Capítulo 21 #2
—Si alguien tiene un golpe fuerte en la cabeza, mareo o ganas de vomitar, me lo dice ahora —ordenó Mercedes.
Raúl intentó irse hacia los demás, pero Isabel le agarró la mano.
—Tú te quedas aquí.
Lo llevó hasta un banco pegado a la pared. El corte de la sien era pequeño, pero sangraba bastante. Isabel limpió la zona con una gasa mientras Raúl apretaba los dientes.
—Te duele.
—Un poco.
—Pues deja de hacerte el fuerte.
Raúl la miró y entonces reparó en cómo mantenía el brazo izquierdo pegado al cuerpo.
—¿Y a ti qué te ha pasado?
—Una piedra en el brazo y otra en la cadera.
—Déjame verlo.
—Primero tú.
Isabel terminó de desinfectar el corte y le puso una tira adhesiva sobre la sien. Después apoyó los dedos en su mandíbula y se quedó mirándolo.
—No estabas.
Raúl dejó de mirar el botiquín.
—¿Qué?
—He llegado aquí y tú no estabas. Han sido unos minutos, pero no sabía dónde estabas ni si te había pasado algo.
Raúl le sujetó la muñeca con cuidado.
—Había dos chicos todavía dentro. Uno se había caído.
—Ya lo sé. Y sé por qué has vuelto. Eso no cambia lo que he sentido.
Raúl bajó la mirada un instante.
—Yo tampoco te veía cuando he salido de la última fila. Hasta que Mercedes me ha dicho que estabas dentro.
Isabel tragó saliva.
—Cinco minutos sin saber nada de ti me han parecido muchísimo.
Raúl apretó suavemente sus dedos.
—A mí también.
Ninguno dijo nada durante unos segundos. El granizo seguía golpeando el tejado.
Durante aquellos minutos, a ninguno le había importado la uva ni lo que la tormenta pudiera llevarse por delante.
Isabel solo había querido encontrarlo. Y Raúl había sentido lo mismo.
Cinco minutos sin saber dónde estaba el otro les habían demostrado que lo suyo ya no era algo pasajero y que Madrid iba a resultar muchísimo más complicado.
Mercedes se acercó entonces para revisar el brazo de Isabel y la obligó a sentarse. El golpe empezaba a amoratarse, igual que la zona de la cadera, pero podía mover el brazo y apoyar bien la pierna.
La tormenta duró treinta y cinco minutos.
Cuando el ruido empezó a disminuir, nadie salió de inmediato.
Esperaron hasta que dejó de caer piedra y comprobaron otra vez que todos podían moverse.
Mercedes insistió en que el temporero de la muñeca y la trabajadora del hombro fueran a que los revisaran en cuanto pudieran salir; la ceja del otro dejó de sangrar después de limpiarla y cerrarla con tiras adhesivas.
Raúl abrió entonces la puerta lateral. El aire olía a tierra mojada, hojas rotas y uva machacada.
La parcela alta fue lo primero que revisaron.
Habían conseguido recoger casi todo lo que estaba en punto.
Quedaban las seis hileras menos maduras del extremo norte y algunos racimos sueltos que habían dejado atrás al evacuar.
Allí el daño era visible: hojas perforadas, uvas abiertas, brotes partidos.
Pero la uva que ya había entrado en la nave estaba a salvo.
Raúl caminó hasta el límite de la parcela y se quedó mirando las hileras.
—Hemos sacado más de lo que pensaba.
Nuria consultó las fichas que había protegido dentro de una bolsa de plástico.
—Faltan por pesar las últimas siete cajas, pero estamos por encima del ochenta y cinco por ciento de lo que estaba en punto esta mañana.
Raúl la miró.
—¿Seguro?
—Sí. Y lo que se ha quedado fuera era lo menos maduro.
Ginés soltó el aire.
—Entonces hoy hemos corrido para algo.
Raúl le dio una palmada en el hombro y después volvió la vista hacia la parte baja de la finca.
La parcela sur presentaba otro aspecto: allí todavía quedaban varias hileras tardías por recoger.
Habían entrado varias remesas en días anteriores, pero las hileras más tardías seguían cargadas y el granizo las había golpeado de lleno.
Algunos racimos estaban abiertos; otros habían caído al suelo.
La pérdida no era total, pero era evidente que no podrían contar con toda aquella fruta.
Raúl se agachó junto a una cepa y cogió un racimo dañado. Nuria hizo lo mismo un par de plantas más allá.
—Mañana habrá que separar lo que se pueda salvar —dijo ella—. Si lo dejamos, empieza a pudrirse.
—Entramos temprano —respondió Raúl—. Selección en campo y otra vez en mesa. Nada tocado entra en los depósitos.
—Va a bajar bastante el rendimiento.
—Sí.
Isabel se acercó a ellos.
—¿Cuánto?
Raúl miró alrededor.
—No lo sé todavía. Mañana podremos estimarlo mejor.
—¿Puede afectar al acuerdo con Andreu?
—Al acuerdo todavía no, porque no existe. A lo que podamos ofrecerle, sí.
Aquella respuesta devolvió de golpe a Isabel al banco, a las previsiones que acababa de enviar y a los tres escenarios que había preparado. Después del granizo, el escenario más optimista ya no servía tal como lo había calculado.
—Tendré que rehacer las cuentas.
—Mañana —dijo Raúl.
Isabel negó con la cabeza antes de responder.
—Hoy necesito saber al menos qué cifras no puedo seguir usando.
—Hoy necesitas cambiarte y comer algo.
—Puedo cambiarme y comer dentro de media hora.
Nuria intervino sin levantar la voz y señaló hacia la partida de la parcela alta.
—Primero pesamos la parcela alta. Después te doy el dato real y mañana calculamos la parcela sur. Con eso ya puedes rehacer producción sin inventar nada.
—Vale.
Volvieron a la bodega y trabajaron casi dos horas más.
La uva de la parcela alta se pesó por lotes, se registró y pasó por la mesa de selección.
El granizo había alcanzado una pequeña parte de la última entrada, pero mucho menos de lo que temían.
Nuria organizó las fichas de entrada y Raúl tomó las primeras decisiones sobre los depósitos.
Ginés se ocupó del tractor y de limpiar el barro del acceso antes de marcharse.
Mercedes calentó una olla enorme de caldo y fue sirviendo platos a medida que la gente terminaba.
Isabel se sentó por fin cuando ya habían pasado de las nueve. Tenía el pelo todavía húmedo, barro seco en las piernas y las manos tan cansadas que le costaba cerrar los dedos alrededor de la cuchara.
Nuria dejó una hoja a su lado con el peso provisional.
—Falta cerrar el peso definitivo de la parcela alta y descontar la merma de selección, pero esto ya es bastante aproximado.
Isabel leyó la cifra antes de levantar la vista.
—¿Es buena?
—Para el rendimiento de esas cepas, sí. Mejor de lo que esperaba cuando ha empezado a caer piedra.
—Gracias por hoy.
Nuria se encogió de hombros.
—Era nuestra uva también.
La frase fue tan sencilla que Isabel tardó un segundo en responder.
—Sí.