Capítulo 21 #3
Nuria recogió su chaqueta y se marchó poco después. Ginés salió detrás con su hijo. Los temporeros contratados ya se habían ido y Mercedes empezó a guardar los platos sin permitir que nadie la ayudara.
—Mañana a las seis y media —dijo Raúl desde la puerta—. Quiero revisar la parcela sur antes de que apriete el calor.
—Aquí estaré —respondió Nuria desde el patio.
Cuando el último coche desapareció por el camino, la finca quedó en silencio.
Isabel subió a cambiarse. Se duchó rápido, comprobó el moratón oscuro que empezaba a formarse en la cadera y se puso una camiseta limpia. El brazo le dolía al levantarlo, pero podía moverlo. Volvió a bajar porque sabía que Raúl seguía en la bodega.
Lo encontró solo junto a uno de los depósitos destinados a la parcela alta, anotando temperaturas. La tira adhesiva seguía pegada en su sien.
—Pensaba que habías terminado.
—Quería comprobar esto una vez más.
Isabel se acercó y le tocó con cuidado el borde de la tira.
—¿Te duele?
—Menos que tu brazo, probablemente.
—No compitas conmigo.
Raúl dejó el bolígrafo.
—Ven aquí.
La abrazó con cuidado al principio, pendiente de no apretarle el brazo ni la cadera. Isabel apoyó la cara en su cuello y permaneció quieta unos segundos.
El susto de aquella tarde seguía demasiado cerca para necesitar más palabras. Isabel le acarició la cara, evitando la herida. Ya no estaban corriendo ni intentando salvar la cosecha. El miedo había bajado lo suficiente como para dejar sitio al alivio.
Raúl le apartó el pelo húmedo de la cara. Isabel lo besó antes de que dijera nada. No fue un beso lento: él la atrajo por la espalda y ella le rodeó el cuello con los brazos, buscando tenerlo cerca.
Raúl deslizó una mano bajo su camiseta y recorrió su espalda.
Isabel cerró los ojos un instante al notar la palma caliente sobre la piel todavía sensible por los golpes y después le metió las manos bajo la camisa.
Él le besó la base de la garganta y siguió hasta la clavícula; Isabel le hundió una mano en el pelo y lo mantuvo cerca.
Raúl levantó la cabeza y le dijo que fuera con él. Isabel entrelazó los dedos con los suyos y subieron sin encender más luces de las necesarias.
En la habitación, Raúl cerró la puerta y volvió a besarla.
Isabel le quitó la camisa y recorrió con las manos los hombros donde empezaban a aparecer dos pequeños moratones.
Los besó despacio y después subió hasta su cuello.
Raúl la sujetó por la cintura, la atrajo contra él y metió las manos bajo su camiseta hasta que Isabel levantó los brazos para que se la quitara.
La miró un momento antes de volver a tocarla.
Isabel todavía tenía una marca roja en el brazo y otra junto a la cadera; Raúl pasó los dedos alrededor sin presionar y después la besó allí.
Ella le agarró el pelo y cerró los ojos cuando la boca de él siguió bajando.
La urgencia con la que se habían buscado en la bodega seguía presente, pero ahora tenían tiempo para tocarse y comprobar con las manos que estaban bien.
Isabel lo hizo levantarse y lo besó mientras terminaba de desnudarlo. Raúl respondió con la misma necesidad, recorriéndole la espalda, las caderas y los muslos hasta que la tumbó en la cama. Cuando volvió a inclinarse sobre ella, Isabel lo rodeó con las piernas y lo acercó.
—Raúl.
Él la miró.
—Estoy bien.
Raúl le sostuvo la cara con una mano y la besó.
Después siguió tocándola hasta que Isabel dejó de pensar en el granizo y solo respondió a sus manos y a su boca.
Cuando él entró en ella, Isabel se aferró a sus hombros y lo recibió con una fuerza que hizo que los dos se quedaran quietos un instante, mirándose.
Luego empezaron a moverse. Isabel marcó un ritmo más lento al principio y Raúl lo siguió hasta que ella volvió a acercarlo con las piernas.
Isabel lo quería cerca, encima de ella, sintiendo su peso y su respiración contra el cuello.
Raúl la besó mientras ella movía las caderas bajo él y después apoyó la frente en su hombro cuando el ritmo se hizo más rápido.
Isabel llegó al orgasmo con los dedos clavados en su espalda. Raúl siguió moviéndose unos segundos más antes de quedarse quieto, respirando con dificultad junto a su oído. Permaneció sobre ella hasta que Isabel aflojó los brazos y entonces se apartó solo lo suficiente para tumbarse a su lado.
Isabel siguió con una mano sobre su pecho. Raúl le acarició el brazo con cuidado, evitando la zona enrojecida por el granizo, y durante unos minutos se quedaron así, sin hablar de la tormenta ni de lo que acababan de hacer.
—Te quiero —dijo Isabel.
Raúl la acercó un poco más y le besó la frente.
—Yo también te quiero.
Isabel apoyó la mejilla sobre su pecho.
—Me he asustado mucho hoy.
Raúl la abrazó un poco más fuerte.
A las seis y cuarto del día siguiente, Nuria ya estaba en el patio con una caja de muestras vacía. Ginés llegó cinco minutos después. Isabel bajó con el pelo todavía húmedo y una carpeta debajo del brazo.
Antes de ir a la parcela sur, miró la uva de la parcela alta que había quedado registrada junto a la nave. La parte más valiosa de la cosecha estaba dentro.
En la parcela sur todavía no habían contado cuánto habían perdido.