Capítulo 20 #2
—Y el banco también. Y Andreu. Y la finca. —Raúl se acercó—. Pero ninguno de ellos va a decidir por mí si quiero seguir contigo.
Isabel levantó la mirada.
—Si vuelvo a Madrid, aunque sea parte del tiempo, no sé cómo se hace esto.
—Yo tampoco.
—Eso no me tranquiliza.
—No intento tranquilizarte. Te estoy diciendo la verdad.
Raúl le rozó la cara con los dedos. Isabel cerró los ojos un instante y giró la cabeza para besarle la palma.
—No quiero que uses esto para hacerme más fácil marcharme —dijo ella.
—No lo estoy haciendo.
—Entonces dime que no quieres que me vaya.
Raúl le tomó la cara entre las manos y la acercó un poco más.
—No quiero que te vayas.
Lo dijo sin suavizarlo. Isabel se quedó mirándolo.
Raúl sostuvo su mirada.
—Y estoy cansado de intentar decirlo de una manera razonable. No quiero despertarme dentro de unas semanas sabiendo que estás otra vez en Madrid. No quiero acostumbrarme a echarte de menos.
Isabel notó que se le aceleraba el pulso.
—Raúl…
—Quiero despertarme contigo. Quiero encontrarte por la finca, discutir contigo por cualquier tontería, besarte cuando me dé la gana y hacerte el amor todos los días si nos apetece. Quiero todo eso. Y me da miedo quererlo tanto porque no sé qué vas a decidir.
Isabel lo miró en silencio unos segundos.
—No sabía que te estaba costando tanto.
—Porque intento controlarlo todo el tiempo.
—¿Y ahora?
Raúl negó con la cabeza.
—Ahora no quiero.
Isabel lo besó antes de que pudiera añadir nada. Esta vez Raúl no respondió con calma. La atrajo de golpe contra él, le sujetó la cintura con fuerza y la besó como si llevara horas conteniéndose. Isabel se aferró a su camisa y tiró de él hasta quedar pegada a su cuerpo.
Raúl bajó la boca por su mandíbula y su cuello. Isabel echó la cabeza hacia atrás y le hundió los dedos en el pelo.
—Aquí no —dijo él contra su piel, aunque tardó todavía unos segundos en separarse.
Isabel le agarró la mano.
—Entonces ven.
Cruzaron el patio casi sin hablar. Subieron deprisa y, en cuanto Isabel cerró la puerta de la habitación, Raúl volvió hacia ella.
La besó contra la puerta. Isabel le abrió la camisa mientras él le subía la camiseta con una impaciencia que no le había visto las otras noches. Cuando la tela cayó al suelo, Raúl se quedó un instante mirándola antes de volver a tocarla.
Sus manos recorrieron su cintura, su espalda y sus pechos sin aquella cautela casi reverente de otras veces. Isabel dejó escapar un gemido y se pegó todavía más a él.
Raúl la besó de nuevo y bajó una mano por su vientre hasta acariciarla entre las piernas. Isabel se arqueó contra él y, cuando notó que iba a apartarse, le agarró la muñeca y la mantuvo allí unos segundos más.
Él soltó una respiración áspera y volvió a besarla.
La ropa terminó en el suelo con mucha menos paciencia que otras noches. Isabel lo tocaba con el mismo anhelo, recorriéndole el pecho, la espalda y las caderas, acercándolo cada vez que notaba que él intentaba contenerse.
Raúl apoyó la frente en la suya apenas un segundo.
—Te quiero tanto que me asusta.
Isabel lo besó otra vez.
—Pues asústate conmigo.
Raúl soltó una risa breve, sin apartarse, pero el gesto desapareció enseguida cuando Isabel volvió a atraerlo hacia ella.
Esta vez fue Isabel quien tomó la iniciativa. Lo empujó suavemente hacia la cama sin dejar de besarlo y, cuando Raúl quedó tumbado, se inclinó sobre él.
Él intentó incorporarse para buscarla, pero Isabel le puso una mano en el pecho.
—Déjame a mí.
Raúl dejó de incorporarse y se quedó mirándola.
Isabel empezó despacio. Le recorrió el pecho con las manos, bajó por el vientre y continuó hasta tocarlo entre las piernas. Lo rodeó con la mano y empezó a acariciarlo con un movimiento lento, atenta a la forma en que se le tensaba el abdomen y a cómo cambiaba su respiración.
Raúl dejó caer la cabeza sobre la almohada. Cada vez que Isabel variaba un poco el ritmo, sus caderas respondían casi sin que pudiera evitarlo y los dedos se le cerraban sobre la sábana.
—Isabel…
Ella levantó la mirada sin dejar de acariciarlo.
Raúl tragó saliva y soltó el aire despacio, pero no intentó apartarla.
Isabel continuó unos instantes más y, cuando notó que la excitación de Raúl iba en aumento, bajó por su vientre y lo besó allí.
La primera caricia de su boca hizo que él se tensara de golpe.
Isabel repitió el gesto con más calma, alternando los labios con la mano y observando cómo su cuerpo respondía a cada cambio.
Raúl dejó escapar su nombre, casi sin aire. Tenía el pecho agitado y las manos hundidas en las sábanas; cuando Isabel volvió a besarlo, tuvo que cerrar los ojos y contener un impulso de levantar las caderas hacia ella.
Isabel siguió un poco más, disfrutando de verlo perder la calma por lo que ella estaba haciendo. Cuando sintió que estaba demasiado cerca, se apartó despacio.
Raúl abrió los ojos y la miró, todavía respirando deprisa.
—Si sigues así, no voy a aguantar mucho.
Isabel se inclinó y lo besó.
—Ya lo sé.
Raúl le rodeó la cintura, pero Isabel siguió marcando lo que ocurría. Se colocó encima de él y descendió despacio hasta sentirlo dentro. Permaneció quieta un instante, mirándolo, y después empezó a moverse a su propio ritmo.
La urgencia apareció poco a poco. Raúl le sujetó la cintura con una mano y con la otra le recorrió el cuerpo hasta llegar a sus pechos.
Isabel siguió moviéndose mientras él la acariciaba y, cuando Raúl se incorporó para besarle los pezones, le hundió los dedos en el pelo sin dejar que él marcara el ritmo.
Raúl dejó de intentar frenar lo que sentía. Su respiración se volvió más irregular, la mano de su cintura se cerró con más fuerza y cada movimiento de Isabel arrancaba una reacción distinta de su cuerpo.
—Quédate conmigo —murmuró.
Isabel se inclinó para besarlo. No respondió con palabras. Sostuvo su mirada y aumentó el ritmo.
Raúl volvió a acariciarle los pechos y a besarla, ya sin intentar dirigir nada, hasta que Isabel dejó escapar su nombre y se aferró a sus hombros.
Él la sostuvo con fuerza hasta que Isabel alcanzó el orgasmo.
Apenas unos instantes después, Raúl llegó al orgasmo todavía abrazado a ella y pronunciando su nombre.
Isabel se dejó caer sobre su pecho y permanecieron así hasta que la respiración de los dos empezó a calmarse.
Raúl le acarició la espalda con lentitud.
—Cuando te he dicho que te quedes conmigo no pretendía decirte lo que tienes que hacer.
Isabel levantó la cabeza.
—No has decidido por mí. Solo me has dicho lo que quieres.
Raúl le retiró un mechón de la mejilla.
—Y voy a seguir diciéndote la verdad, aunque mañana vuelva a intentar comportarme como una persona sensata.
Isabel sonrió y lo besó.
—Mañana ya veremos.
Se quedaron abrazados unos minutos más antes de que Isabel hablara de nuevo.
—El miércoles voy a Madrid.
Raúl cerró los ojos un instante y después volvió a mirarla.
—Lo sé.
—Y voy a escuchar la oferta entera.
—Hazlo.
—No significa que vaya a aceptarla.
—Ya lo sé.
Isabel le puso una mano en la cara.
—Y tampoco significa que vaya a renunciar.
Raúl apretó la mandíbula, pero no apartó la mirada.
—Eso me cuesta más oírlo de lo que me gustaría.
Isabel no respondió enseguida.
Raúl respiró hondo.
—Pero quiero que escuches la oferta. Y después hablamos de cómo demonios hacemos para que Madrid no signifique perderte.
Isabel lo besó despacio.
—Eso sí me gusta más.
Mucho más tarde, Isabel se quedó tumbada de lado con la espalda contra el pecho de Raúl. Él tenía un brazo alrededor de su cintura.
Fuera no se oía nada salvo algún ruido lejano de la bodega y el viento moviendo las hojas de los árboles del patio.
—Mañana tenemos que volver a medir la parcela alta —dijo Raúl.
—Lo sé.
—Y si sigue subiendo como hoy, no tardaremos mucho en meterla.
Isabel entrelazó los dedos con los de él antes de responder.
—Una cosa cada vez.
Raúl apretó su mano y permaneció detrás de ella, sin soltarla.
—Una cosa cada vez.
A la mañana siguiente, Isabel volvió al despacho antes de que llegara Nuria. Sobre la mesa seguían abiertas las cuentas de la finca y, en la bandeja de entrada, esperaba ya el correo de Madrid con la convocatoria de la reunión del miércoles.
Lo abrió, leyó la documentación adjunta y después creó una carpeta nueva junto a la del banco. Dejó las dos abiertas sobre el escritorio.
A las siete, Raúl llamó desde el patio porque había que volver a la parcela alta. Isabel guardó el portátil y bajó. Hacia el oeste empezaban a acumularse nubes sobre las lomas.