La cosecha que nos quedaba Capítulo 20
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Capítulo 20

Dos días después de la cena entre las viñas, Isabel llevaba más de una hora en el despacho de su padre, en la planta de arriba, con tres hojas de cálculo abiertas y las cuentas de los últimos cuatro años repartidas sobre la mesa.

El banco había enviado por fin la lista completa de documentación que necesitaba para estudiar la refinanciación: previsión de tesorería, deuda pendiente, costes de explotación, ventas históricas, estimación de producción de la nueva campaña y cualquier documento que acreditara ingresos futuros.

Isabel sabía preparar todos aquellos documentos. Lo difícil era que casi todas las cifras dependían todavía de una cosecha que seguía en parte colgada de las cepas.

Nuria había dejado a primera hora los rendimientos de la uva que ya habían vendimiado.

La parcela baja estaba ya vendimiada y de la parcela sur habían entrado ya varias partidas, aunque todavía quedaban algunas hileras más tardías pendientes; una pequeña cantidad de garnacha de esa parcela se había mantenido aparte para decidir más adelante si merecía la pena conservarla separada.

Isabel había comparado los datos con los de los tres años anteriores y después había llamado al gestor para revisar dos partidas que no le cuadraban.

El tractor volvía a funcionar, aunque Ginés había advertido que la pieza nueva del embrague no hacía milagros y que convenía dejar de tratar la máquina como si tuviera veinte años menos.

Mientras ella trabajaba, en la finca los demás seguían con sus tareas.

Desde la ventana veía entrar y salir gente con la uva, a Mercedes cruzar el patio con una lista de proveedores y a Raúl detenerse cada cierto tiempo con Nuria para revisar las muestras de la parcela alta.

Aquellas cepas seguían esperando porque el azúcar subía despacio y la acidez todavía permitía aguantar unos días más.

El móvil de Isabel vibró sobre la mesa. Miró la pantalla, reconoció el número del despacho de Madrid y dejó que vibrara una vez más antes de responder.

Había hablado con ellos al pedir las seis semanas adicionales de permiso, pero desde entonces casi todo se había limitado a correos administrativos y algún mensaje de compañeros. Aquella llamada era distinta. El número correspondía directamente al socio que dirigía su área.

—Hola.

—Isabel. Espero no pillarte en mal momento.

Miró por la ventana. Raúl estaba agachado junto a una caja de muestras y Nuria apuntaba algo en una libreta.

—No. Dime.

El hombre fue directo. Uno de los clientes más importantes del despacho acababa de abrir un conflicto contractual que podía terminar en arbitraje y querían que Isabel asumiera la dirección jurídica del asunto cuando regresara.

Le estaban ofreciendo un asunto importante, de los que llevaba años queriendo asumir.

—Además —continuó él—, antes de que te fueras ya estábamos hablando de ampliar tus responsabilidades. Esto lo adelanta. Si sale como esperamos, queremos que coordines el equipo de litigación mercantil a partir de enero.

Isabel apoyó la espalda en la silla y repasó las cuentas abiertas sobre la mesa.

Durante semanas había pensado en Madrid como una fecha en el calendario, el lugar al que tendría que regresar cuando terminara el permiso si no encontraba otra solución.

La llamada le recordó todo lo que seguía teniendo en Madrid: su trabajo, sus clientes, sus compañeros y asuntos que le gustaba llevar.

—¿Cuándo necesitáis una respuesta?

—Sobre el asunto, cuanto antes. Para lo otro, podemos darte unos días. Pero necesito saber si sigues pensando volver al terminar el permiso.

Isabel recorrió otra vez las cifras de la finca.

—No lo sé todavía.

Al otro lado no hubo reproche antes de que él continuara.

—Entonces piénsalo. Solo quería que tuvieras toda la información antes de tomar una decisión. Si vuelves, no vuelves exactamente al mismo puesto que dejaste.

—Lo entiendo.

—¿Puedes venir a Madrid la semana que viene? Hay una reunión con el cliente el miércoles. Aunque después decidas no seguir, me gustaría que estuvieras. El asunto lo conoces desde el principio.

Isabel sí lo conocía. Había trabajado durante casi dos años con aquella empresa antes de marcharse.

—Voy a organizarme y te confirmo hoy.

Colgó y dejó el teléfono junto a los papeles. La propuesta no la molestó. Al contrario, descubrió que tenía ganas de estar en aquella reunión.

Mercedes entró unos minutos después con una carpeta llena de facturas.

—Aquí están las del riego que me pediste. Las antiguas también, por si quieres comparar.

Isabel cogió la carpeta y la dejó junto al ordenador.

—Gracias.

Mercedes no se fue. Se quedó mirando los papeles de la mesa y después a Isabel.

—¿Ha pasado algo?

—Me han llamado de Madrid.

Mercedes esperó sin interrumpirla.

—Quieren que lleve un asunto importante cuando vuelva. Y me han ofrecido dirigir el equipo de litigación mercantil a partir de enero.

—Eso suena importante.

—Lo es.

—¿Y quieres hacerlo?

Isabel miró otra vez hacia el patio.

—Sí. Quiero hacerlo.

Mercedes apoyó una mano en el borde de la mesa.

—Entonces no lo descartes solo por la finca.

Isabel se detuvo.

—Pensaba que me dirías que no puedo marcharme ahora.

—Yo no voy a decidir por ti. Ya has tenido bastante gente diciéndote qué te conviene. —Mercedes señaló las hojas de cálculo—. La finca necesita que tomes una decisión, sí, pero no tiene que ser hoy. Y para ayudar aquí no tienes por qué tirar por la borda quince años de trabajo en Madrid.

—No sé cómo seguir con el despacho y estar aquí a la vez.

—Eso ya lo averiguarás. Primero decide qué cosas quieres conservar.

Mercedes salió y dejó a Isabel con la carpeta abierta junto al ordenador. Isabel retomó las cuentas, pero le costó recuperar la concentración.

A media mañana subió a la parcela alta con Raúl y Nuria. El calor había subido y los racimos estaban secos, sanos, con la piel tensa. Nuria tomó muestras de cuatro puntos distintos mientras Raúl revisaba hojas y racimos.

Nuria aplastó las bayas de la muestra de los cuatro puntos, mezcló el zumo y miró el refractómetro.

—Veintidós con ocho. Un poco más que ayer.

Raúl cogió una uva, la apretó entre los dedos, probó la pulpa y mordió una pepita.

—Todavía aguanta.

—El pH y la acidez total de esta mañana también nos dejan margen —dijo Nuria—. Yo esperaría un día más. Dos si el tiempo sigue estable.

Raúl miró el cielo antes de asentir, todavía pendiente de las nubes que empezaban a formarse hacia el oeste.

—Mañana volvemos a medir.

Isabel llevaba varios minutos escuchando sin intervenir.

El calor le había soltado algunos mechones del pelo recogido y la camiseta de trabajo se le ajustaba a la cintura.

Raúl terminó de hablar con Nuria y se acercó a ella; antes de preguntarle nada, la miró de arriba abajo durante un segundo y volvió a sus ojos.

—Llevas toda la mañana con la cabeza en otro sitio.

—Me han llamado del despacho.

La expresión de Raúl cambió apenas, pero Isabel lo notó.

—¿Ha pasado algo?

—No. Al contrario.

Nuria cerró la caja de muestras y se alejó hacia la siguiente hilera. Isabel esperó a que estuviera lo bastante lejos antes de continuar.

—Quieren que vuelva para llevar un arbitraje importante. Y me han ofrecido dirigir un equipo a partir de enero.

Raúl tardó un momento en responder.

—Eso es bueno.

—Sí.

—Y por la cara que tienes, te interesa.

—Sí.

Raúl miró hacia las cepas antes de volver a ella.

—Entonces tendrás que pensarlo.

Isabel frunció el ceño, porque aquella respuesta no era la que esperaba.

—¿Eso es todo?

Él la miró con atención.

—¿Qué quieres que te diga?

—No lo sé.

—Puedo decirte que no quiero que te vayas. Es verdad. Pero también sé que llevas quince años trabajando para llegar a algo así. No voy a pedirte que lo tires porque yo quiera despertarme contigo.

Isabel tardó unos segundos en responder.

—Tengo que ir a Madrid el miércoles de la semana que viene.

Raúl no intentó retenerla.

—Ve.

—Podría ser más de un día.

—Ve los que necesites.

Isabel lo observó, buscando alguna señal de que estuviera ocultando el enfado.

—¿No te preocupa?

—Claro que me preocupa. —Raúl bajó la voz—. Pero prefiero que vuelvas sabiendo qué quieres que quedarte aquí preguntándote qué habría pasado si hubieras ido.

Isabel se acercó un paso. No lo tocó porque Nuria seguía trabajando a unas hileras de distancia.

—No quiero perder esto.

—Yo tampoco.

—No me refiero solo a la finca.

—Ya lo sé.

Raúl sostuvo su mirada hasta que Nuria los llamó desde más arriba y la conversación terminó ahí. Durante el resto de la mañana trabajaron separados, pero Isabel fue consciente de Raúl cada vez que lo veía aparecer al final de una hilera.

Después de comer confirmó a Madrid que asistiría a la reunión del miércoles de la semana siguiente.

También respondió al banco, adjuntó las ventas históricas y preparó una primera previsión de tesorería con tres escenarios distintos: uno conservador, uno medio y otro basado en que Andreu comprara parte de la producción.

No incluyó todavía la parcela alta como ingreso asegurado.

A las siete de la tarde llevaba tantas horas delante del ordenador que tuvo que levantarse y salir al patio. Mercedes estaba cerrando la despensa y Ginés acababa de irse. Nuria se marchó poco después con las muestras del día anotadas. Raúl seguía en la bodega.

Isabel lo encontró revisando un depósito de la parcela baja. No levantó la vista cuando ella entró, aunque supo que la había oído.

—He confirmado que iré a Madrid el miércoles —dijo Isabel.

Raúl cerró la libreta y la dejó sobre la barrica.

—Bien.

—No sé si es bien.

—Pero necesitas ir.

Isabel se acercó hasta quedar delante de él antes de continuar.

—Lo que necesito es dejar de pensar que, si me quedo con la finca, tengo que abandonar Madrid y que, si vuelvo a Madrid, tengo que dejar esto.

Raúl se quedó junto a la barrica.

—Quizá no tengas que decidirlo todo de una vez.

—El despacho va a querer una respuesta.