La cosecha que nos quedaba Capítulo 21
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Capítulo 21

La alerta llegó poco después de las dos de la tarde.

Raúl estaba en la bodega con Nuria, revisando las muestras que habían tomado esa misma mañana de la parcela alta, cuando el móvil vibró sobre la mesa.

Isabel se encontraba a pocos metros, terminando de enviar al banco una carpeta con facturas y previsiones.

Levantó la cabeza al ver que Raúl dejaba de leer y volvía a abrir el aviso.

—¿Qué pasa?

Raúl acercó la pantalla a Nuria.

—Han cambiado la previsión. Núcleo de tormenta fuerte entrando desde el oeste. Riesgo alto de granizo a partir de las cinco.

Nuria miró la hora antes de responder.

—Nos da menos de tres horas.

Raúl salió al patio sin responder e Isabel cerró el portátil para ir detrás. Hacia el oeste todavía había zonas de cielo azul, pero sobre las sierras empezaba a levantarse una franja oscura que no estaba allí por la mañana.

—La parcela alta —dijo Raúl. Todos entendieron por qué: las muestras de esa mañana habían confirmado que podían esperar uno o dos días si el tiempo seguía estable.

Con granizo en camino, esperar dejaba de tener sentido.

Las cepas viejas producían poco, pero lo que quedaba colgado era la parte de la cosecha por la que Andreu había mostrado más interés y la que Raúl llevaba semanas protegiendo de cualquier decisión precipitada.

—¿Podemos recogerla entera? —preguntó Isabel.

—Con los que estamos, no.

—¿Y con más gente?

Raúl ya estaba llamando a Ginés cuando respondió.

—Con toda la gente que podamos reunir, sí.

La finca cambió de ritmo en menos de diez minutos.

Ginés llamó a dos antiguos temporeros y a uno de sus hijos.

Nuria habló con tres personas que estaban trabajando en otra explotación de la zona y consiguió que salieran en cuanto terminaran una descarga.

Mercedes abrió el almacén, contó tijeras, guantes y el material de vendimia y empezó a poner a un lado todo lo que podía ir directamente a la parcela.

Isabel llamó al encargado de una empresa que les había proporcionado dos trabajadores durante la primera semana de vendimia y consiguió otros tres para la tarde.

—Llegan en cuarenta minutos —dijo al colgar.

—Nos sirven —respondió Raúl—. Mientras, empezamos nosotros.

Ginés apareció con el tractor antes de que hubieran terminado de cargar lo necesario.

—He visto el aviso —dijo al bajar—. Como espere a que me lo expliques, nos cae encima.

Raúl señaló la parcela alta antes de dar la orden.

—Cogemos todo lo que esté en punto. Lo verde se queda. No quiero meter fruta inmadura por miedo.

—Como empiece a caer piedra, no vas a tener fruta verde ni madura.

—Lo sé. Pero mientras podamos elegir, elegimos.

Nuria intervino antes de que la discusión siguiera.

—He marcado esta mañana las hileras que estaban más adelantadas. Empezamos por esas y luego vamos hacia la parte norte. Si nos falta tiempo, al menos se queda fuera lo menos maduro.

Isabel cogió unas tijeras y se incorporó a la hilera.

—Eso hacemos. ¿Dónde me pongo?

—Conmigo —dijo Raúl—. Al principio, conmigo.

A las tres menos cuarto ya había nueve personas entre las hileras y, media hora después, eran quince.

Mercedes se quedó entre el patio y la bodega: recibía la uva, preparaba agua y decidía dónde iba cada carga para que nada se mezclara.

Nuria recorría la parcela con la libreta en un bolsillo y las tijeras en la mano; corregía etiquetas, movía gente de una hilera a otra cuando una zona se retrasaba y comprobaba que ninguna carga quedara al sol.

Isabel trabajó junto a Raúl durante los primeros veinte minutos.

Él cortaba deprisa, casi sin mirar las manos, y ella intentaba seguirle el ritmo sin perder limpieza.

Ya no necesitaba que le enseñara cómo coger el racimo ni dónde hacer el corte.

Lo que no conseguía era dejar de mirar el cielo cada pocos minutos.

—No mires arriba —dijo Raúl sin detenerse—. Mira lo que tienes delante.

—Es difícil no mirar.

—Cada vez que miras pierdes diez segundos.

Isabel cortó otro racimo y lo dejó con los demás.

—Entonces deja de contarme los segundos.

Raúl no respondió y siguió trabajando con la mandíbula apretada. Estaba mucho más preocupado de lo que quería mostrar.

El viento cambió poco después de las cuatro. Hasta entonces el aire había sido caliente y seco; de repente llegó una ráfaga fría que movió las hojas de las cepas de golpe y levantó polvo en el camino.

Nuria alzó la cabeza desde dos hileras más abajo.

—Ya está entrando.

Raúl miró la hora y calculó lo que quedaba.

—Nos queda una hora como mucho. Ginés, saca el primer remolque ya. No esperes a llenarlo más.

Ginés levantó un brazo sin perder tiempo en contestar.

El tractor arrancó hacia la bodega con la primera carga. Uno de los hombres que había traído la empresa de temporeros ocupó su sitio y la cadena continuó.

Isabel dejó de notar el cansancio. Le dolían los dedos, tenía un corte pequeño en el índice y la espalda empezaba a protestar cada vez que se incorporaba, pero siguió avanzando.

Raúl se separó de ella para comprobar otra zona y durante casi media hora solo lo vio a distancia, moviéndose entre hileras, ayudando con la carga cuando hacía falta y deteniéndose cada pocos minutos junto a Nuria para decidir por dónde seguir.

La finca ya no funcionaba como cuando todos esperaban a que una sola persona diera cada orden.

Nuria tomaba decisiones sin pedir permiso para cada una, Ginés organizaba los viajes del tractor y Mercedes controlaba la entrada en bodega, mientras Raúl coordinaba el conjunto sin intentar hacerlo todo él.

Mientras llevaba uva hasta el camino, Isabel pensó que, si salían adelante, aquel reparto tendría que acabar también en contratos y funciones claras.

El primer trueno sonó a las cuatro y treinta y ocho.

No fue especialmente fuerte, pero nadie necesitó que Raúl dijera nada. Las tijeras empezaron a moverse todavía más deprisa.

—¿Cuánto queda? —preguntó Isabel cuando volvió a encontrarse con Nuria.

—Las hileras de arriba, casi nada. Esta zona y seis filas del extremo norte.

—¿Llegamos?

Nuria miró el cielo antes de contestar.

—A todo, no sé. A casi todo, sí.

Raúl apareció detrás de ellas y señaló las hileras del extremo.

—Dejad el extremo norte para el final. Tiene menos grado. Terminad esta zona primero.

Nuria salió hacia la siguiente hilera y Raúl se quedó un segundo junto a Isabel.

—¿Estás bien?

—Sí.

Le vio el corte en el dedo y le cogió la mano.

—Estás sangrando.

—Es nada.

Raúl apretó un momento el pulgar contra la pequeña herida. Cuando la soltó, Isabel aún notaba el calor de la piel de Raúl.

—Sigue —dijo él.

Isabel volvió a las tijeras.

A las cinco menos diez empezaron a caer gotas gruesas y muy separadas. Mercedes apareció al borde de la parcela con un impermeable sobre la cabeza.

—La radio dice que viene con piedra.

Raúl miró las últimas filas que quedaban y tomó la decisión en voz alta.

—Quince minutos. Ni uno más. Luego todo el mundo dentro, aunque quede uva.

Nadie protestó y los siguientes minutos fueron confusos.

Isabel recordaría después cajas pasando de mano en mano, el ruido del tractor regresando, Mercedes gritando un número desde el camino y Nuria corrigiendo una etiqueta mojada con un rotulador que apenas escribía.

El cielo se oscureció tanto que parecía más tarde.

La lluvia aumentó y las primeras piedras empezaron a rebotar contra el suelo.

Una golpeó una caja con un chasquido seco. Otra dio contra el capó del tractor. En cuestión de segundos empezaron a caer muchas más, algunas bastante mayores que las primeras.

—¡Se acabó! —gritó Raúl—. ¡Todos fuera!

Algunos intentaron aprovechar unos segundos más.

—¡Fuera ahora! ¡A cubierto!

Isabel agarró la caja que tenía delante y echó a andar hacia el camino.

El granizo pasó de unas pocas piedras a una cortina blanca en menos de un minuto.

Una le golpeó con fuerza en el brazo izquierdo y el dolor le hizo soltar la caja.

Otra le dio en la cadera cuando echó a correr.

Se dobló un instante, se llevó la mano al costado y siguió avanzando porque quedarse parada allí era peor.

A su alrededor la gente corría protegiéndose la cabeza con los brazos. Oyó a alguien gritar y vio a uno de los temporeros trastabillar antes de que Ginés lo sujetara. Nuria apareció entre dos hileras con una mano sobre el hombro de una trabajadora que se había golpeado al caer.

Isabel llegó al camino y buscó a Raúl.

No lo vio.

—¿Dónde está Raúl?

Nadie le contestó. El ruido de la piedra contra el tractor, las cajas y el tejado de la nave hacía casi imposible oírse.

Mercedes la empujó hacia dentro.

—Entra. Ahora.

—Raúl sigue ahí.

—Ha vuelto por los últimos.

Isabel se quedó junto a la puerta, empapada, con el brazo ardiéndole y un dolor profundo en la cadera. Entraron Nuria y Ginés, después tres temporeros más. Raúl seguía sin aparecer.

Los minutos se hicieron insoportablemente largos. Isabel sabía que no podía salir a buscarlo, pero tuvo que sujetarse las manos para no hacerlo. Cada golpe contra la chapa le parecía más fuerte que el anterior.

Cuando por fin distinguió tres figuras corriendo hacia la nave, tardó un segundo en reconocerlo. Raúl venía detrás de dos de los chicos, empujando al último hacia dentro. Entró con la camisa pegada al cuerpo y sangre mezclada con agua bajándole desde la sien.

Isabel fue hacia él antes de que pudiera decir nada.

—Estás sangrando.

—Estoy bien.

—No me digas que estás bien.

Mercedes cerró la puerta grande en cuanto comprobó que no quedaba nadie fuera. El ruido del granizo contra el techo llenó la bodega con tanta fuerza que había que hablar casi a gritos.

Había más golpes de los que Isabel había visto durante la carrera.

Uno de los temporeros tenía la ceja abierta después de haberse golpeado al caer; otro se sujetaba una muñeca dolorida y la mujer a la que había ayudado Nuria tenía el hombro inflamado.

Mercedes sacó el botiquín mientras Nuria comprobaba que nadie estuviera mareado ni desorientado.