Pero también necesito pagar a la gente que ya está trabajando, las facturas que vencen este mes y la cuota del banco si no nos confirman la prórroga.
Raúl dobló la hoja y se la devolvió a Nuria.
—Luego hacemos números. Primero sacamos lo que se pueda salvar.
Isabel no insistió allí. Llamó a dos de los temporeros del día anterior y a la empresa que les había mandado otros tres. Consiguió cuatro personas para esa misma tarde y dos más para el día siguiente. Después subió a la casa, abrió el portátil en el despacho y empezó a rehacer las previsiones.
Antes de las once llamó el banco. El director había recibido la carpeta que Isabel envió el día anterior y también había visto el aviso de tormenta en la zona.
Isabel le explicó el daño sin adornarlo: la parcela alta estaba mayoritariamente a salvo, parte de la parcela sur había quedado dañada y todavía no tenían cifra definitiva.
Él le confirmó que riesgos había autorizado una prórroga de treinta días para el vencimiento inmediato, pero la reordenación de la deuda seguía pendiente y cualquier reducción sustancial de producción obligaba a actualizar la previsión.
—Le mandaré un escenario revisado esta tarde —dijo Isabel—. Y el número de expediente del seguro.
—Necesito también algo del comprador del que me habló. Una carta de interés, una reserva condicionada, lo que tengan.
—Todavía no tenemos un compromiso firmado.
—Entonces necesito saber en qué punto está.
Isabel miró por la ventana hacia la parcela sur.
—Se lo diré por escrito. Pero no voy a presentar como ingreso seguro algo que todavía depende de una cata y de una negociación.
Hubo un silencio breve al otro lado antes de que el director respondiera:
—Eso es razonable. Pero entiéndame a mí también: el banco tiene que justificar por qué concede más tiempo.
—Lo entiendo. Envíeme exactamente qué documentación quiere el comité y se la preparo.
Cuando colgó, tenía un correo nuevo del proveedor de botellas recordando una factura pendiente y otro del despacho de Madrid con la agenda de la reunión del miércoles.
Isabel abrió los dos correos y durante unos segundos tuvo la impresión de que, entre el banco y aquellos mensajes, todos esperaban una decisión distinta de ella.
No podía responder a ninguna sin saber cuánto dinero quedaría después de la tormenta.
A la hora de comer reunió a Raúl y Nuria en el despacho. Ginés se quedó también porque conocía mejor que nadie el estado del emparrado y el coste de las últimas reparaciones.
Isabel había preparado una hoja sencilla, sin gráficos ni presentaciones.
En una columna estaban los pagos que no podían mover: salarios, Seguridad Social, combustible, dos proveedores y la cuota del préstamo.
En otra, los gastos que el granizo acababa de añadir: mano de obra extra, reparación de postes y alambre, tratamientos y la parte que el seguro probablemente no cubriría.
—El seguro no va a pagar mañana —dijo Isabel—. Puede tardar semanas. El banco nos ha dado treinta días para este vencimiento, pero la refinanciación sigue pendiente. Y Andreu sigue siendo una posibilidad, no un contrato.
Raúl se inclinó sobre la mesa y señaló la zona de reparaciones.
—Hay que pedir hoy los postes y el alambre. Si esperamos, en cuanto termine la vendimia todo el mundo de la zona va a estar reparando lo mismo y no habrá material.
—¿Cuánto?
Ginés dio una cifra aproximada e Isabel la anotó antes de negar con la cabeza.
—Todo ahora no.
Raúl se enderezó al oírla y negó con la cabeza.
—No es un capricho.
—No he dicho que lo sea.
—Si dejamos esa parte para dentro de un mes, llegamos tarde a los trabajos de otoño.
—Y si gastamos ahora todo lo que queda disponible y el banco tarda dos semanas más, podemos tener problemas para pagar nóminas. Eso tampoco puede esperar.
—La finca no se mantiene solo pagando facturas. Hay cosas que, si no las haces cuando toca, te cuestan el doble después.
Isabel sintió cómo se le tensaban los hombros.
—Y una empresa no se mantiene gastando dinero porque algo sea necesario sin mirar cuándo entra el siguiente euro.
Nuria dejó el bolígrafo sobre la mesa, pero no intervino.
Raúl se pasó una mano por la cara antes de replicar:
—No te estoy diciendo que gastemos sin mirar.
—Me acabas de decir que pidamos todo hoy.
—Porque sé lo que pasa si no lo hacemos.
—Y yo sé lo que pasa si una empresa deja de atender pagos básicos esperando que dentro de unas semanas aparezca dinero.
Al oír la palabra empresa, Raúl se puso serio y se apartó de la mesa. La miró con evidente frustración.
—A veces hablas de esto como si fueran solo columnas de una hoja.
Isabel no apartó la mirada.
—Y tú a veces hablas como si querer la finca mucho fuera suficiente para que las cuentas salgan.
Ginés bajó la vista mientras Nuria seguía mirando a los dos.
Raúl tardó unos segundos en contestar, y cuando lo hizo había bajado el tono.
—Llevo toda mi vida aquí. Sé perfectamente que quererla no paga nada.
—Entonces no me trates como si yo fuera la que no entiende lo que está en juego.
—No he dicho eso.
—No hace falta que lo digas si cada vez que pongo un límite parece que estoy intentando quitarle algo a la finca.
Raúl abrió la boca para responder, pero Nuria habló antes.
—Podemos dividirlo.
Los dos la miraron. Nuria cogió la hoja de daños y señaló tres zonas.
—Estos dos tramos sí hay que levantarlos antes de otoño porque afectan a las cepas que han aguantado mejor y a la circulación del tractor. El resto puede esperar unas semanas si lo dejamos asegurado. No queda bonito, pero no se pierde la planta por eso.
Ginés intervino:
—Tiene razón. Y yo tengo postes usados en el cobertizo. No sirven para dejarlo definitivo, pero podemos tirar con ellos en la zona baja hasta que llegue el seguro.
Isabel miró las cifras y recalculó mentalmente antes de responder:
—Si hacemos solo esos dos tramos ahora, sí podemos pagarlo sin tocar la reserva de nóminas.